Rodolfo Segovia S.
columnista

Recordando a los justos

Bueno es recordar estos días de crueldad, por el ideal de no se sabe qué sociedad perfecta como el Reich de Mil Años.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
octubre 04 de 2018
2018-10-04 08:58 p.m.
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El Oresund es un bello estrecho entre Dinamarca y Suecia, a la salida del Báltico. Fue el escenario de un inspirador momento de solidaridad humana en Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, que cayó el primero de octubre en 1943, hace 75 años. Un milagro que deja en mantillas la Lista de Schindler.

Alemania invadió Dinamarca al principio de la Guerra Mundial. Como la consideraba aria, la ocupación fue dúctil. El rey Cristian X no tuvo que exiliarse, como los soberanos de Bélgica o Noruega. Dinamarca obtuvo, por su cooperación, que los nazis dejaran en paz a la pequeña comunidad judía que albergaba desde 1622.

En 1929, había llegado a Dinamarca el joven de acaudalada familia de Bremen y excelente formación académica Georg Duckwitz, para iniciarse en el comercio del café. Hizo excelentes relaciones en su país de adopción. Medio nazi, aceptó permanecer en la estratégica península para guiar a los ocupantes y aconsejar sobre rutas del tráfico.

La situación era inestable, empero. Un salto de humor de Hitler, por la seca respuesta del rey a un su barroco mensaje de cumpleaños –un apenas “Con mis mejores agradecimientos, Christian Rex”–, desembocó en el envío a Copenhague (febrero de 1943) del teórico del Tercer Reich y general de la Gestapo Werner Best. En París le conocían como el ‘sabueso’ por sus pesquisas para rastrear judíos.

La resistencia danesa se envalentonó después de la derrota alemana en Stalingrado e intensificó el sabotaje. Y el resentimiento contra los nazis explotó en marzo de 1943, cuando Dinamarca eligió un gobierno unánimemente antinazi. Unos meses después, Best impuso la ley marcial. Y a las pocas semanas, septiembre 8, solicitó autorización para emprender la Solución Final. Duckwitz trató de renunciar, pero se lo impidieron. Era demasiado valioso.

El tratante de café se multiplicó para impedir la deportación. Fue a Berlín con el propósito de interceptar el cable de Best antes de que llegara a Hitler. Ante el fracaso, viajó a Estocolmo y acordó con el primer ministro el envío de una propuesta para internar a los judíos daneses en Suecia. Los nazis no se molestaron en contestar.

Con la autorización de Berlín, el general dispuso que la operación se llevara a cabo –simbólico– el primero de octubre. Tenía todos los nombres. Mientras barcos listos para llevarse a los judíos a los hornos de Theresienstadt flotaban en puerto, Duckwitz avergonzado llamó a la acción a todos sus contactos políticos, sociales y comerciales, que eran muchos. Arriesgaba la muerte, pero escribió en su diario “Sé lo que tengo que hacer”.

El día de Yom Kippur, el día de expiación que precede al Rosh Hashaná, los judíos se refugiaron entre los daneses, que los condujeron en taxis, carros particulares y ambulancias hasta cuanta barca estuvo disponible para hacer más de 700 viajes a la otra orilla, donde los suecos los estaban esperando. Toda Dinamarca respiró profundo. Se salvaron 7.200, que casi todos sobrevivieron la guerra. Cuando regresaron a Dinamarca, encontraron sus casas como las habían dejado, incluidas las mascotas. 481 judíos no tuvieron tanta suerte.

Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, recordaba que el rey Felipe III había expulsado miles de musulmanes, por razones de pureza religiosa similares a las de los nazis. Procedimiento inhumano, pero que condujo al exilio, no a la muerte. Bueno recordar estos días de crueldad, por el ideal de no se sabe qué sociedad perfecta como el Reich de Mil Años, que los buenos también triunfan cuando se lo proponen.
PS. Inspirado en un artículo de Richard Hurowitz,

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