Rodolfo Segovia S.

Peligro en acecho

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
mayo 08 de 2008
2008-05-08 11:34 p.m.
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Colombia no consigue liberarse de su afición al hara-kiri. Todos los índices económicos conducen al optimismo: el consumidor manifiesta confianza, los empresarios invierten, el capital extranjero acude, el desempleo desciende, la pobreza cede; un escenario que choca con el instinto suicida. Como tanta cosa buena no pude aceptarse pasivamente hay que armar una crisis institucional.

A don Sancho Jimeno le gustaba aprender de la historia. En 1697, mientras junto a una garita del fuerte de San Luis de Bocachica veía venir el coletazo del enemigo pirático, rumiaba que las cuitas de Cartagena eran consecuencia del eclipse de España como reina de los mares. La gran potencia descubridora de América había dejado su savia en un conflicto que se le salió de las manos.

Las guerras de religión en la primera parte del siglo XVII, enredo
incontrolado e inevitable, la habían dejado exhausta. Bien haría Colombia en no descuidar las amenazas externas, sobre las cuales carece de control. Ha evitado los efectos de la pasajera crisis hipotecaría en los Estados Unidos, pero se le viene, quizá, encima una desaceleración global; ese es el peligro en acecho.

La mandíbula trituradora que ahoga el crecimiento de la economía mundial es el precio del petróleo. Una enfermedad debilitante de efecto lento, en contraste con los recesivos corrientazos instantáneos durante los shocks en 1972 y 1979. El costo del crudo desde su nadir en el 2001, hasta hoy, ha crecido al 30 por ciento anual. En período de bonanza, el cuerpo sano ha encajado el constrictor abrazo, en parte, porque en materia económica la velocidad del cambio suele ser tan significativa como el cambio mismo.

Otros factores han, además, contribuido hasta ahora a darle tiempo al consumidor para ajustarse al aumento. Dos de ellos son los grandes progresos de la década en productividad y el ambiente de intereses bajos. La globalización por su parte ha moderado el impacto al reducir el valor del insumo trabajo en la oferta de bienes. Menos visible ha sido la manera como la energía eléctrica se ha independizado de los combustibles líquidos. Hace 30 años era el insumo dominante en los Estados Unidos, actualmente apenas el uno y medio por ciento se genera con derivados del petróleo. Se han registrado alzas en gasolina, calefacción y transporte, pero no en electricidad. Recientemente, sin embargo, el precio del crudo ha tardado solo un año en pasar de 50 a 120 dólares el barril (140 por ciento). La presión asfixia a todo el mundo desarrollado, cuyo crecimiento se ha reducido a menos del 1 por ciento anual. India y China, grandes importadores de crudo, también están dando muestras de una relativa contracción.

Y no es que la Opep esté manipulando la oferta de petróleo o que eventos dramáticos hayan incidido en las cotizaciones. No, el motor del aumento de los precios ha sido el desborde de la demanda, sin seguirle el ritmo. En Rusia, México y Venezuela la producción ha disminuido. Exxon, Shell y BP han incumplido repetidamente metas. Los mandamases árabes nadan en oro y muestran mucho más interés en colocar bien los excedentes a través de vehículos de inversión que en gastar para descubrir o desarrollar reservas de un crudo que les sobra.

La cuerda no da más. Cabe preguntarse ¿hasta dónde pueden seguir aumentando los precios de los combustibles líquidos, sin que se padezcan dislocaciones económicas mucho más serias que las experimentadas hasta ahora? El que Colombia exporte unas gotas de crudo no es consuelo. Mejores precios no dan para compensar la caída de las remesas de compatriotas en el exterior por cuenta de una recesión. Prudente resistir la tendencia a la autoflagelación y no cavarle baches institucionales al bienestar del país desde la torre de marfil judicial. Ya parece haber suficientes en el camino.

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