Rodolfo Segovia S.

Desmadre institucional

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
diciembre 06 de 2013
2013-12-06 12:54 a.m.
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Columnistas de todas las tendencias lamentan el desajuste de las instituciones. Condenan el despelote y predicen los peores males.

No le falta razón al diagnóstico, aunque cabe recordar que son las mismas instituciones que desde hace 50 años empeñan, averiadas, desigual combate contra Marx y Al Capone.

Algo hicieron bien los padres de la República para que hayan resistido hasta ahora.

No son, sin embargo, enemigos externos los que por sí solos desvencijan las instituciones; las agrietan desde adentro torcidas interpretaciones y abusos del interés particular, que se hacen pasar, sin marco ético, por adalid del derecho positivo.

A las instituciones las zarandea la proliferación de ‘delfinazgos’ que cierran espacios en la democracia, y nepotismo electoral, que no concibe curul sino en cabeza de un pariente.

El Legislativo se empobrece. Se observan las consecuencias. Un congreso mal conformado es mal de muchos, pero cuando la justicia también se corrompe, el ciudadano queda inerme.

Se multiplican campanazos por desaguisados en las altas torres –de piedra burda, ya no de marfil–, albergues de la jerarquía judicial, mientras la hediondez permea hasta el nivel de secretarios de juzgados. Ningún edificio institucional en la convivencia resiste sin magistrados probos y capaces de autocensurarse sin andar escondidos detrás de la majestad de la justicia.

El más insidioso peligro para la institucionalidad nace de expandir los límites de las leyes y la intención del legislador. Cuando se exceden funciones, la sociedad pierde su brújula. Se sientan precedentes desorientadores.

La Procuraduría es uno. Creada para vigilar el estricto cumplimiento de la ley por parte de los funcionarios públicos, ha tomado rumbos que extralimitan su competencia.

El Procurador acomoda el cargo a sus convicciones personales, insospechables, por lo demás, y extiende sus dictámenes a la sanción por equivocaciones de buena fe.

Eso repugna al buen sentido. No quedará nadie honesto y deseoso de servir para aceptar cargos públicos.

La Procuraduría destituyó al alcalde Moreno, no por corrupto, sino por incompetencia evidente. Sobre Petro, pesa una amenaza similar. Son víctimas de extralimitaciones. Para los burros electos por votación popular, la ley prevé la revocatoria.

Más aberrante aún es la sanción del superintendente financiero: se castigó una presunta omisión con elementos altamente subjetivos.

De ser cierto, el competente para destituirlo sería su superior jerárquico. Ese buscar protagonismo alimentado de micrófonos socava el equilibrio institucional. De ahí lamentos y vaticinios amargos.

Don Sancho Jimeno, el héroe de Bocachica en 1697, se aficionó a la mitología, y en particular al mito de Casandra. Esta, hija de los reyes de Troya, era la sacerdotisa del templo de Apolo, quien la deseaba y al que ofreció entregarse a cambio del don de la adivinación. Una vez lo obtuvo, le puso conejo.

El dios, despechado, la escupió en la boca y la condenó a que predijera, pero sin credibilidad. Casandra auguró que su hermano menor, Paris, sería la ruina de la ciudad y previó, sin que se le prestara atención, las nefastas consecuencias de ingresar el caballo de Troya. Don Sancho vaticinó impotente el inevitable ataque de piratas franceses y el espantoso saqueo de Cartagena solo con leer en las piedras el absoluto desgreño de las defensas de la ciudad.

Rodolfo Segovia

Exministro - historiador

rsegovia@axesat.com

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