Rodolfo Segovia S.
columnista

Empleo, empleo, empleo

La copa se llena para el emprendedor cuando el librecambismo es la doctrina dominante. 

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
septiembre 17 de 2020
2020-09-17 10:22 p. m.
https://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/24/56cdc35d70138.png

Empleo y más empleo, ese es el mantra del bienestar en sociedades que buscan ser ricas. Después, cuando haya riqueza colectiva, se verá como se achica el empleo y se aumenta el ocio. Ahora con la pandemia, pero desde antes, la política económica en Colombia ha fracasado en crear las condiciones para empleos dignos y productivos. Va mucho tiempo de ocupaciones apenas marginales, cuando las hay, para mas de la mitad de su población ¿Equivocaciones?

Una pata coja de la política económica es la insuficiente atención a la microeconomía, esa que se ocupa de crear el empleo basal. Para los grandes agregados, la macroeconomía, la del glamour, la de los ministros de hacienda y tanques de pensamiento brillan profesionales muy duchos, aplaudidos dentro y fuera de Colombia. Le han servido bien al país, pero en su gran mayoría nunca han tenido que pedir un sobregiro para pagar la nómina. La microeconomía no es su fuerte.

Ahora bien, de la producción y el empleo se ocupa el empresario y son la base de todo bienestar. Un porcentaje, desviado de mil maneras, va a las arcas del Estado para que pueda proveer salud, educación, cultura, seguridad, justicia. Papá gobierno no produce nada, salvo en las ya pocas empresas del Estado, que sometidas a la disciplina del mercado y la regulación lo hacen bien.

A los empresarios hay que consentirlos; son el motor del bienestar y hay que encausarlos con las señales adecuadas, y no solo de precio. Colombia ha sido muy errática en microeconomía.

El empresario no actúa en el vacío. A mas de las señales de la demanda, debe considerar el entorno sociopolítico y fiscal. Ahí entra el Estado, para el cual el empleo de calidad, como instrumento de bienestar, debe ser prioridad.

En Colombia no se está en ello. Al contrario, se hace gala de locura burocrática y legislativa y de la política del no dejar hacer. La apropiación de las instituciones por el egoísmo da vergüenza e indigna. Manifestaciones pacíficas (y no tanto) contra ese estado de cosas están en el orden del día y, en ese entorno, no es de extrañar que el empresario oriente sus recursos y su energía hacia actividades especulativas de corto plazo o, en el mejor de los casos, la propiedad raíz.

A don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, también le tocaron en suerte tiempos de descomposición durante el reinado de Carlos II (1665-1700), el último Austria español. No que él, empero, dejara de vender los deliciosos quesos de sus haciendas en Turbaco y Mamonal, que gozaban de protección gourmet.

La copa se llena para el emprendedor cuando el librecambismo es la doctrina dominante. Pocos parecen pensar en Colombia primero, en bienes producidos en el país. Tal planteamiento es tildado como un paso atrás y así lo sostiene el consenso de los economistas, pero la dolorosa experiencia del ínfimo crecimiento en 30 años, a pesar de bonanzas energéticas que no siembran futuro, indican otra cosa.

Nadie desea la cortina externa, eso tampoco es sensato. Se clama apenas por la revisión de los Tratados de Libre Comercio (TLC) que estrangulan iniciativas industriales y agrícolas. Su vigencia no es el ambiente para que el empresario arriesgue y cree empleo, empleo, empleo.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co

Recomendados

  • OPINIÓN
  • NEGOCIOS
  • MIS FINANZAS
  • TENDENCIAS

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes