Rodolfo Segovia S.

Juristas en exceso

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
septiembre 02 de 2011
2011-09-02 01:11 a.m.
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En días pasados apareció publicada una cifra perturbadora: Colombia tendría 250.000 abogados, algo más de uno por cada doscientos habitantes.

Debe ser una exageración, ya que aún si fuesen menos serían muchos, así los haya también muy buenos.

Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena contra los franceses intrusos en 1697, quedó impactado por la estadística sobre jurisconsultos.

Bastante sufrió por cuenta de los golillas del Imperio y su caprichosa interpretación de las Leyes de Indias, que nunca terminaban de recopilar y codificar. Un fárrago bueno para entrabar los negocios y perseguir a los leales servidores de su Majestad.

Menos mal que la Audiencia de Santa Fe estaba lejos y que casi todos los gobernadores de Cartagena habían sido de capa y espada, según lo recomendado a Felipe II por Bautista Antonelli, el gran ingeniero que planeó las fortificaciones de la ciudad.

El número de juristas puede haber sido malévolamente inflado; no es que haya tantos, sino que lo parece. Pero de ser verdad, su inflación está apenas empezando. Las corporaciones universitarias de garaje otorgan doctor juris a tutiplén, carrera rentable por lo barata de armar: basta un galpón con profesores de cátedra que van de facultad en facultad.

El clásico tinterillo de los cuentos es un ejemplar extinto.

Ya todos ostentan diploma.

Del exceso nacen las demandas temerarias, moneda corriente en los estrados para que los abogados se empleen los unos a los otros. Su proliferación es una causal, junto con el abuso de las tutelas, de la congestión judicial. Para ponerles coto cabría legislación pecuniaria y disciplinariamente ejemplarizante. Improbable.

Un grupo tan numeroso de colombianos en una sola profesión tiene consecuencias cuando de cabildeo se trata.

De ese cabildeo surgió la multiplicación de las altas cortes. Se doblaron los máximos tribunales con sus celos y jubilaciones, y con ellos llegó la verborrea.

Los jueces están llamados a la virtuosa vocación de hablar por sentencias. Fallar y callar. Pero no, estimulados por comunicadores sociales (¿también sobrepoblación?) salen a explicar para el gran público y, lo que es aberrante, escoliar en pantalla antes de resolver.

¡Ay de que se disienta de sus procederes! Como mínimo se atenta contra la majestad de la justicia, que pierde majestad de tanto exponerla al manoseo.

¿Y qué decir de las interferencias en lo legislativo?

Si la reforma judicial propuesta por el Gobierno rosa privilegios constituye un ataque a la autonomía de la justicia y blanco, por lo tanto, de magistrados deliberantes. Resisten, por ejemplo, el eclipse pacífico del Consejo Superior de la Judicatura, institución que, como tantas otras nacidas del imaginario estatuir, se rajó en la práctica. Mal sendero para cohortes de abogados superabundantes.

Se vienen a la mente El juicio de Cambises y en especial, por lo sobrecogedora, La despellejadura de Sisamnes, dos obras maestras del gran pintor flamenco Gérard David. Describen la suerte que le espera al juez prevaricador.

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