Sergio Calderón Acevedo
Columnista

Reflexiones desde el encierro

No tendrá excusa ahora el director de la policía para no mostrar los resultados que hasta ahora no ha tenido en la lucha contra la criminalidad.

Sergio Calderón Acevedo
POR:
Sergio Calderón Acevedo
marzo 23 de 2020
2020-03-23 05:00 p.m.
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Hasta la semana pasada pensaba que la historia se divide en antes y después de que el Once Caldas de Luis Fernando Montoya le ganó la Copa Libertadores al Boca Juniors de Carlos Bianchi, en el Wembley de Manizales.

Los últimos acontecimientos mundiales le compiten en trascendencia a ese hito, por lo cual tengo una terrible confusión. Estoy acostumbrado al aislamiento, pues mi oficio de perito puede ser ejercido como el rimbombante teletrabajo.

Hasta ahora salía de casa dos veces a la semana a dictar mi clase de coyuntura económica, pero, desde el jueves, lo hago por internet, gracias a un muy versátil sistema que puso la universidad a nuestra disposición. Me encantó el sistema, tanto que terminé mis dos sesiones y le escribí al señor rector diciéndole que puede vender los inmuebles que ocupa hoy el alma máter porque, además del ahorro en tiempos de desplazamiento, mejoró mucho la asistencia.

Creo que el mundo académico, que había evolucionado mucho en años recientes, ahora sufrirá un enorme revuelco, pues los colegios y universidades habrán experimentado en estos días que la educación a distancia es, gracias a la red, equivalente a la presencial, pues las corrientes de audio y video compensan la necesidad de que todos estén reunidos para llenar un tonto requisito de asistencia.

Y este sistema de educación puede permitir que cientos de miles de niños y jóvenes de las ciudades más grandes tengan una mejor vida que ser recogidos por un bus antes de que aclare el día, y estar condenados a varias horas de tráfico y de pestilente y mortal diésel dentro de un vetusto bus. Es que si por lo menos el gobierno obligara a que estos fueran eléctricos.

Mientras la gran mayoría está encerrada, está ocurriendo otra transformación que debería servir para que entendamos que no solo estamos muriendo nosotros, sino que nuestro encierro sirve para que la naturaleza se regenere, el aire se limpie y los animales, amenazados por el ‘humanovirus’, tengan una tregua en su camino a una nueva extinción.

Es claro que la medida de confinamiento incluyó a los raponeros, fleteros, sicarios, sayayines y cuanta lacra circula en un día normal. No tendrá excusa ahora el director de la policía para no mostrar los resultados que hasta ahora no ha tenido en la lucha contra la criminalidad.

Así como se ve la efectividad de las medidas de toque de queda, deberían los gobernantes imponer el aislamiento permanente a cultivadores de coca, mineros ilegales, usurpadores de tierras, cazadores furtivos, traficantes de fauna, alcaldes mentirosos, senadores cuentabilletes y conductores de vehículos diésel, para que el mundo mejore y retome la senda que la humanidad perdió hace años.

Pero la mayor lección de este proceso es que el mundo fue cogido sin preparación para lo que era obvio y pronosticado por los analistas: todos los problemas del mundo son ocasionados por los humanos (nunca la culpa es de las vacas), y mientras más gente haya, más problemas habrá. Es hora de que los dueños del poder reconozcan que esta no es la última crisis y que deben prepararse para la próxima.

Sergio Calderón A.
Economista 
sercalder@gmail.com

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