Rodolfo Segovia S.
columnista

Cumbre en Buenos Aires

Mañana, en Buenos Aires (Argentina), se reúnen a cenar Donald Trump y Xi Jinping. 

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
noviembre 29 de 2018
2018-11-29 09:59 p.m.
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Mañana, en Buenos Aires (Argentina), se reúnen a cenar Donald Trump y Xi Jinping, un ágape con todo el ceremonial a que son adictos los chinos. El convite se da al final de las deliberaciones del irrelevante G-20. Se tiene la esperanza de que de este salga, como mínimo, un cese del fuego aduanero; cualquier cosa que los detenga antes del precipicio adonde arrastrarían al resto de las economías del mundo.

La aprehensión global es comprensible. Todos se han beneficiado de la mayor libertad de comercio; nunca antes habían salido tantos y tan rápido de la pobreza. El excepcional crecimiento de la economía, incluida la de China, ha sido consecuencia de esa libertad. Ni siquiera los enemigos de la globalización desean restringirla.

El primero de enero próximo, Trump se dispone a apretar aún más las tuercas aduaneras, con una tarifa punitiva del 25 por ciento sobre el universo de las exportaciones chinas a Estados Unidos, o sea sobre 500 mil millones de dólares de comercio. Y podría suponerse que China, que ya grava el ciento por ciento el arancel, aumente su tarifa. Guerra total. Pero Trump, con su característico garbo, afirma que una guerra comercial con China se gana fácil. Tiene mucho más que perder.

El disgusto de Estados Unidos es múltiple y ha venido acentuándose en el tiempo con el gigantesco desequilibrio en la balanza comercial: los subsidios a los negocios chinos para que compitan en Norteamérica; el creciente robo cibernético de la propiedad intelectual, patrocinado por el Gobierno; las barreras de acceso al mercado y la presión para que sus compañías transfieran tecnología secreta como condición para poder establecerse en China. Es larga la lista.

Los roces entre el superpoder económico y militar y el pretendiente vienen de atrás y han creado, cada vez más, una distanciante desconfianza. Durante muchos años, Estados Unidos se empeñó en insertar el aislado gigante comunista en las redes internacionales de reglas y estándares administradas por la Organización Mundial de Comercio. De un tiempo para acá, sin embargo, la relación ha tendido a ser conformacional en comercio, seguridad, y hasta derechos humanos. Últimamente, las divergencias se han enardecido, como en el candente discurso del vicepresidente Michael Pense de hace unos días. Quizá la bravata del libreto.

Se da, además, por primera vez en la historia moderna, una pugna entre contendientes colosales con sistemas económicos y políticos opuestos (la Unión Soviética nunca fue adversario económico serio): la democracia y la economía de mercado contra el gobierno de partido único y economía largamente dominada por el Estado. China aspira a demostrar la superioridad de su visión. Don Sancho recordaba, mientras veía acercarse velas hostiles a Bocachica en 1697, que en tiempos de Felipe II, los ingleses utilizaron estrategias navales que España se demoró en contrarrestar.

Se está en manos de Trump y sus bramidos al negociar, sin realmente creérselos, como quedó consignado en su Art of the Deal. Xi Jinping, por su parte, ha demostrado ser un hombre tenaz y orgulloso durante su carrera. No es candidato a ceder a las malas maneras. La química entre los líderes será vital; Trump con frecuencia no lleva libreto, confía más en las relaciones interpersonales, y es dado a sorprender. Lo que ocurra en Buenos Aires es impredecible.

No hay barreras lingüísticas, Xi habla inglés fluido, pero quizá prefiera el chino, para conservar esa ventaja. No se le envidia la tarea a los traductores.

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