Rodolfo Segovia S.
Columnista

Secuestrada en la mina

A Prodeco no habría que exigirle sino las garantías de cumplimiento de sus obligaciones fiscales, medioambientales y laborales para que se pueda ir.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
marzo 25 de 2021
2021-03-25 07:30 p. m.
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Glencore está secuestrada. Decidió irse, pero no la dejan. Y conste que las simpatías no están con esa empresa, heredera de Marc Rich, el prófugo de la justicia que perdonó el Bill Clinton el último día de su presidencia, pero que es hoy un gigante de la metalurgia y el carbón, al que se le otorgaron títulos mineros, que ha explotado como Prodeco, en el departamento del Cesar.

Prodeco es el ente jurídico cuyas minas de la Jagua han dejado de ser rentables. Circunstancias de mercado, calidad y ubicación geográfica (las mas lejana del mar de las grandes minas de carbón térmico colombianas) se confabulan contra ellas. Con razón se ha dicho que el carbón no es más que mugre y transporte.

Lo razonable en la lógica de los negocios es cerrar las puertas y restañar la pérdidas.
Casi 100 años después de la defensa de Bocachica por don Sancho Jimeno, llegó al virreinato de la Nueva Granada el sabio vasco Juan José D’Elhúyar, quien había sido enviado por la corona española a formarse en París, Bohemia y Suecia en química y mineralogía para luego aplicar en sus dominios los “conocimientos útiles” derivados de la Ilustración. Brillante y bien entrenado descubrió el tungsteno.

Se le destinó a revivir la explotación (plata) en la Nueva Granada del Real de Minas de Santa Ana en Mariquita. Fracasó en su intento y murió en la brega. Fue íntimo de Mutis, ese otro sabio, y le dejó a Colombia un hijo prócer, Luciano, que dio la vida por la libertad. Para el Real de Minas, España destinó también ocho mineros alemanes, expertos en socavones y la extracción del mineral.

El más listo de ellos, Jacobo Wiesner, entrenado personalmente por D’Elhúyar, se quedó en Colombia, tronco de distinguida familia. Fue muchos años el director de las minas de Zipaquirá.

Cuando la explotación en Mariquita no dio resultados económicos satisfactorios, simplemente se cerró. El molino para el mineral y los demás artefactos instalados por D’Elhúyar pasaron a ser arqueología industrial.

Ese es el destino de los fierros de Glencore en el Cesar, a menos que por ahí aparezcan unos chinos que se hagan cargo de las minas. Lo que no se puede hacer en mantenerlas abiertas a la fuerza (o si lo que se opta por otorgar subsidios por razones sociales, que sea transparente).

Hay muchas razones para que Colombia ande en lo bajo de escala en la facilidad para hacer negocios (o para dejar de hacerlos) que desestimulan a los cacareados empresarios que en teoría tanto se convidan.

A Prodeco no habría que exigirle sino las garantías de cumplimiento de sus obligaciones fiscales, medioambientales y laborales para que se pueda ir en paz al entregar las licencias mineras.

Si no quiere más, no quiere más, y se va sin que tenga que esperar secuestrada en las minas el dictamen “de un grupo interdiciplinario” conformado por la Agencia Nacional de Minería, para ver que se hace. Colombia hace el oso.

Rodolfo Segovia Salas
Exministro - Historiador.
rsegovia@sillar.com.co

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