Rodolfo Segovia S.
Columnista

Más de lo peor

A la fuerza y sin ton ni son se quiere hacer de Colombia un país industrial y agrícolamente exportador, con incentivos aquí y allí. 

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
octubre 15 de 2020
2020-10-15 10:07 p. m.
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¿Qué sentido tiene acelerar cuando se sabe que el resultado es equivocado? Esa es le definición misma de la estulticia. A pesar de efectos manifiestamente adversos, Colombia colecciona Tratados de Libre Comercio (TLC) como copas en anaqueles. Casi todos los TLC arrojan balanzas comerciales negativas, abultadas a veces, a pesar de las exportaciones de petróleo y carbón, que para nada requieren de instrumentos especiales de comercio. Sobre esto último vale pena hacer énfasis: en todos ellos, excepto Costa Rica, el producto líder de exportación es petróleo y derivados o carbón.

Pero la terquedad sigue su curso; Mincomercio insiste en coleccionar trofeos en el deporte de empobrecer al país.

Hace poco fue perfeccionado el TLC con Israel y avanza la ratificación con el Reino Unido, ahora que se separa de Unión Europea, con la que ya se tiene. Se negocia, además, Japón, Nueva Zelanda, Australia y Singapur. Ya se firmó con Panamá, patente de corso para el contrabando de siempre. Asombra la insistencia. Equivale a pretender cambiar consecuencias mientras se hace lo mismo.

El mes pasado apenas, los proponentes de la estrategia de los TLC intentaron tender una cortina de humo sobre la pésima cosecha comercial. El vocabulario de las explicaciones fue casi cantinflesco: a falta de datos concretos se optó por proyecciones en un “modelo gravitacional”. ¿A quién se está engañando? Después de casi 30 años de TLCs, sobra pintar pajaritos de oro con estimaciones de lo que va a hacer y ya no se hizo. Alterar la realidad en economía conduce a la pobreza.

Un aspecto poco mencionado sobre el entorno creado por los TLC es su impacto sobre el ánimo empresarial. Quién se mete a tratar de insertarse en las cadenas de valor internacionales si su mercado interno está viringo y ve cerrarse empresas a su alrededor. Hay quien lo haga, pero solo cuando su mercado interno casi no existe y, entonces, con nada que proteger, aprovecha ventajas comparativas para aventurarse afuera.

Aplausos para Minhacienda por conseguir que el Fondo Monetario Internacional apoye al país con créditos para estimular la economía, achicar el déficit fiscal y tener para pagar las importaciones. Bravo. Lo primero y lo segundo son coyunturales. Lo último, lo de las divisas para pagar bienes y servicio externo, es estructural y agravado por el ocaso de los combustibles fósiles y por los TLC.

El tornillo aprieta cada vez mas y como los TLC son tratados internacionales con consecuencias constitucionales, se está ante un callejón sin salida. Don Sancho Jimeno, el adalid de Cartagena en 1697, maldijo los juros -papeles de deuda con alto interés- de la corona española, de los nunca pudo librarse una vez en manos de banqueros genoveses. La arruinaron.

A la fuerza y sin ton ni son se quiere hacer de Colombia un país industrial y agrícolamente exportador, con incentivos aquí y allí. Abundan jeremiadas dizque porque no sabemos exportar. No, el problema está en el modelo. Contando con el tabaco, el cafecito, y ahora último con el petróleo, nunca ha habido voluntad política continuada, quizá porque al exportar poco se dan oportunidades para capturar rentas, para crear las condiciones y apoyar a un país laborioso y con recursos y talento, pero sin dirigentes.

Rodolfo Segovia Salas
Exministro e historiador.
rsegovia@sillar.com.co

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