Salomón Kassin Tesone
columnista

Artificial sí, inteligencia no

La tecnología no es buena ni mala en sí misma. Los usos que le da el ser humano son los que la califican. 

Salomón Kassin Tesone
POR:
Salomón Kassin Tesone
junio 19 de 2019
2019-06-19 09:20 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/19/56c7d23cb529d.png

Pienso que el efecto del impacto de la inteligencia artificial (IA) en el desarrollo presente y futuro de la sociedad tiene consecuencias nefastas sobre el tejido social. Las redes sociales traen consigo una indiferencia preocupante frente a la realidad circundante, que solo se rompe cuando Instagram, Twitter o Facebook así lo dictaminen.

Esto me llevó a leer un artículo de Henry Kissinger titulado ‘How the Enlightenment Ends’, publicado hace un año en el Atlantic. En este, el autor hace un llamado de atención para que se ahonde en el análisis de los efectos que está teniendo la llamada ‘IA’ sobre las competencias y la misma condición humana, al hacerse más y más ubicuos estos mecanismos en el día a día.

Para comenzar, aprendí la importancia que tiene el denominar un fenómeno de forma equivocada. Lo que se describe como IA es un proceso matemático computacional que permite procesar el big data y encontrar patrones de manera mucho más eficiente que el ser humano. Al utilizar el término ‘inteligencia se está, de alguna forma, desdibujando su real esencia. No es correcto atribuírsele condiciones que van más allá de lograr percibir la realidad sensorial de forma más precisa y de poder correlacionar, casi infinitamente, más rápido que la capacidad del cerebro humano en hacerlo.

La inteligencia humana, además de hacer todo lo anterior, tiene una dimensión de discernimiento que va más allá de acumular y manipular información. Esta contextualiza y conceptualiza el resultado de percibir la realidad física. Al llamar ‘inteligencia artificial’ a una serie de algoritmos que son solo interpretaciones matemáticas de datos, no se explica la realidad del entorno en el que se producen esos mismos datos. Se deben tener en cuenta que estas no se pueden comparar simplemente porque el conocimiento que existe sobre el cerebro es extremadamente limitado.

Un problema que surge es que los juicios que se forjan a través de las máquinas son necesariamente hechos con base en experiencias pasadas. Eso hace que al reiterar hechos con los que se alimenta la IA, estas se refuerzan sin cuestionar los eventos factuales. La ausencia de contexto por el entorno crea situaciones como la que Waze sugiera ‘rutas de la muerte’ por desconocer la seguridad de las vías por las cuales recomienda transitar.

Dado que la dependencia es cada vez mayor sobre estas herramientas, ello hace que la prisa inhiba la reflexión y que, al no cuestionarse los resultados que se reciben, se omita cotejarlos, condición indispensable para hacer un juicio correcto. El internet puede afectar la atención, la memoria y la interacción social. Un estudio liderado por Joseph Firth ,con el apoyo de universidades como Harvard y Oxford, advierte sobre el desafío que tiene la sociedad en controlar las consecuencias para el ser humano del uso indiscriminado del internet y del potencial impacto sobre el cerebro.

La tecnología no es buena ni mala en sí misma. Los usos que le da el ser humano son los que la califican. Así ha sido a través de la historia y creo que igualmente lo será en el futuro.

Más preocupante que el impacto físico a la naturaleza, consecuencia del abuso perpetrado a ella inconscientemente por el ser humano, que produce fenómenos como problemas ambientales diversos y calentamiento global, los cuales pueden ser potencialmente resueltas por tecnologías nuevas, es el deterioro de la capacidad del ser humano de cuestionar, analizar los hechos y convertirse en un agente de cambio.

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes