Rodolfo Segovia S.
Columnista

La estupidez humana

No hay que hacerse ilusiones: los estúpidos son una proporción constante que no disminuye con la prosperidad.

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
julio 23 de 2020
2020-07-23 10:28 p.m.
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La estupidez humana es la medida del infinito. Se dice humana porque los animales no son estúpidos; un burro es lo que es: burro, pero no estúpido. No se conocen burros inteligentes.

Carlo M. Cipolla fue un profesor italiano de economía en la Universidad de California, Berkeley, fallecido en el año 2000, que escribió una oscura tesis acerca de las leyes básicas de la estupidez humana. El tracto anda por ahí en las redes entre los amantes de la sabiduría y el humor.

Utilizando instrumentos de análisis económico, Cipolla divide a la humanidad en cuatro grupos: Los buenazos; los inteligentes; los pérfidos; y los estúpidos.

Los primeros no añaden valor, ni para sí ni para los demás; los inteligentes añaden valor para sí y para los demás; los pérfidos añaden valor para sí, pero no para los demás, cuando no restan; y los estúpidos no añaden valor para nadie y con frecuencia substraen.

La estupidez es una plaga de la humanidad uniformemente distribuida en proporción constante. De ahí que la probabilidad que una persona sea estúpida es independiente de sus demás características.

La educación no tiene nada que ver. La proporción entre hombres, mujeres, razas y posición social es igual y la misma.

La característica del estúpido es restar valor sin derivar ganancia para sí y, con frecuencia, ocasionándose pérdidas. Es un comportamiento incomprensible. Nadie entiende por qué esas disparatadas criaturas hacen lo que hacen.

Contrario a los demás que solo a veces son inconsistentes y actúan como estúpidos, los estúpidos lo son siempre en cualquier cosa que emprenden. Y los superestúpidos causan mal y se lo causan, como los generales que pierden batallas, ocasionan bajas horrendas y, además, los hieren en el ojo.

Los estúpidos son especialmente peligrosos porque son impredecibles. Contra los demás, incluidos los pérfidos, se pueden construir defensas.

Pero la gente normal, bobos, pérfidos o inteligentes, tiene dificultades para entender el comportamiento irracional que dispara para todos lados sin ton ni son, desafiando la lógica.

Las instituciones magnifican su peligrosidad, como lo constatan en ocasiones quienes tratan con el Estado.

Confrontado contra la estupidez irracional, el ciudadano queda inerme, incapaz de defenderse porque el ataque mismo carece de estructura racional. Y no hay manera de escapar del estúpido porque sus movidas siguientes son aleatorias.

Lo peor es que al estúpido se le subestima, a pesar de ser la persona mas peligrosa para la sociedad. Los demás olvidan que asociarse o confiar en los estúpidos resulta un error costoso. No por malos ni buenos, sino por estúpidos. Es el maligno poder de la estupidez.

Don Sancho trataba de evitarla, pero se tropezó con ella en la toma de Cartagena por los franceses en 1697. Schiller apostillaría más tarde que “contra la estupidez, los dioses mismos luchan en vano”.

No hay que hacerse ilusiones: los estúpidos son una proporción constante que no disminuye con la prosperidad. La proporción es siempre la misma y muchas veces los inteligentes no logran mantenerlos a raya. Miren alrededor.

Rodolfo Segovia Salas
Exministro - Historiador.
rsegovia@sillar.com.co

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