Rodolfo Segovia S.
columnista

Donald, el feo

El Partido Republicano ve en Trump a un redentor.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
abril 04 de 2019
2019-04-04 09:10 p.m.
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Dicho en costeño, Trump es un plebe, a más de racista y homofóbico, con déficit, no tanto de maneras, como de tacto. Así, empero, lo quieren los republicanos, y así lo detestan sus adversarios políticos, liderados por la prensa de ambos extremos de Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco.

Lo de la prensa sí es apaga y vámonos, Trump no ha hecho nada bien. Si el desempleo baja al 3,7 por ciento, merece solo página interna bien en chiquito y sin internet. Y no solo le desconocen valía, sino que repican sin pausa acerca de un próximo apocalipsis. La actitud desconcierta a los que, sin ser amigos de Trump, le reconocen el mérito de un país próspero, más que casi todos sus pares en el mundo desarrollado.

A juzgar por los pronunciamientos de los que aspirarán dentro de 20 meses a la presidencia contra Trump, la distopsia, una sociedad indeseable en sí misma, amenaza al gran país del norte, a menos que se impida su reelección. Vaticinan que el sueño americano está agonizante. Proclaman hiperbólicamente que millones de familias no pueden respirar. Los demócratas están en su derecho y no es improbable que quizá logren frenarlo.

Pero Trump está lejos de encontrarse acorralado. De entrada, ha gobernado conservadoramente, como podía esperarse de un presidente republicano. Anuló o peluqueó, por ejemplo, órdenes ejecutivas de Obama que, según él, habían empujado al país demasiado a la izquierda, demasiado rápido. Y, por supuesto, ha bajado impuestos. Ese electorado natural no lo va a abandonar.

El presidente representa también a todos aquellos, en especial del mundo rural, que se sienten incomprendidos y desdeñados por la sofisticación de las grandes ciudades y cuyos valores cristianos fueron menospreciados por el presidente Obama con un tinte descreído, pese a sus gestos de creyente. No importa que Donald sea pecador, los evangélicos seguirán dándole el beneficio de la duda, a falta de mejor alternativa.

Además, en nombre de la ley, según él, Trump es escéptico sobre la inmigración indiscriminada, con su toque de racismo. Esta postura agrada a los americanos de menor educación, que conciben la invasión como un peligro para sus empleos. E insulta a los inmigrantes desvalidos, con el ojo puesto en los votantes del medio oeste –el rust belt–, que lo hicieron presidente en el 2016. En paralelo con la inmigración, se sitúa la política de revivir industrias del acero y del carbón –contra toda lógica económica–, y el apoyo a su cliente, la generación eléctrica, con menores controles de emisión. Nada de esto gusta por su insensatez, pero a electores específicos sí.

Por último, y muy importante, el Partido Republicano ve en Trump a un redentor. Liderado por hombres decentes como McCain o Romney, vistos como débiles o tontos, los republicanos mascaban su frustración. Apareció su campeón plebe, que seleccionaron, no como acólito de la parroquia, sino para que se diera en la jeta contra intelectuales engreídos y la gran prensa, y para que desenmascarara a los intocables Clinton. Desde esta óptica, no lo ha hecho nada mal y ha galvanizado al partido. Las bases van a rodearlo en el 2020.

La estrategia Trump es clarísima: aglomerar alianzas de intereses diversos. Ya lo hizo con éxito, y ahora que, desde el gobierno les ha servido con lealtad, concitará su gratitud. Donald es como los despiadados filibusteros que se aliaron con el francés De Pointis para tomarse Cartagena en 1697, pese a la valiente defensa de don Sancho Jimeno.

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