Rodolfo Segovia S.
Columnista

Repensar el libre comercio

La peor plaga han sido los TLC. Se insiste en ellos cuando el resultado es desastroso. 

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
agosto 20 de 2020
2020-08-20 11:04 p. m.
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David Ricardo seduce desde los albores de la ciencia económica con la elegante demostración de cómo con el libre comercio entre países y regiones todos salen ganando. Va siendo hora de repensarlo. El genial inglés partía del ceteribus paribus, todo lo demás siendo igual, cuando en realidad, como dijo Orwell, “unos son mas iguales que otros”.

Es cierto que el fenomenal crecimiento económico de los países desarrollados -entre iguales- durante la posguerra ha sido generado en parte por la libertad de comercio. La acogida de las normas del GATT (después WTO), fruto de un consenso, hizo realidad lo pronosticado por Ricardo: todos han ganado. Nunca habían conocido tanto bienestar, mientras mantenían a raya la inflación.

¿Y porqué no por estos lados? No hay que exagerar, algo le llegó a Colombia de la prosperidad mundial, pero perdió el tren. Rehusó echar una mirada creativa a sus falencias. Prefirió el engañoso consuelo de que la culpa era de otro. A ratos se embrolló en la nefasta teoría de la dependencia, que tanto daño le hizo a Latinoamérica como justificación de la rebelión armada que contrajo dolorosamente el crecimiento del PIB. Es hora de reaccionar. Se puede.

Países a los que al principio dejó el convoy de la abundancia, examinaron sus falencias y crearon las condiciones para montarse. Notable es el caso del Sudeste asiático, sobre todo Singapur, y el de Corea, que hace 60 años eran todavía pobres de solemnidad y que hoy son medianamente ricos o riquísimos. Optaron por políticas conducentes a levantar vuelo, en especial industriales y de educación. Por aquí, aunque confundidos por contradictorios modelos económicos, algo se intentó, hasta cuando se consideró que los ya desdibujados modelos cepalinos habían perdido vigencia.

Buscando caminos, la inteligencia nacional se montó en el Consenso de Washington, la panacea universal. Muy pocos disintieron. Salpicados de marxismo y confusos, se les consideró parias. La política económica no tuvo más norte. La apertura fue la estrella polar de ministro de hacienda, tras ministro. La competencia externa trajo algunos beneficios; aprovechó al consumidor urbano, pero a costa de desequilibrios externos, sorteados con deuda y fluctuantes bonanzas de hidrocarburos, carbón y remesas. Y también por inversión extranjera en industrias extractivas y establecimientos para atender el mercado interno, muchos de comercio. Mientras tanto, la industria local y el agro, a la intemperie, fueron arrasados. La productividad se estancó. Las cifras macro no mienten.

La peor plaga han sido los Tratados de Libre Comercio (TLC). Se insiste en ellos cuando los resultados han sido desastrosos. Sus balanzas comerciales son casi todas abultadamente deficitarias, y serían peores si no fuese por las exportaciones de hidrocarburos y carbón, que de todas maneras les íbamos a vender. Los socios han aprovechado las ventajas.

Colombia no ha sabido cómo, o no ha podido con las políticas vigentes. Y, sin embargo, se insiste en los TLCs. La arrogancia de la tecnocracia bordea la estupidez. Don Sancho Jimeno conocía de eso. En 1697 y a pesar de él, piratas impusieron el libre comercio a una Cartagena mal gobernada por ídem.

Rodolfo Segovia
Exministro e Historiador.

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