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¿Vamos hacia una economía sin empleo?

Muchas innovaciones tecnológicas como los robots no terminarán quitándonos el trabajo, sino más bien transformándolo en forma radical.

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febrero 13 de 2020
2020-02-13 07:05 p. m.
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Dentro de las muchas preocupaciones que nos agobian diariamente, es cada vez más frecuente encontrarnos con el temor, no muy lejano, de que los cambios tecnológicos reemplazaran la mayoría de los trabajos que hoy realizamos los humanos (D.Deming, “Robots will do your jobs”, NYT, Febrero 1,2020). Antes este temor estaba limitado más a los trabajos manuales y físicos, pero crecientemente cubren a las profesiones liberales y los trabajos de “cuello blanco”.

Esta amenaza no se limita a los avances que se ubican en la frontera del cambio tecnológico, sino bien pueden ser mucho menos vistosos. Por ejemplo, la invención de los contenedores en el transporte marítimo acabó con todas las ocupaciones que habían tenido, por miles de años, los estibadores portuarios. Esto sucedió ante nuestros ojos sin mucha alarma para los que no estuvimos directamente afectados.

Hoy estamos viendo también la desaparición o transformación de los miles de empleos del comercio minorista con la creciente participación en las ventas totales del comercio electrónico (el e-commerce) liderado por Amazon. Tan solo en el 2018 desaparecieron 6.000 almacenes y 114.000 empleos en los Estados Unidos. La desaparición de estos empleos también llevó a la creación de otros nuevos puestos de trabajo vinculados a los servicios de envío de paquetes. Así, en términos netos la reducción pudo ser mínima o aun positiva, pero se crearon empleos de peor calidad y no siempre los trabajadores afectados pudieron hacer una transición no traumática. Muchas de las innovaciones tecnológicas como los anunciados robots no terminarán en un sentido estricto quitándonos el trabajo, sino más bien transformándolos en forma radical. Por ejemplo los robots no reemplazaran a los contadores, pero les han dado instrumentos que incrementan enormemente su eficiencia y la confiabilidad de sus trabajos (como las herramientas en Excel). Así, el cambio tecnológico ha reemplazado las tareas rutinarias, modificando, eso sí, drásticamente la profesión de contadores. Estos tendrán que cambiar su modus operandi y demostrar que agregan valor de una manera diferente a la de hacer operaciones matemáticas rutinarias. Pero ahora la diferencia entre que es una tarea rutinaria y que no es, es más sutil y abre la puerta a un creciente rol de la tecnología, pero la tendencia es más bien clara: “en tarea tras tarea, los computadores nos están superando” (T. Harford, “Robots will not be coming for our jobs just yet", FT, Enero 4, 2020).

El rápido avance en la capacidad de las máquinas lo sigue un “Índice de Inteligencia Artificial” de la Universidad de Stanford, midiendo el progreso en tareas como la traducción de idiomas, capacidad para reconocer el lenguaje, diagnosticar enfermedades a partir de imágenes y rayos x y la diabetes a partir de examinar las retinas de los pacientes. La lección parece ser que debemos aceptar que no podemos, ni debemos, detener el cambio tecnológico pero debemos adecuarnos a las transformaciones que trae, mediante flexibilidad, educación continuada y políticas públicas que ayuden a los grupos de empleados afectados negativamente a transicionar hacia otras ocupaciones o ser re entrenados para continuar en sus profesiones que han sido drásticamente transformadas.

La experiencia histórica nos enseña cuáles fueron las consecuencias funestas de la falta de respuestas públicas o acciones equivocadas para enfrentar el “caos temporal” que pueden traer estos cambios tecnológicos abruptos. El más famoso es quizá el de la revolución industrial del Siglo XIX en Inglaterra y la aparición de los llamados “Ludditas” que destruían los telares mecánicos que les habían quitado sus trabajos artesanales . Esta palabra que se usa, en general, en un sentido peyorativo, se refiere, injustamente, a una oposición ciega y radical al progreso tecnológico y a la aparición del desempleo tecnológico. La investigación histórica reciente demuestra que en Inglaterra entre 1755 y 1802 los salarios reales de los trabajadores de “cuello azul” cayeron casi a la mitad, nivel que no se recuperó sino hasta finales de ese siglo! El rápido cambio tecnológico de esos 65 años resultó en un aumento enorme en la pobreza, la desnutrición, y los demás horrores que hoy conocemos en los escritos de Charles Dickens, sacrificándose a dos generaciones en aras del avance tecnológico.

Algo parecido sucedió recientemente en los estados más industriales de los Estados Unidos por razones muy diferentes. En este caso la desaparición de los empleos fue el resultado de la entrada de China al mercado laboral internacional y la fuga de empresas enteras hacia Asia, dejando ciudades enteras en el desempleo y la desesperanza. En ambos casos la gran falla fue que las ganancias colectivas y los aumentos en riqueza no se usaron para compensar a aquellos grupos de trabajadores afectados al ver desaparecer su forma de subsistencia y dignidad.

Los economistas hemos inventado el llamado “Principio Óptimo de Pareto”, mediante el cual los agentes económicos que se benefician de los aumentos de riqueza pueden, resultado de la mayor eficiencia por la especialización internacional o la mejora en la tecnología, en teoría, compensar a aquellos que perdieron con el shock tecnológico o comercial y aun asi, como sociedad, tener una ganancia positiva. El mecanismo de compensación es esencialmente un resultado de la voluntad política de hacerlo. Por ello ante los cambios tecnológicos en curso, el desafío mayor es el de crear los mecanismos redistributivos que nos permitan crear un mundo mejor y más rico, pero también justo, mediante una mayor solidaridad de los ganadores con los perdedores.

Fernando Montes Negret
Economista Financiero.

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