Rodolfo Segovia S.
Columnista

Centro del universo

Habrá que ver si en los confines del cosmos existen exoplanetas que alberguen primero vida de cualquier clase y luego seres con introspección.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
abril 22 de 2021
2021-04-22 07:30 p. m.
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Con tantos y tan componentes analistas desmenuzando del plato del día: la propuesta tributaria del gobierno, mejor aprovechar el momento para tratar de temas mas trascendentes: el hombre (y la mujer) como centro del universo. Esa posición que está siendo cuestionada.

Ecofúricos de vertientes extremas de medioambientalistas se les ha dado por sostener que el hombre no es más que una de tantas especies vivas en el planeta tierra. Al ser como las otras, es inmoral subordinarlas a su antojo. Exigen, por lo tanto, reconsiderar la relación con el hermano perro o con la hermana orquídea. En estos tiempos embriagados de ideales igualitarios, la tesis encaja.

La novedad ecofúrica nace de que el homo sapiens ha estado dando un uso incompetente a aspectos de la tierra. Dicen que si alguna vez tuvo derecho a la soberanía, lo perdió por no saber comportarse. Hay, por lo tanto que aplanar la pirámide y encontrar mecanismos para meterlo en cintura. Es lo que inspira, por ejemplo, el otorgarle entidad jurídica al río Atrato, con derechos (como de costumbre no se habla de deberes). Mañana serán los chigüiros de Arauca.

La soberanía del homo sapiens es consecuencia de ser la única especie capaz de introspección, un refinado producto evolutivo. René Descartes lo expresó con precisión: cogito, ergo sum, pienso, luego soy. Si acompañantes en la tierra tuviesen también ese don, estarían en pie de guerra por la supremacía, como lo imaginó Hollywood en “El planeta de los simios”.

Los atrevimientos de los ecofúricos son modernos. Habría, sin embargo, que remontarse, para encontrar antecedentes, a la invención de la ciudades en Sumeria hace casi 6.000 años, posibles por la irrigación, y que, aparte de sus múltiples ventajas, son desde entonces el contaminante diablo mismo. Pero todavía en tiempos de don Sancho Jimeno, quien defendió con tanto ahínco Bocachica contra los franceses en 1697, se creía en el alma inmortal y única, que diferenciaba de las otras especies. Era la introspección, que los otros no tenían.

La mejor prueba de la capacidad del hombre para autorenovarse está en la reacción a los peligros de sus propios excesos. Cojea porque el egoísmo es característica evolutiva esencial de su ser, pero avanza hacia encontrar soluciones como especie. Producto de la introspección es el que se le ocurra reservar hábitats para las otras especies, como sucede en los parques naturales, o tratar de limitar y reciclar lo que desecha, o reducir los gases de invernadero provenientes de los hidrocarburos y las vacas. Donde está el Rey León en ese empeño. Su presencia es pasiva.

Habrá que ver si en los confines del cosmos existen exoplanetas que alberguen primero vida de cualquier clase y luego seres con introspección o similar.

Es una apuesta muy larga, aunque no imposible. Quizá menos inverosímil es que el hombre, desde los peldaños en la luna y en marte, se lance a la exploración del universo con el claro propósito de establecer su soberanía. Viva el homo sapiens.

Rodolfo Segovia Salas
Exministro - Historiador.
rsegovia@sillar.com.co

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