Rodolfo Segovia S.
columnista

Democracia en evolución

Las élites tecnocráticas, que para bien protegen la ortodoxia, secuestran, sin embargo, áreas de decisión.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
febrero 07 de 2019
2019-02-07 09:03 p.m.
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La debacle venezolana invita a reflexionar sobre los avatares de la democracia colombiana. Venezuela es, por supuesto, diferente. Su Guerra de Independencia la llevó por otros senderos y ha sido diverso su desarrollo político y económico posterior, pero los paralelos son obvios.

En Colombia se asentó la democracia liberal desde el primer día y trasladó al pueblo, en abstracto, la soberanía. En la práctica, las élites criollas, como en Francia los convencionistas, optaron por la democracia y “cranearon” la constitución de Cúcuta en 1821, que con variantes rige todavía, por lo menos en la división de poderes y la democracia representativa. Por 200 años, el país no ha contemplado -salvo los marxistas- otra forma de gobierno. En Venezuela, en cambio, una frágil democracia de 40 años dio papaya y se entregó al populismo. La corrupción y la descomposición partidista condujeron al desencanto en un país sin arraigo democrático histórico. Aquí, es cierto, el árbol es mas frondoso, pero no inmune.

Los paralelos entre Venezuela y el acontecer en Colombia son obvios: las pirañas de la corrupción dejan al Estado en esqueletos y eso esta en el primer puesto de las inquietudes ciudadanas; los partidos se han fraccionado en exceso; el país real y el legal chocan y resquebrajan el concepto de justicia. Nada que tranquilice. Más en profundidad, las Constituciones -y mucho la colombiana de 1991- han sido diseñadas para proteger los derechos individuales de la tiranía de las mayorías, a través de derechos cabalmente descritos y mecanismos de protección. Esa talanquera, que mal que bien ha protegido a los colombianos, fue raptada en Venezuela por el populismo y la promesa de corregir entuertos, para terminar entregando el poder a una recua de pillos desalmados. Hay de qué inquietarse cuando muchas, si bien no todas las circunstancias son parecidas. El dilema, mal resuelto, surge entre caudillos que están dispuestos a prescindir, a nombre del pueblo, de talanqueras constitucionales que llevan a la democracia sin derechos, y la democracia no democrática que excluye al pueblo de las decisiones. Las élites tecnocráticas, que para bien protegen la ortodoxia, secuestran, sin embargo, áreas de decisión. Un ejemplo reciente, en el que les tiraron las orejas, fue en la pretendida alza general del IVA.

La élite desde los albores de la República ha hecho, en general, bien su trabajo y ha servido sin más remuneración que el honor de servir. Se ha dejado, empero, contaminar, en especial en los últimos tiempos, y ha abandonando el servicio para quedase solo con el elitismo y ha recurrido para sostenerse a la perversión de la democracia a nauseabundas prácticas electorales. Don Sancho, el héroe de Cartagena en 1697, que sabía quién estaba en el ápice de la élite y de quién venían las prebendas, no desestimaba, empero, las 6.000 almas de su pueblo.

Los jóvenes desafectos a regímenes -cualesquiera- se han refugiado, desde el colegio donde no se la pondera, en escepticismo por la democracia. Tienen su mejor instrumento en la liberación del monopolio de la información. Y, sin embargo, de ellos depende no caer en el antiliberalismo democrático. Eso sí, hay muchas porquerías por extirpar en el cuerpo democrático, para que los jóvenes realmente crean que vale la pena continuar el experimento de 200 años.

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