Rodolfo Segovia S.
columnista

La sombra del demagogo

A las instituciones hay que protegerlas de la demagogia para que no destruya la Constitución, que es la concordia. 

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
febrero 27 de 2020
2020-02-27 09:55 p.m.
https://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/24/56cdc35d70138.png

La sombra del demagogo puede venir de derecha o izquierda, pero como estamos en Colombia, y pronto con elecciones muy reñidas, mejor centrarse en el modus operandi del demagogo de izquierda. Nada más venenoso para la democracia constitucional que los demagogos. Significan anarquía y confusión. Ponen en peligro el cuerpo político y el imperio de la ley.

Los métodos de los demagogos son similares en todas partes. Además de prometer lo imposible, se apoyan en camisas negras como Mussolini o camisas marrones como Hitler o infiltrados en manifestaciones pacíficas como en Colombia. El objetivo es el mismo: desestabilizar y coaccionar con el uso de la fuerza.

El prototipo del demagogo se conoce desde los tiempos de Grecia y Roma. Eran actores políticos que se hacían al poder por medio de emotivos llamados a los prejuicios, al descrédito y al temor. Ahora suman el odio de clase. Sus métodos iban dirigidos al engrandecimiento personal, acompañado por un discurso elocuente que enardecía.

Nada ha cambiado. El demagogo es una peste que infecta la democracia y ensucia las contiendas electorales. Distorsiona los temas ofuscándolos. Se aprovecha de la ignorancia y de las bajas pasiones. Por esa escalera, y la de pretendido patriota, se asciende a la tiranía. Chávez era un demagogo de alto calibre, capaz de derrotar –en la anarquía y la confusión– a la democracia en las urnas. Se apoderó de todas las instancias del Estado hasta llegar a la consagración del demagogo: la tiranía. Maduro la ha llevado al empleo desnudo de la fuerza.

Por estos lados, ya mostraron la faceta autocrática pese a no tener margen institucional. Pero desde la instancia máxima del poder ejercería de otra manera. Como casi todos los que han maniatado las libertades, ha iniciado como el demagogo clásico: enardece las pasiones y servilmente ofrece lo que la gente quiere oír. Al ser elegido vendría el desmonte de la democracia.

Hay líderes que aunque elegidos por el pueblo son temperamentalmente incapaces de servir el interés común bajo la Constitución. Mas cuando ofrecen una ideología antagónica que sirve de soporte para sus ambiciones. Su demagogia es doblemente maligna para la república que caiga bajo su hechizo. Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, no sufría por esos lados. Su rey era su rey por la gracias de Dios y punto, aunque algunos demagogos habían surgido bajo diversos pelambres durante los largos reinados de los Austrias.

Al demagogo se le identifica y se le denuncia. El peor error es anteponerle mas demagogia. Se persiguen sus exageraciones y su incoherencia. Aquí se puede porque su ideología lo desenmascara. Todo está en arrinconarlo para que sus mentiras y corruptelas le resten credibilidad. Su obsecuencia por Maduro debería ser el Talón de Aquiles, que se debe restregar en cada oportunidad.

A las instituciones hay que protegerlas de la demagogia para que no destruya la Constitución, que es la concordia. No existe remedio fácil. Solo la urna confiere la legitimidad del poder en Colombia. Este país está orgulloso de ello desde los albores de la república. Una costumbre a la que está aferrado. Es en ella donde hay que dar la pelea par evitar que pateen los códigos. Eso sí, unidos, para cerrarle las puertas al demagogo y preservar la democracia.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co

Recomendados

  • OPINIÓN
  • NEGOCIOS
  • MIS FINANZAS
  • TENDENCIAS

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes