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Salario mínimo: entre lo razonable y lo ideológico

La supuesta relación inversa entre salario mínimo y empleo carece de fundamento teórico. 

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diciembre 23 de 2020
2020-12-21 04:06 p. m.
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La depresión del salario como mecanismo para estimular el empleo ers una esas ideas Zombie que resiste su persistente carencia de evidencia empírica. ¿Qué la hace tan convincente para los economistas de derecha? Lo es por razones esencialmente ideológicas.

Consideraré dos argumentos que lo muestran así. Primero, los problemas teóricos y econométricos que erosionan la solidez de esa idea; segundo los problemas en materia de justicia que tiene.

La supuesta relación inversa entre salario mínimo y empleo carece de fundamento teórico, a menos de que se trate de un economista neoclásico de derecha (ENCD) que crea que el mecanismo de precios funciona perfectamente en absolutamente todos los mercados, empezando por el de trabajo.

Esa visión fue demolida por Keynes quien mostró que el empleo es una función de la demanda efectiva, visión complementada por Kalecki quien mostró como un salario real más alto promovía el crecimiento vía el efecto de la demanda sobe la inversión.

Pero Nuestro ENCD está atrapado en una confusión sobre la demanda por los factores de producción: que el del capital depende en general del costo de capital y el del trabajo del costo del trabajo. Desde luego esto puede ser cierto en algunas circunstancias, pero estas se reducen a una situación cercana a la plena utilización de capacidad y al pleno empleo (el caso particular en la Teoría General). Es tan absurdo creer que, en condiciones de una depresión, la inversión se va a dinamizar porque se reduzca el costo de capital como que el empleo lo va a hacer porque se deprima el salario.

La opción por el marco que determina estas propuestas de política es ideológica, lo es por un marco teórico irrelevante en dichas condiciones. Los neoclásicos criticaban a Keynes limitando su teoría a ser la economía de la depresión. Pero en realidad su visión es el caso particular ya que (como lo mostro Keynes claramente) la economía capitalista sufre en general de un déficit de demanda efectiva a consecuencia de la deficiencia e inestabilidad de la inversión.

El otro aspecto ideológico de la propuesta de los ENCD, en su versión colombiana, es la medición de la productividad junto con la idea de que ella no es afectada negativamente por la depresión de los salarios. La productividad del trabajo puede verse como determinada por la inversión y la utilización de capacidad.

Lo primero se aprecia en: Q/L=Q/KxK/L en la notación estándar para el producto Q, K capital y L trabajo, resultado obvio de que la inversión es el mecanismo de incorporación del cambio técnico.

Y lo segundo en:Q/L= Q/Q*xQ*/L donde Q* es el producto de plena utilización y entonces Q/Q* es la utilización de capacidad, resultado obvio de que en las condiciones típicas de una economía industrial y avanzada de servicios la productividad es función de esta en razón de que el costo medio total desciende en la medida en que los característicamente altos costos fijos se reparten en más unidades de producto. Conclusión: volvemos a la demanda como determinante de la productividad vía inversión y vía costos decrecientes.

Dos mecanismos confirmados para el caso colombiano, para el periodo de finales de los 60 a finales de los 90 (Ver R Chica coord. El Crecimiento de la productividad en Colombia). Por otro lado, no es cierto que unos salarios deprimidos no afecten la productividad, por razones de oferta y de demanda: por el mecanismo de salarios de eficiencia (unos salarios más altos estimulan al trabajador, lo que entre nosotros puede significar que un trabajador desayunado y más sano es más productivo); y por el mecanismo kaleckiano mencionado (salarios deprimidos deprimen la inversión pues esta depende de la utilización de capacidad).

Y del lado empírico la relación inversa salario mínimo–empleo no es econométricamente robusta con la mayoría de los resultados señalando a elasticidades mínimas o positivas, con la sola excepción de salarios extraordinariamente altos.

Y es ideológica en materia de justicia porque denota un privilegiar al capital frente al trabajo, que junto a políticas equivocadas como la reducción de los impuestos al primero (con la idea zombie, principio básico de la Reganomics de que esas reducciones se pagan por sí mismas, o estimulan la inversión) y la extensión de ellos a la canasta básica del consumo.

En nuestro caso de dramática crisis es trasladarle a los trabajadores el costo del ajuste necesario para reactivar la economía y el costo de las deficiencias de la políticas de emergencia para suavizar el shock de la pandemia, las cuales, si bien importantes y con impacto positivo, fueron too little too late.

Un sesgo hacia el gran capital que se tradujo en que si había recursos para rescatar a un holding extranjero financiando a una empresa pesimamente manejada por sus dueños (lo que resulto innecesario porque, como lo sostuve, los mecanismos de restructuración bajo Chapter 11 y financiación de mercado eran los adecuados); pero no los había para responder en forma más adecuada a las ingentes necesidades de los pobres, los desempleados, los trabajadores informales, las famicroempresas, las pymes, los empresarios empujados a la quiebra; para proteger el empleo y el tejido y capacidades productivos, con la consecuencia de la perdida de capacidades de los trabajadores y de las acumuladas en las empresas, perdida que determinará un inferior sendero de crecimiento a la salida de la crisis (histeresis denominan los economistas a esta resistencia del sistema a regresar a su equilibrio previo al shock).

La depresión del salario mínimo es pues una opción política que tiene más de ideológico que de razonable.

Ricardo Chica
Investigador Desarrollo Economico
EconomicDevelopment consultant

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