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¿Va ganando Trump?

El déficit comercial se origina en que Estados Unidos gasta mucho más de lo que produce.

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agosto 08 de 2019
2019-08-08 10:00 p.m.
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En un día la tasa de cambio yuan/dólar paso de 6,94 a 7,03, y eso bastó para que las bolsas mundiales se fueran a la lona, Estados Unidos acusara a China de manipular su moneda, y la prensa occidental hablara del inicio de una guerra de monedas. Pero nadie ha acusado al Reino Unido de manipular su moneda porque ésta se haya devaluado 3,7 por ciento en un mes.

La respuesta del mercado a una economía que se desacelera y que es objeto de una guerra comercial, es la devaluación de la moneda. Pero la moneda china ha venido siendo sostenida a una tasa de 6.87 yuanes/dólar, gracias a las compras de yuanes por parte del banco central chino. Dicho banco declaró que había dejado de comprar yuanes, y EE. UU. ahora quiere que siga interviniendo.

Hay dos casus belli en la guerra de Trump contra China: el robo de tecnología y el enorme déficit comercial. El robo de tecnología se origina en que los chinos negociaron en la OMC con el resto del mundo que los inversionistas extranjeros no podían tener más del 49% de una empresa.

Las grandes multinacionales entraron a China como socios minoritarios, y claro, su tecnología está a la vista del 51% chino mayoritario. El déficit comercial se origina en que Estados Unidos gasta mucho más de lo que produce, pero la Casa Blanca lo atribuye a que los aranceles de China son más elevados.

Los chinos no tienen problema con bajar sus aranceles, ni en hacer compromisos de compra de mercancías gringas, ni en suprimir los subsidios a sus empresas, ni en suprimir la restricción del 49 por ciento.

Pero los gringos quieren además que China acepte ser sancionada unilateralmente (sin que medie un tribunal de arbitramento como la OMC), por supuestos incumplimientos de los compromisos que están negociando, y que modifique sus leyes para que los chinos cuenten con libre acceso a la información, que es controlada por el Estado por seguridad nacional.

Para bajarle la cerviz a Xi Jinping, Trump lo ha atacado con una andanada de aranceles, con insultos (acusa a los chinos de ladrones y tramposos), y ha puesto a ciertas empresas chinas en una lista negra. Xi Jinping pide que los traten con respeto y reciprocidad.

En esta guerra comercial que es inédita, la Casa Blanca subestimó a sus socios comerciales a quienes acusó de ladrones por el superávit comercial con EE. UU. Calculó que ellos no ripostarían, y se equivocó, porque los más grandes sí lo hicieron, infligiendo daños en el sector agrícola, en productores de motos y en industrias asentadas en estados bastión de Trump.

En las facultades de economía les enseñan a sus estudiantes que un déficit comercial es más un síntoma de fortaleza que de debilidad económica, que una balanza comercial no se equilibra a punta de aranceles, y, sobre todo, que un arancel lo paga el país importador y no el exportador (como afirma Trump en público sin ruborizarse).

Con lo que hemos aprendido hasta hoy de las fuerzas que se despiertan en una guerra comercial, si Trump le aplica en agosto a China los aranceles que anunció, las bolsas del mundo caerán más (ya está visto que a ellas no les gustan los aranceles).

Y si en octubre aplica los aranceles a los carros (que actualmente tiene engavetados), afectará de tal manera las expectativas de los inversionistas por falta de seguridad jurídica, que podría arrastrar al mundo a una recesión, y perdería las elecciones de 2020.

Diego Prieto
Experto en Comercio Exterior

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