Rodolfo Segovia S.

Guerra o legalización

La guerra contra las drogas está perdida. La interdicción de la oferta es inútil mientras subsistan tráfico y demanda penalizados.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
julio 01 de 2021
2021-07-01 09:00 p. m.
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¿Cori Bush y Bonnie Watson? Y estos, ¿quiénes son? ¿voces en el desierto? No, son congresistas demócratas que están proponiendo la descriminalización federal de la posesión personal de alucinógenos y la libertad para los condenados por esa ofensa. Algún día los escucharán los no creyentes, como a los profetas de antaño. Abogan porque los problemas de adicción se traten como asunto de Salud Pública. Dicen que criminalizar las dosis personales, asunto estrictamente del fuero interno de cada uno, es una calamidad. Colombia debería legalizar la dosis mínima, como lo acaba de hacer México con la mariguana. Liberar toda la cadena sería el siguiente paso.

La audacia de Bush y Watson era anatema para los hombres públicos de EE. UU. hasta hace no mucho, pero el fracaso rotundo de la 'Guerra contra las Drogas' de Nixon en 50 años y la legalización de la mariguana en varios Estados han allanado el camino para otras formas de pensar. Colombia, campo de batalla de esa 'Guerra', al punto de casi transformarla en país inviable, debe reflexionar. Ha pagado un precio intolerable. Como lo pagaron los reinos de España en América por el monopolio comercial de los Galeones y la consecuente y despiadada represión del contrabando, pensaba don Sancho Jimeno, el adalid de Cartagena en 1697.

La guerra contra las drogas está perdida. La interdicción de la oferta es inútil mientras subsistan tráfico y demanda penalizados. La drogadicción es una enfermedad; hay que tratarla médicamente, como el alcoholismo. Si el Estado propicia la distribución controlada de estupefacientes se acaban los traficantes clandestinos, que inducen al consumo, porque se esfuman los grandes márgenes de ganancia asociados con una actividad criminal. La terca realidad de una lucha estéril acabará tarde o temprano imponiéndose.

En EE. UU. todavía se acuerdan de cómo la marimba estimulaba el “hacer el amor, no la guerra”, en una generación que después de solazarse con la marihuana guía ahora los destinos de la más grande explosión de productividad antes vista en su cultivo. No parece que la “yerba” haya hecho mucho daño. En la costa norte de Colombia, en cambio, quedan las tumbas de policías y traficantes, y la nostalgia por los valores perdidos en la estela de las 4x4 guajiras. Ya no es reina la 'Santa Marta Golden', porque se cultiva de superior calidad en las laderas sin fin de la Sierra Madre californiana.

Cada vez mas llamamientos cuestionan la sabiduría de una política de exiguos resultados. Se está cerca de que el gran público en los EE. UU. abandone prejuicios y se enfrente a los despojos de una guerra inútil, aunque esta solo lo roce marginalmente. Quizá para entonces todavía exista Colombia, que después de batirse a sangre y fuego en dos frentes: el narcotráfico y la guerrilla, ahora los ha visto juntarse para potenciar su poder destructivo, hasta en las calles de las ciudades. Mientras afuera subsista demanda atendida criminalmente porque una ley ajena así lo decreta, las esperanzas de pacificación de Colombia no dejarán de ser sólo eso, esperanzas. ¿Cuál es el mal mayor? Guerra o legalización.

RODOLFO SEGOVIA
Exministro e historiador

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