'Iron man'

Vaciado, traspasé el marquito sensor, y un 'bip, bip' sostenido detonó como el canto de una bandada

Otros Columnista4
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Otros Columnista4
marzo 19 de 2009
2009-03-19 11:08 p.m.

La entrada a diversos sitios públicos, y aún, privados, ha quedado enmarcada entre unos dispositivos de seguridad llamados 'sensores' o 'detectores'.

--Ponga los objetos metálicos y celulares aquí --me dijo el celador de un conocido club bogotano al que acudí a cumplir una cita, alcanzándome una canastica Rimax que parecía dotación de una venta de empanadas.

Allí dispuse los dos celulares --el personal y el corporativo--, el tarjetero, la escarapela de la empresa y la navajita Victorinox que conservo desde que fui boy scout (navaja, lima, tijeras, mondadientes). Mientras la cestilla se deslizaba por unos tubitos rodantes y desaparecía en un túnel pequeño y misterioso, atravesé el marco detector decidido a recuperar mis objetos personales. Me recibió una sonora pitadera que alertó al personal de seguridad.

--Devuélvase-- ordenó una mujer uniformada y armada, que me esperaba portando una paletica negra. Yo le obedecí, mientras a mis espaldas comenzaba a formarse un pequeño tumulto de curiosos.

Saqué de mis bolsillos todo lo que tenía, para evitar que cayera sobre mí la sospecha de la sedición. Estilógrafos, la cartera de los papeles, billetera. El celador me alcanzó otra cestilla, al tiempo que la primera me esperaba al final del túnel. Deposité la seda dental, la caja de chicles y la crema de cacao que siempre llevo para que no se me partan los labios.

--El tipo es como gay-- comentó a hurtadillas una señora, que ya incrementaba la fila.

Vaciado, traspasé el marquito sensor, y un 'bip, bip' sostenido detonó como el canto de una bandada de correcaminos.

--El cinturón-- me señaló la mujer de la paleta. Quítese el cinturón.
Con la correa en una mano y sosteniendo los pantalones con la otra, tuve tiempo de mirar las canasticas que exhibían mis objetos, atoradas al final de la máquina rodante.

Hice el esfuerzo mayor para pararme como el Hombre de Vitruvio, ya abandonado a que la mujer guardiana comenzara a explorarme con la paletica detectora. Y cuando todo amenazaba con volver a la normalidad, y yo soñaba con mi entrada al club y el alivio de la fila que se agolpaba ad portas del sensor-detector pendiente de mi pantalón descaderado, la paletica comenzó a emitir un sonido familiar: 'bip, bip'.

Fue justo cuando la mujer la movía alrededor de mi zona pélvica.

--¿Prótesis?--

Me sentí como Iron man e imagine cómo sería si en vez de tomar viagra, los varones terminaran untándose Pomada Brasso. De la fila salió el grito que emite el Gobierno cuando tiene problemas: "Llamen al General Naranjo".

--Es un caso muy raro-- dijo la celadora. ¿Tiene algún microchip? ¿Implantes? ¿Marcapasos? ¿Piercing en las tetillas?

--En las tetillas, señorita, no tengo sino las tetillas--. ¿Y sabe qué? Me siento tratado como si fuera un androide.

--No importa para qué empresa trabaje-- respondió ella: la ley es para todos.

Mientras escuchaba las exclamaciones vociferantes de la hilera ya convertida en disturbio, la celadora me acosaba con preguntas como "¿Dientes de oro? ¿Usa pinzas para el pelo?", y yo reflexionaba si había traído el zapatófono, alcancé a ver a mi amigo De Brigard, socio del club, quien acudió en mi ayuda y gestionó mi ingreso, luego de firmar un libro de 'entradas y salidas'. Me devolvieron lo depositado en las tres canasticas. Esto no me pasa sino a mí. 

cgalvarezg@gmail.com

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