Rodolfo Segovia S.
columnista

El cañón Amstrong

Las CAR son quisquillosos Estados soberanos. Con letal combinación de amenazas venales e inocencia ambientalista amordazan el crecimiento económico.

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
noviembre 01 de 2018
2018-11-01 09:26 p.m.
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El Congreso rara vez da puntada sin dedal, y hace 25 años le metió un gol a Colombia, y a los ecologistas legítimos y de buena voluntad, con la expedición de la ley que creó las Corporaciones Autónomas Regionales (CAR). El país se pegó el tiro el en oído, se autoflageló, por bobo o poco previsivo. Disparó el cañón Armstrong.

La metáfora comienza con Filostros, un griego emprendedor y fino mecánico, que vivía en Cartagena a finales del siglo XIX. Se enorgullecía de haber prestado su concurso como artillero en las interminables guerras libertarias de su patria contra los turcos. Su acendrado amor por la libertad lo llevó a esfumarse un día, con novia vestida y en la puerta de la iglesia, para no verse atado por lazos conyugales. Pero eso fue más tarde.

Filostros hacía parte de la renaciente Cartagena que se aprestaba a luchar, con el denuedo de siempre, por la Regeneración, legado político de Rafael Núñez, el hijo epónimo de la ciudad. En un osado gesto, los rebeldes de los Mil Días se aproximaron a la plaza fuerte para bombardearla desde la cubierta de El Rayo, frágil embarcación a la que le quedaba grande el nombre.

Las autoridades cartageneras decidieron echar mano del Amstrong, que el propio Núñez había comprado en Inglaterra y que, por su tardío arribo, no había alcanzado a influir en la derrota de Gaitán Obeso, en el sitio de 1885. Era un cañón virgen y se apeló entonces a los talentos de Filostros, quién lo armó en el baluarte de San Ignacio, brillándolo diligentemente. El Rayo, entretanto, merodeaba amenazante. Apenas quedó al alcance y en la mira, se dio la orden de fuego. El cañón reculó hasta desmontarse del baluarte y caer, causando estragos, contra los edificios de la plaza de San Pedro.

Cosa peligrosa es la gran artillería. El cañonazo bicameral para entregarle a la comunidad el manejo del medioambiente por intermedio de las Corporaciones Regionales ha estado reculando que es un sálvese quien pueda. Se convirtieron en codiciados institutos con recursos propios.

Los gerentes de las CAR le responden a Dios y los tribunales. Sus resoluciones son, en gran parte, inapelables, puesto que no existe autoridad superior. El Ministerio de Medio Ambiente puede abocar los asuntos y aconsejar, si así lo desea, pero no posee facultades para revocar. Nombrados por una junta directiva, que se diseñó siniestramente clientelista, pertenecen a un cacique. La corrupción crece silvestre. Se especializan en la inmovilidad y el chantaje.

Al lado de la admirable devoción de algunos de sus servidores, imbuidos del amor a la naturaleza y poseedores de amplios conocimientos científicos, se da cada pícaro, con consultor propio y obligatorio para redactar estudios de impacto ambiental, que son como el retroceso del Amstrong para entorpecer sanas iniciativas.

Las CAR son quisquillosos Estados soberanos, como los de la angélica República Radical del siglo pasado, anclados en la clase política regional que se las inventó. Con letal combinación de amenazas venales e inocencia ambientalista amordazan el crecimiento económico. Se despachan una mermelada sacrosanta, bendita por la santidad ecológica de los que predican ya no la lucha de clases, sino las contradicciones del hombre con su medioambiente.

La reforma se impone sin recular, diría don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co

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