¿Vale la pena insistir con el algodón?

El futuro del sector depende fuertemente de que todas sus asociaciones mantengan una actitud con visión empresarial y exportadora.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
marzo 29 de 2012
2012-03-29 10:47 p.m.

En un país donde el Gobierno nacional declara de talla mundial la cadena de algodón, fibras, textil y confección, cualquier desprevenido esperaría un sector algodonero próspero y triunfante en los mercados internacionales; sin embargo, la realidad es distinta.

Dicho sector, en la actualidad, vive una aguda crisis que lo expone a su eventual desaparición si no se toman correctivos.

En 1991 se tenían cultivadas en el país 261.939 hectáreas, y en 2011 se sembraron solo 55.013, generadas por productores cuyo tamaño medio es de cinco hectáreas en la Costa y ocho en el interior del país.

La radiografía actual de los algodoneros los muestra con profundas heterogeneidades en términos de sus costos, rendimientos y agremiaciones. Es así, como en el interior los costos por hectárea son en promedio de 4,7 millones, mientras que en la zona Costa-Llanos es de 3,4 millones.

En ese mismo sentido, los rendimientos fluctúan entre 0,72 toneladas por hectárea y 1,07, con un promedio nacional de 0,83.

Igualmente, se tienen 60 agremiaciones que reúnen a productores con hectáreas que suman entre 100 y 3.000, cada una con marcadas diferencias en sus niveles de formalidad empresarial.

Como cualquier típico productor del sector agropecuario colombiano, los algodoneros tienen que asumir las consecuencias de no ser sujetos de crédito bancario y terminan financiando los agroinsumos con costosos fiados que les hacen los respectivos almacenes, ponderando con gran peso el costo de la semilla transgénica, que es la que garantiza la mejor calidad que distingue a nuestra producción y propicia mejores rendimientos.

Entre los principales países productores de algodón, Colombia registra los costos más altos por kilo de semilla transgénica. Cuando dicho kilo vale en Colombia 14,1 dólares, en China, el mayor productor, cuesta 3,7 dólares; en Estados Unidos, 4,6 dólares, y en México, 4.1 dólares.

Si bien nuestro algodón representa un tipo de fibra larga que es calificada como de grado superior y gran resistencia con características ideales para los procesos de hilatura en hilo y tejido de punto, que son los más finos, contradictoriamente, las empresas textileras nacionales están orientando cada vez más su producción a la fabricación de jeans y driles, la cual requiere de fibras cortas y medias que son de una calidad inferior a la criolla.

Otro aspecto que particulariza al sector es su estructura de comercialización en la que prácticamente la totalidad de la producción nacional la tiende a comprar una sola empresa comercializadora, propiedad de las textileras, por la vía de contratos en los que se compromete a comprarle a los productores la cosecha, al precio vigente en el mercado, al momento del cierre de la operación.

En aras de proteger el ingreso de los algodoneros, el Gobierno ha venido otorgando desde 2001 un incentivo que permite asegurarles un precio mínimo denominado ‘precio mínimo de garantía’, que por lo general está por encima del precio de mercado, es decir, que así el precio del mercado caiga dramáticamente, el Gobierno le reconoce la diferencia entre el ‘precio mínimo de garantía’ y el precio de mercado al que vende su cosecha.

Aunque el ‘precio mínimo de garantía’ de alguna forma propicia certeza de ingreso a los productores, este apoyo puede significar un incentivo perverso que relaja a los agricultores y les inhibe de la oportunidad de desarrollar habilidades en el uso de prácticas comerciales y financieras competitivas que permitan su crecimiento y sostenibilidad en un contexto internacional.

Utilizar acertadamente los múltiples instrumentos de cobertura a las fluctuaciones de precios de mercado es una competencia ineludible que deben tener los empresarios modernos.

No tiene razón de ser, excluir totalmente de ese juego a los productores de ningún sector; tarde o temprano lo tendrán que hacer y eso requiere entrenamiento permanente.

Adicionalmente, la financiación estatal de un precio de sustentación le resulta demasiado onerosa y riesgosa al Gobierno, especialmente ante grandes caídas del precio.

En sus 11 años de existencia, este apoyo le ha costado al Estado 362.165 millones de pesos, recursos que claramente podrían haber generado un incentivo más eficiente, subsidiando la mayor parte de la prima de opciones financieras en la Bolsa de Nueva York o, también, se podría haber constituido un vigoroso fondo para financiar los márgenes de futuros en esa misma Bolsa.

Pese a que hay algunas asociaciones ejemplares, es necesario que la mayoría busque fortalecerse creando entre ellas grandes bloques que favorezcan las negociaciones, constituyendo pooles para la demanda de agroinsumos y suscripción de contratos financieros como seguros, forwards, futuros y opciones.

En esa dirección, los bancos podrían apalancar trascendentalmente el crecimiento de este sector, en el momento en que empiecen a tomar los forwards bursátiles de producción suscritos por las asociaciones, como parte de la garantía de crédito.

Solo de esta forma se podrían convertir en sujetos de crédito y dejarían su dependencia de los costosos fiados de los almacenes de agroinsumos.

Este panorama sugiere que el futuro del sector depende fuertemente de que todas sus asociaciones, lideradas por Conalgodón, mantengan una actitud con visión empresarial y exportadora que les permita generar en el ámbito internacional un espacio a su fino algodón, que vale la pena posicionar en este atractivo y prometedor mercado, permitiendo además, conservar los 17.891 empleos directos que aporta el sector.

Iván Darío Arroyave Agudelo

Presidente Bolsa Mercantil de Colombia 

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