Rodolfo Segovia S.

Modernidad y fe

"La lucha por preservar la fe sin caer en nuevas formas de ahogar el pensamiento es el gran reto del

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
febrero 29 de 2008
2008-02-29 02:50 p.m.
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Don Sancho Jimeno fue un premoderno. Una vez conjurado el vendaval de la reforma protestante, que reacomodó parte de Europa a la religiosidad sin Papa, él quedó encajonado en un mundo de certitudes sin que lo asediaran racionalismos que aún estaban por venir. La Ilustración todavía no sembraba dudas metódicas. Su fe en los dogmas de la Iglesia era ilimitada. Le permitió ocuparse de lo inmediato sin cogitaciones cósmicas, sin angustias especulativas. Por eso encaró con tanta entereza a piratas que no creían ni en la calavera de su pendón, sin detenerse a pensar si eran piratas buenos o piratas malos. Con las convicciones a salvo, le sobró coraje para repartir estocadas entre los bribones que atacaron a Cartagena de Indias en 1697. De haber sido un hombre de nuestro tiempo le hubiese quizá temblado la mano, por las dificultades para distinguir. Ese es el sino del mundo secularizado de hoy. A don Sancho le venía bien el conformismo, útil para preservar la cohesión social; él ignoraba que era a precio de anquilosar el pensamiento.

Cómo se abrió paso la modernidad es todavía objeto de controversia. Parece, sin embargo, que por imprevisible accidente histórico, hace más de cuatro siglos se dio una breve coincidencia entre religión y libertad de iniciativa que condujo al predominio material de Occidente. El que producir y acumular individualmente bienes y servicios fuese el camino de la salvación eterna, revolucionó la manera de combinar factores de producción para crear riqueza. La alineación de las estrellas quedó historiada en un influyente libro (importante, por cierto, en la formación intelectual de Alfonso López M): El protestantismo y el auge del capitalismo. Fue un momento fugaz. A la larga se desechó la matriz religiosa y quedó la escueta economía de mercado, que cualquiera que sean sus defectos ha demostrado ser superior a otros sistemas de combinar recursos para generar riqueza.

La abundancia alejó de la religión y con ese distanciamiento se rompieron moldes de comportamiento ético que era necesario de alguna manera restaurar. Para ayudar a construir el nuevo orden en un crisol democrático, el positivismo sacralizó la ley. Se identificó que las creencias, por respetables que fuesen, constituían un referente distinto al legal. El corolario fue la separación de la religión y el Estado, uno de los elementos distintivos de la modernidad.

¿Fin de la historia? No, no tan rápido. Resulta que grandes núcleos de neo-cristianos, musulmanes e hindúes, inspirados en la fe, sostienen que no se puede diferenciar entre los preceptos religiosos y las leyes creadas por el hombre y derivadas simplemente del práctico vivir en sociedad. Según ellos, las normas volcadas en textos bíblicos, coránicos o vedas son jerárquicamente superiores y, por su inspiración divina, aplicables por la fuerza a los descaderados del Gran Satán, al aborto y a los homosexuales. Y con tal de asegurarse que esas pautas rebasen las muy respetables fronteras del ámbito privado, han llegado a la violencia.

Enterrado Marx y los totalitarismos laicos del siglo pasado, la lucha por preservar la fe sin caer en nuevas formas de ahogar el pensamiento es el gran reto del mundo posmoderno. En contravía de conquistas científicas y tecnológicas que avanzan la comprensión del universo y prometen bienestar, fundamentalismos de toda índole, dueños de las respuestas, se yerguen en rechazo a la apertura de espíritu que le ha conferido al Homo sapiens el bien más preciado de su corto devenir evolutivo: la confianza en sí mismo. Don Sancho presenta excusas. No es dado a disquisiciones, pero estaba tan francamente aburrido de la inmortalidad de Fidel, la chabacanería de Hugo y la reelección, que decidió arriesgarse.

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