Rodolfo Segovia S.

Productividad y paros

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
agosto 30 de 2013
2013-08-30 02:17 a.m.
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Siempre habrá de qué quejarse en un país inmaduro. Con la explosión de las comunicaciones, la protesta se amplía, al coordinar para magnificar su presencia. Dos camiones atravesados por aquí, unas llantas quemadas por allá y un montón de palitroques creer que el país se está incendiando. El Gobierno ha hecho bien en reaccionar con moderación, hasta con los elementos al margen de la ley.

Detrás de los descontentos, que ciertamente no son inventados por la guerrilla, está el factor productividad. En economía, el concepto es vital, con fuertes vínculos sobre el PIB, el empleo, la inflación y la distribución del ingreso. En términos sencillos, la productividad es el volumen de producción que se obtiene por unidad de insumo. Si el insumo es trabajo, mide cuánto genera una persona por unidad de tiempo. Típicamente, los trabajadores más productivos alcanzan mejores estándares de vida.

Igualmente ocurre con las sociedades: mientras más productivas, mayor su prosperidad. Y es teórica y estadísticamente demostrable que el enorme auge del mundo Atlántico desde la II Guerra Mundial ha sido consecuencia de la creciente libertad de comercio y de la competencia que estimuló la productividad. Colombia, en cambio, ha sido epítome de encierro, negada desde siempre a insertarse en la economía mundial. Ahora paga las consecuencias.

Los paros reflejan diversas realidades, pero la mayoría tiene que ver con productividad. Si se deja por fuera a los camioneros, que pretenden consolidar un cartel, o los cocaleros al margen de la ley, el resto protesta porque desearía que el consumidor, local o extranjero, pagara su baja productividad, y busca al Estado para que lo subsidie por cuenta de los demás colombianos. Eso se aplica, por ejemplo, a los cafeteros desplazados por Indonesia y Vietnam, a los cacaoteros impotentes frente a Ecuador, y hasta a los paperos, sobreproductores ecológicamente punibles.

Pues no. La salida no se encuentra en la ancestral mentalidad mediterránea que endereza inequitativamente las cargas. Hay, por el contrario, que profundizar los TLC para forzar la correcta reasignación de recursos. Y el Estado, en vez de desgastarse apuntalando la ineficiencia, necesita reorientar sus disponibilidades hacia el reincrementar la productividad. No es asunto de magia. Sin olvidar el estímulo a tecnologías de avanzada y a la inversión de capital, basta concentrarse en dos cosas que la disparan: infraestructura –el tesoro escondido– para disminuir los costos de transacción y educación para que el trabajador sepa leer y entender correctamente instrucciones.

La habilidad para hacer más con menos disminuye la presión sobre los recursos y, por ende, la inflación. Colombia le ha dado buen uso a un margen de maniobra para poner la política monetaria al servicio de la competitividad. Con la compra quirúrgica de dólares, el Banco de la República ha irrigado la economía para mantener moderados los intereses y, a la vez, contrarrestar inevitables efectos de la economía minera sobre la tasa de cambio. Aplauso.

Don Sancho Jimeno maldijo la baja productividad de sus milicias, cuyas carencias obligaron a la rendición del San Luis de Bocachica ante los piratas en 1697. La respuesta era entrenarlas y armarlas mejor, y no permitir que funcionarios descarriados, como el traidor gobernador De los Ríos, malgastaran recursos en coimas y otros desvaríos.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador rsegovia@axesat.com

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