Ricardo Ávila
Editorial

Señales de alerta

"La industria no tuvo un buen mes de junio, con lo cual vuelven las preocupaciones respecto a la salud de la economía nacional".

Ricardo Ávila
Exdirector de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
agosto 14 de 2019
2019-08-14 10:56 p.m.
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Justo cuando en Medellín se congregan los representantes del sector real con motivo de la reunión anual de la Asociación Nacional de Empresarios, el Dane acaba de dejar en claro que las cosas van menos bien de lo que se pensaba. Así lo confirmaron los resultados de la encuesta mensual manufacturera, según la cual la industria mostró una contracción del 1,1 por ciento en junio.

El parte dista de ser alentador. De las 39 actividades individuales consideradas, 21 entregaron resultados en rojo. Desde la elaboración de azúcar y panela, hasta la de jabones y detergentes, pasando por el calzado, el conjunto de segmentos en negativo es amplio. Es verdad que a áreas como las de bebidas, papel o equipo de transporte les fue bien, pero el balance definitivo es inquietante.

Aunque algún observador desprevenido podría pensar que hay un problema de debilidad en la demanda, ese no parece ser el caso. Las ventas del comercio al por menor experimentaron un salto mensual del 7,2 por ciento, en términos reales. De 16 líneas de negocio a las que se les hace seguimiento, solamente cayó la facturación en tres.

Y en el acumulado el contraste es elocuente. La producción de la industria en el primer semestre avanzó 1,5 por ciento, una tasa que podría calificarse de mediocre. Por su parte, los ingresos de los almacenes se incrementaron en 7 por ciento, un ritmo que recuerda las épocas en que la economía iba viento en popa.

Si bien no es la primera vez que se presenta la dicotomía anotada, más de uno pensó que el ritmo iba a ser más equilibrado por cuenta del aumento en la tasa de cambio. Sobre el papel, los consumidores deberían optar por los bienes nacionales que ganarían en competitividad frente a los importados. No obstante, las compras externas hasta mayo habían subido un 9 por ciento en dólares, sin que el apetito por los artículos llegados de afuera disminuya.

Hay más factores que influyen en lo ocurrido. Las exportaciones están de capa caída, a pesar de la devaluación. De un lado, nuestros mercados naturales -como pasa con los de las naciones vecinas- no mejoran. Del otro, encontrar nuevos compradores es difícil por cuenta de una coyuntura internacional compleja en la que soplan los vientos del proteccionismo.

Mención aparte merece el impacto de las restricciones comerciales estadounidenses en contra de China. Cada vez son más numerosos los reportes según los cuales las firmas del otro lado del Pacífico están bajando precios con el fin de salir de sus excedentes. Ello se traduce en fenómenos de “dumping” y competencia desleal que son difíciles de documentar, para no hablar de la presión del contrabando, abierto y técnico.

Aparte de lo anterior, es incuestionable que existen ramos a los que no les va bien. El pobre desempeño de las edificaciones incide sobre las compras de materiales de construcción, como es el caso del cemento y el hierro. Las confecciones lograron sacar adelante una polémica alza de aranceles en la ley que adoptó el Plan de Desarrollo, pero está por verse si ese esfuerzo se traduce en más y no menos ilegalidad.

Ignorar las señales de alerta sería un error. Más allá de que el valor del dólar haya subido por cuenta del deterioro en la confianza a nivel global, las autoridades están en la obligación de prestarles atención a las luces amarillas y ensayar estrategias para evitar que la caída observada en junio continúe.

Fuera de intensificar la lucha contra el contrabando, hay que mejorar los sistemas de detección de importaciones subfacturadas y exigir que las normas técnicas se cumplan. Una política de compras nacionales más efectivas también serviría, mientras los esfuerzos en pro de una mayor competitividad rinden frutos. Cruzarse de brazos equivale a resignarse a que la anhelada recuperación económica no se concrete.

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