Rodolfo Segovia S.

‘El mundo está desquiciado…’

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
abril 04 de 2014
2014-04-04 03:28 a.m.
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“¡Vaya faena haber nacido yo para tener que arreglarlo!”. Palabras de Hamlet, príncipe de Dinamarca. ¿Quién será ese yo? Los colombianos están dando muestras de no querer decidirse. La intención de voto es lánguida. Quizá muestran desgano porque no quieren, y lo dicen, reelección. O quizá porque el malestar es más profundo.

En apariencia, mucho está bien. Colombia camina a regañadientes y con salvedades hacia la paz. La guerrilla, todavía letal, hace agua. La economía da muestras de vigor. Todos los índices: crecimiento, empleo, responsabilidad fiscal, reducción de la pobreza, son de buen recibo. Y, sin embargo, como diría Hamlet, “algo está podrido en el Estado de Dinamarca”, sin que se confíe en que alguien sepa arreglarlo. Cuando el presidente, con favorabilidad razonable después de cuatro años, se estanca en el 25 por ciento de intención de voto, el desasosiego, el malaise, desborda lo práctico e inmediato.

Las regalías fluyen, los subsidios se pagan, las inconformidades conflictivas se arrinconan con billete y el Gobierno baila en la cuerda floja para no pisar cayos. Al mismo tiempo, crece la hostilidad hacia las actividades honorables con ánimo de lucro. Zurriburris hay, pero por excepción. Es contraproducente para la creación de riqueza social que constantemente los medios los presenten como componentes típicos de la libertad de empresa.

Los que reciben las dádivas que recicla el Estado son ya más que quienes con su creatividad y trabajo hacen posible la distribución. El Estado no es sino un intermediario. Fatal en una democracia, en la que las decisiones se toman por mayoría. Está sucediendo y desde el subconsciente está llevando al productor al desánimo.

Mientras Colombia aplaude su condición de rentista de actividades extractivas, que, por demás, también se debaten en un ambiente de hostilidad, el empresario industrial desespera. Hasta el café, símbolo de la competitividad colombiana, ha caído en la trampa de los regalos con escopeta. No hay que buscar mucho más lejos el constante descenso de la industria. Las señales sociales no conducen a la inversión productiva.

Por otra parte, la Constitución de 1991 desató las apetencias derivadas de derechos fundamentales y de su extensión, según el querer de jueces que no estaban preparados para la avalancha. Sin freno ni responsabilidad, están achicharrando al país en un volcán de tutelas. La aritmética no es de su incumbencia. Cada día trae su reparación millonaria.

La proliferación de las cortes últimas, incluyendo el engendro de la competencia amplia del Consejo Superior de la Judicatura, aúpa el activismo jurídico y, colateralmente, la venalidad. Un país sin confianza en la justicia es un país de cafres. Como consecuencia, la estabilidad jurídica, ese sonsonete tan usado para vender la solvencia de las instituciones colombianas, se está desvaneciendo. Ya nadie sabe cuál es la última instancia. Motivo de más para el malaise.

Don Sancho Jimeno sabía de angustias. Su vida transcurrió mientras los Austrias españoles se disolvían en contradicciones internas y reyes contrahechos. Sufrió en carne propia el coletazo de las desgracias, cuando solo él se opuso enhiesto al ingreso de las naves piratas por Bocachica en 1697, sin poder evitar la rendición de la ciudad y su inicuo saqueo. Unos años más tarde (1701), los Austrias dejaron de reinar en España. La cosa tampoco anda bien en Cundinamarca, como intuía Hamlet.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

rsegovia@axesat.com

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