Rodolfo Segovia S.

‘Electonepotismo’

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
marzo 07 de 2014
2014-03-07 03:32 a.m.
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En las democracias solo la urna otorga la legitimidad del poder. Si son repúblicas presidenciales como Colombia, hay que sufragar dos veces. En dos días tendrá lugar la primera ronda. Aprietan el corazón las opciones del elector; los retozos políticos casi se reducen a adir curules. Más del 60% de los escaños en disputa –en trance de reelección o en aspiraciones nuevas– son una sarta nepótica. Los parientes se los reparten. El análisis genealógico, hasta el tercer grado de consanguinidad o segundo de afinidad, arroja resultados sorprendentes. Todo parece ser asunto de hemoglobina o lazos conyugales.

La estadística se refiere a candidatos con chance real de ser elegidos entre miles de aspirantes superfluos. Las listas de los partidos en ambas Cámaras exhiben grandes rellenos. ¿A quién le importa, por ejemplo, quien quede de 30 en la lista de senado conservadora? Esa ubicación sin esperanza atañe solo a los candidatos mismos que fuman marihuana electoral y se convencen de que obtener un puesto en las primeras votaciones de senado de cada partido es, como dicen en la costa, mango bajito. Más cerebrales son algunos integrantes de las listas para la Cámara de Representantes, que aspiran sin ilusión con el fin de contarse, es decir, de construir causa para ser tenidos en cuenta por su potencial electoral en futuras contiendas o valorizarse y vender después votación para alcaldías o gobernaciones.

Otros fungen en las listas de Cámara simplemente como puntas de lanza de senadores que pescan votos en regiones distintas a sus lugares de origen. Es este uno de los fenómenos que ha encarecido desorbitadamente una curul en el senado, ya que esos candidatos se reclutan a puro billete; el paté burocrático no da, en general, para untarlo tan lejos. Los postulantes con posibilidad real aceptan la práctica del relleno, porque su aporte (por la misteriosa cifra repartidora, que no hay espacio para explicar) aumenta el número de los efectivamente electos por cada lista partidista y, por lo tanto, sus propias posibilidades.

Ahora bien, es una pesadilla que desdice de la democracia colombiana el que tantos candidatos con opción de elegirse pasado mañana sean un sancocho de ADN revuelto con alcaloides. Y ni el proceso 8.000, ni las ‘paracondenas’ han valido para limpiar los pupitres del Congreso. Con las mismas relaciones y los mismos dineros mal habidos del Estado, o peor, siguen aspirando hermanos, primos, suegros, esposas y cuñados de los reos, mientras los partidos, impotentes o cómplices, lo acolitan. Un mediano conocimiento de la fauna política nacional revela los cruces. Un examen más profundo devela letrinas apestosas.

No contribuye a equilibrar el campo electoral la profusión de parientes de gobernantes en ejercicio, que aspiran a elegirse, a veces sin más méritos que el de ser allegados, y que en su peor faceta degenera en delfinazgos. La democracia se empequeñece, secuestrada por el nepotismo. Se embotella, además, un vehículo de movilidad social que bien le ha servido a Colombia.

Don Sancho Jimeno, que desde su atalaya defendía Cartagena en 1697 era experto en nepotismo. Venía en la sangre real y en la de los grandes de España, si bien él debía excepcionalmente su ascenso al mérito, no exento de palancas nupciales. Casó con viuda rica. Asegura, empero, que si se escudriñan con atención las listas electorales hay perlas rescatables. Insta a hacerle el esfuerzo a la búsqueda en vez de refugiarse en el voto en blanco.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

rsegovia@axesat.com

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