Rodolfo Segovia S.
Columnista

Estatuas desechables

Eso de las estatuas tiene mucho de ancho y de largo; héroes hoy, villanos mañana y viceversa. 

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
octubre 01 de 2020
2020-10-01 10:29 p. m.
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Las estatuas dan tercera dimensión a la historia escrita. Rara vez se erigen sin discurso. Cuentan crónicas en bronce y piedra. Y para las ciudades, las de los fundadores son expresión de su voluntad de ser. Aunque también las hay fungibles, reemplazables por otras según los gustos del día. Cuántas no se han visto caer, como bustos de emperadores en la basura de ciudades arruinadas.

Unas culturas reemplazan a las que las preceden y entronizan su propia simbología. Ese había sido el devenir de Eurasia desde el principio de los tiempos. Las del perdedor al polvo y las del triunfador al pedestal. Recuerden a Constantino el Grande desbancado por Mehmet el Conquistador, sultán de los Otomanos.

Cuando la vela reemplazó al caballo como vehículo para vulnerar fronteras, los límites eurásicos se expandieron un océano, pero las reglas siguieron siendo las mismas: culturas mejor organizadas y con ventajas tecnológicas avasallaron a las existentes allende el mar. Imperó, como siempre, la ley del mas fuerte y la ética del vencedor, excesos incluidos. Pero no es con los patrones del siglo XXI que hay que juzgarlo, sino con los de su época.

A Sebastián de Belalcázar lo condenaron recientemente en una corte amañada. En ese juicio se ha debido como mínimo acudir a los patrones que los antepasados de los iconoclastas Misak aplicaban a sus vecinos en el Valle de Popayán, cuando sus macanas eran mas poderosas.

Lo que se conoce como la Conquista, esa gesta increíble en la que un puñado de aventureros sometieron a un continente, fue un cataclísmico choque de culturas. Los habitantes de América fueron vencidos y subyugados hasta la desesperanza en una confrontación sin cuartel. Su desenlace iba a ser la desaparición de los aborígenes de América como comunidades.

En España, empero, se encendió en ese momento un chispazo de introspección: ¿con qué derecho se ha ido a conquistar? ¿Por qué seres humanos –ya su reconocimiento como tales era un triunfo– de otras tierras pueden ser sujetos de vasallaje sin trabas? El siquiera posar tales preguntas era entonces un hecho insólito en la historia de culturas victoriosas.

Carlos V, aconsejado por el dominico Francisco de Vitoria, profesor de Salamanca y creador del derecho de gentes, aceptó debatir las justificaciones de la presencia hispánica en las tierras conquistadas. La consecuencia práctica fueron las Leyes de Indias de 1542, que pusieron a los indígenas bajo la protección directa del rey y de su justicia.

En adelante serían dos repúblicas con poblados separados y regidos por sus propias costumbres. Ese es el origen de los resguardos y de la supervivencia de las comunidades precolombinas, a pesar de las embestidas por desmantelarlos después de la Independencia. Los guambianos extremistas podrían considerar el erigir una estatua a su benefactor, Carlos V, en la plaza de Silvia.

Eso de las estatuas tiene mucho de ancho y de largo; héroes hoy, villanos mañana y viceversa. Son testimonios de los tiempos que indiferentes a juicios de valor dicen aquí estamos. ¿Quién se atreve a afirmar que todo tiempo pasado fue peor? Mejor no menearlas ni desecharlas, salvo por egregias aberraciones en tiempo próximo, opina don Sancho Jimeno, el adalid de Cartagena en 1697.

Rodolfo Segovia Salas
Exministro e historiador
rsegovia@sillar.com.co

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