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Sin huellas de mi madre

Hay personas que tienen muchas dificultades con sus huellas dactilares. Y no porque sean mafiosos que se las queman para no ser identificados.

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enero 03 de 2019
2019-01-03 08:00 p.m.
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Desde el siglo pasado, mi madre viene transitando instancias del sistema judicial colombiano para que le reajusten su mesada pensional. No pide mucho. Solo que desde el 2 de julio de 1982, el ISS (hoy, Colpensiones) corrija el error que la defraudó hace 36 años en su liquidación.

Pocos días después de cumplir 94 años, le anunciaron que debía presentar unos papeles para la apelación final. Firmados y autenticados. Mi madre sufre de maculopatía, y le queda muy difícil estampar hoy su linda y antigua rúbrica de caligrafía Palmer.

Hizo lo que pudo, sin embargo (con esa voluntad que le permitió sobreponerse a un accidente hace dos años), y allá estuvo para completar el proceso.

Y todo iba bien, tan querida la viejita, hasta que se encontró con la biometría. Y no aparecieron sus huellas dactilares. Los encargados declararon el impedimento. Mientras los circunstantes, arropados en el sentido común, trataban de ser eco de lo que ella repetía: “tengo 94 años…”.

Debía llevar un certificado médico. Expedido por un galeno que refrendara que había perdido las huellas digitales. Se avecinaban las vacaciones: de los abogados y del sistema judicial. Invencible, como es ella, lo consiguió. Los papeles se entregaron en diciembre, pero el trámite solo se iniciará cuando vuelva a funcionar este país.

¿Cuántas personas están pasando por las mismas? Digo, no solo por lograr una pensión justa, una pensión, al menos, sino por sobrevivir al nuevo y sorprendente imperio de la biometría.

Que se extiende a pasos agigantados para que nuestros dedos y nuestros ojos nos salven del papeleo y la pérdida de tiempo. Especialmente en lugares tan negligentes en sus trámites como la salida internacional del Aeropuerto El Dorado.

Y, sin embargo, hay personas que tienen muchas dificultades con sus huellas dactilares. Y no porque sean mafiosos que se las queman para no ser identificados.

Ni que sufran de esa anómala condición genética conocida como adermatoglifia, que es la ausencia del más escaso vestigio. Son seres comunes y corrientes. Adultos mayores, trabajadores manuales y aquellas personas que padecen una dermatitis crónica.

Todos sufren ante el detector que los desconoce y convierte su paso por notarías y aeropuertos, por ejemplo, en una pesadilla que revoca los prodigios de la biometría.

Deben transitar por el mundo con un papel (¡sí, papel!) que establezca su condición, expedido por dermatólogos que ya lo tienen formateado, ante el aumento de la pérdida o el extravío de las huellas. Esas personas son una minoría, claro.

Y si cada vez es más grande el movimiento defensor de las minorías, también ellas merecerían un reconocimiento por no poder existir ante la biometría.

Un artículo publicado en El Tiempo anuncia que “El futuro será biométrico”. ¡Eureka! (Lo siento: es una linda palabra arcaica). Nos vamos a autenticar por el iris, el rostro, las huellas o la voz.

Abriremos puertas y arrancaremos vehículos con el aliento. Y todo eso sería muy bonito si los humanos, como en El extraño caso de Benjamin Button, fuéramos más jóvenes cada día. Mientras tanto, mi madre, que ha dejado tantas huellas, hoy no las encuentra. En cambio, el reajuste de su pensión...


Carlos Gustavo Álvarez G
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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