El papa Francisco

El flamante sumo pontífice puede avanzar en términos de las cinco deudas históricas que la Iglesia acumula por siglos: con la modernidad, con la mujer, con los pobres, con las otras denominaciones cristianas y con los pueblos más allá de su etnocentrismo europeo.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
marzo 31 de 2013
2013-03-31 10:03 p.m.

Para un colegio cardenalicio sistemáticamente sesgado a su conservadurismo por Juan Pablo II y Benedicto XVI, monseñor Bergoglio resulta un avance reconfortante frente a sus predecesores. Si bien no va a poner al día a la Iglesia de los dos siglos de atraso de los que hablaba Martini, si puede avanzar en términos de las cinco brechas o deudas históricas que la Iglesia acumula por siglos, las cuales fueron profundizadas por JPII y BXVI: 1) con la modernidad, 2) con la mujer, 3) con los pobres, 4) con las otras denominaciones cristianas (la unidad y catolicidad de la iglesia) y 5) con los pueblos más allá de su etnocentrismo europeo.

Un obvio avance en este último, como primer papa no europeo desde el siglo VIII, cuando en el colegio cardenalicio los europeos superan en más de cuatro veces a los latinoamericanos, siendo que América Latina duplica a Europa en su participación católica.

Aunque en esta dirección enfrenta el reto del avance de las sectas protestantes (consecuencia, entre otras cosas, de la persecución de la iglesia popular por JPII y López T). Hay poco que esperar del punto dos, pero bastante en el tres, conocido como es por su conservatismo doctrinal y su conciencia social, siendo jesuita con formación teológica alemana.

Me voy a concentrar en los puntos uno y tres, destacando las posibilidades de contraste frente a JPII y BXVI.

La problemática del punto uno puede resumirse en la opción “entre el espíritu humilde de Juan XXIII y de diálogo respetuoso con el mundo moderno de Gaudium et Spes de Vaticano II, y de la conferencia episcopal latinoamericana de Medellín en Latinoamérica, versus regresar, como lo hizo JPII y BXVI, al integrismo y ultramontanismo de los Píos (IX a XII) y Vaticano I, y el oscurantismo de la curia vaticana, en confrontación (nostálgica de la cristiandad medieval) con la modernidad”.

¿Cabe esperar una evolución en este sentido? Una indicación de movimiento hacia la primera opción la da su oración inaugural. Esto, como su diálogo con las autoridades religiosas judías en Argentina, genera también expectativas en el punto cuatro, aunque está el problema del sacerdocio para la mujer.

Un avance también en el punto tres, aunque no tan simplistamente claro como se destaca cuando se señala la humildad de su forma de vida y su conciencia social, porque ya sabemos lo que significó para los pobres de Latinoamérica la conciencia social de JPII, cuyo conservatismo político (su incapacidad de distinguir entre el conflicto en Polonia con el stalinismo y el social en América Latina) condujo al exterminio de la iglesia popular y a la persecución de los teólogos de la liberación por parte de López T.

Da esperanza el que califique la pobreza (en concordancia con estos teólogos) como pecado social que clama a Dios y haya denunciado los extremos de la economía de mercado impuesta por el FMI.

Sin embargo (un episodio que requiere ser clarificado y puede serlo fácilmente), su confrontación con dichos teólogos y con los jesuitas que habían ejercido la opción evangélica por los pobres, como director de su colegio de formación en San Miguel y como provincial, crea dudas (aunque según su defensa en El Jesuita de Rubin, las acusaciones de Verbitsky en El Silencio, sobre el caso de dos de ellos que se fueron a vivir a villamiserias y estuvieron desaparecidos, aunque no como muchos compañeros que murieron en tortura, son sesgadas).

Nadie las puede tener sobre la opción evangélica por los pobres de Bergoglio.

El punto es si esta se limita a una denuncia espiritual o si se traduce en apoyo a formas de movilización popular como las que destruyeron JPII y López T. Si uno juzga por la trayectoria de su libros -de Meditaciones para religiosos (1982) a Ponerse la patria al hombro (2004), La nación por construir (2005), Corrupción y pecado (2006), El verdadero poder es el servicio (2007)-, cabría ser optimista.

Cuánto logre avanzar en los problemáticos puntos uno y tres, y cuánto logre crear la cultura de apertura, transparencia y accountability sobre aspectos neurálgicos como el escándalo de la pedofilia (y su nexo con la disciplina del celibato sacerdotal, que no sobre el sacerdocio para las mujeres, en lo cual no cabe esperar ningún avance), dependen de su habilidad política para lidiar con una burocracia obstruccionista con habilidades milenarias para la conspiración, y de las capacidades y el compromiso de aquellos a quienes llame a colaborar con él.
Ricardo Chica
Director CEA UAM

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