Rodolfo Segovia S.

Trágica farsa

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
enero 24 de 2014
2014-01-24 12:55 a.m.
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El estado de Colorado libera la ‘maracachafa’. Otros se aprestan a seguir el ejemplo. El gobierno federal les hace pasito.

La abultada burocracia de la DEA, inmersa en la ‘corruptela’, refunfuña. En México, se impregna de sangre la Tierra Caliente de Michoacán y en Colombia, las Bacrim, guerrilleras o no, sobornan jueces y carceleros.

Trágica farsa.

Por allá hace casi 50 años la excelente calidad de la Santa Marta Golden era el estándar mundial. La monopolizaban bandas guajiras por su dominio de las costas de la Sierra Nevada, epicentro del cultivo y el tráfico.

Aplicaban técnicas refinadas en su oficio de contrabandistas, aunque con mayor violencia que la consuetudinaria.

Se disputaban mejores márgenes. Ya desde entonces, la interdicción del comercio allende el Caribe atraía a la delincuencia para satisfacer la demanda. Nada distinto a lo experimentado cuando se prohibió el tráfico de alcohol en 1919. Muy malos alumnos para aprender de la historia.

Los marimberos se trasladaban a Santa Marta y Barranquilla para derrochar estentóreamente sus ganancias, construían mansiones y rodaban en gigantescas camionetas.

Mejor cederles la vía para ahorrarse el flash de pistolas descomunales.

El país andino se reía. Aquellos despliegues eran materia de caricaturas que se filtraban a las telenovelas. Dejaron de carcajearse cuando la magnitud del negocio anidó monstruos que pusieron en jaque al Estado. Asesinos disfrazados de asesinos, y asesinos disfrazados de guerrilleros, se apoderaron del cierre de la brecha que la prohibición creaba en el suministro.

Para Colombia, la historia de una política que se está demostrando fallida y que se inició con la marimba –negocio inicial que se dañó por andar mezclando buena yerba con matarratón– se agigantó en pesadilla.

En muertos y calidad de muertos se ha pagado un precio insostenible para un país de instituciones frágiles, que apenas han resistido.

Por cuenta de ella, la corrupción ha permeado la fibra misma de la sociedad colombiana, en un tránsito difícil de desandar. El desvío de recursos mina los esfuerzos por aliviar la desigualdad. Y ha alimentado a insurgentes en recreo habanero, que sin el narcotráfico hace rato que ya no serían.

Colombia, como México o Jamaica, tiene amplios motivos de queja contra los países del primer mundo y especialmente contra Estados Unidos, por el enorme costo de una trágica farsa.

Desconocieron elementales leyes económicas e hicieron gala de una monumental hipocresía.

Es un milagro que Colombia sobreviva todavía como sociedad viable. ¿Y ahora, qué vendrá? Desde Colorado se oye el eco de un “¡qué pena, ala, nos equivocamos!”.

Y, probablemente, nada más. ¿Habrá algún tribunal que les traslade por lo menos las víctimas que aquí, con más voluntad que recursos, se están tratando de socorrer? Hay poco chance de resarcimiento. Dirán quizá que se arrepienten, pero hasta ahí.

Don Sancho Jimeno, el defensor de Bocachica contra piratas franceses en 1697, también tuvo que tragar entero. Diez años después del pavoroso saqueo de Cartagena, ancló en la bahía Jean Batiste Ducasse al frente de una flota de guerra que escoltaba al infausto San José de marras y a sus galeones. Había sido el comandante de los bucaneros haitianos que cargaron hasta con el último clavo y que irrespetaron venerables monjas. Llegaba ahora almirante de Francia y aliado. Como si nada. Trágica farsa.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

rsegovia@axesat.com

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