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Para la política estadounidense, habrá asteriscos en todo el camino

Biden es el presidente número 46*, y ese signo denota su ilegitimidad percibida a los ojos de millones. Esta es la nueva normalidad del Gobierno.

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enero 11 de 2021
2021-01-11 05:40 p. m.
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Eurasia Group acaba de publicar el informe sobre los principales riesgos para este año y, al igual que en el pasado, Estados Unidos ocupa el primer lugar en el listado. Sin embargo, a diferencia de 2020, nuestras preocupaciones por este país se extienden mucho más allá del próximo año calendario.

Comencemos con una declaración que, en tiempos normales, sería absolutamente incontrovertible: hubo un claro ganador en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Ese vencedor fue Joe Biden. Sin embargo, casi la mitad de los estadounidenses se niegan a aceptar que ganó legítimamente.

Las democracias dependen de la fe generalizada en que se está respetando la voluntad política del pueblo; esto ha sido cierto para todas las democracias industriales avanzadas en la era de la posguerra.

Pero las elecciones de 2020 y sus turbulentas secuelas han demostrado que eso ya no puede darse por sentado en Estados Unidos. Joe Biden es el presidente número 46* del país, y ese asterisco denota su ilegitimidad percibida a los ojos de millones. Y todas las señales apuntan a que esta es la nueva normalidad de la política estadounidense. La era de la ‘presidencia asterisco’ está en marcha.

La fe en el proceso político estadounidense no es lo único que se ha trastocado en los últimos años, ya que la creciente desigualdad ha reconfigurado los bloques de votación tradicionales.

Hoy en día, la división política dominante en Estados Unidos es entre las coaliciones de los habitantes urbanos con educación universitaria y los votantes rurales. El presidente saliente de EE. UU., Donald Trump, se ha aprovechado de esta división (y del colegio electoral que la magnifica) logrando un gran efecto, al obtener la victoria en 2016 y casi el triunfo en 2020.

Él ha sido impulsado por un entorno mediático fragmentado por el auge de la tecnología, lo que hace que elegir narrativas noticiosas que refuercen las propias creencias sea más fácil que nunca antes gracias a las redes sociales.

Y luego está la política personal de Trump, basada principalmente en avivar las divisiones. El mandatario ha llegado a representar el ala antisistema (antistablishment) de la política estadounidense, y su continuo apoyo entre los votantes republicanos ampliará la polarización del país y dará aire a teorías de conspiración infundadas.

Hay más que suficientes oportunistas políticos en Washington dispuestos a promover los ataques (no hay más que ver la cantidad de senadores republicanos que desafiaron la certificación de Biden a instancias de Trump). Los gritos de “fraude” electoral se han trasladado ahora a la corriente principal del discurso político estadounidense, y durarán mucho más que Trump en la escena política nacional.

Desafortunadamente para el presidente electo Biden, esto no es algo que pueda ignorar una vez que asuma el cargo el 20 de enero. Tener una gran parte de la oposición política que no solo se oponga a su agenda, sino que rechace activamente su derecho a presentarla, hará que le resulte aún más difícil lograr ideales progresistas como un salario mínimo nacional o un nuevo derecho al voto, para consternación de muchos en su base demócrata.

Más preocupante para el país en su conjunto es que le limita fundamentalmente a hacer intentos de buena fe para reparar una red de seguridad social deteriorada, una de las causas clave de la desigualdad en la sociedad estadounidense actual, y emprender el tipo de estímulo masivo necesario para mantener la economía de Estados Unidos a flote, o para renovar las operaciones de atención médica, mientras el país permanece sumido en una pandemia única en el último siglo.

Cuando una parte considera que la otra es ilegítima, se hace imposible el compromiso y el trabajo conjunto a un nivel fundamental. Y no debemos equivocarnos, estos son desafíos que necesitan una amplia aceptación de ambos lados del pasillo político.

Si bien esto se trata principalmente de un riesgo interno de EE. UU., tiene efectos indirectos en el resto del mundo. Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del planeta, pero una nación dividida entre sí no puede liderar a otras.

Eso significa más disfunción geopolítica en el exterior, ya que Estados Unidos seguirá siendo incapaz de desempeñar el papel de mediador internacional que alguna vez tuvo, ya que Washington está dividido sobre sus objetivos de política exterior y cómo lograrlos.

De manera igualmente crítica, los aliados de Estados Unidos se mantendrán alejados de Washington porque temen que pueda volver repentinamente a una orientación de ‘America First’ en solo cuatro años, y los enemigos del país podrían sentirse envalentonados al anticipar la misma posibilidad.

Las últimas semanas y meses no han sido los mejores momentos de la democracia estadounidense. De hecho, parece que mientras Estados Unidos ha estado ocupado exportando democracia al exterior, podría haber olvidado quedarse con algo para sí mismo.

A partir del 20 de enero, ese será el problema que tendrá que resolver Joe Biden. Esa es una tarea hercúlea y, por eso, es nuestro mayor riesgo para el año.

Ian Bremmer
Presidente de Eurasia Group y GZero Media, y autor de ‘Us vs. Them: The Failure of Globalism
@ianbremmer

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