Bolsonaro prioriza su guerra cultural sobre las reformas económicas

Ocho meses después de asumir el cargo, el Presidente está enfocado en sus políticas sobre las armas, la fe y la Amazonia. 

Jair Bolsonaro

Pese a que en los primeros meses de presidencia, Jair Bolsonaro trató de contener sus comentarios, en las últimas semanas ha vuelto a ser más conflictivo.

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agosto 30 de 2019 - 08:21 p.m.
2019-08-30

Elton do Nascimento rastrilla su pistola .380 de fabricación brasileña y sonríe. “Finalmente tenemos un presidente que entiende lo que queremos”, indica, luciendo una camiseta con el mapa de Brasil y la cara del líder del país, Jair Bolsonaro. “Yo sí creo”, dice la inscripción, y él no es el único.

Do Nascimento es gerente de un supermercado en la ciudad de Treze de Maio, en el estado sureño de Santa Catarina, donde más del 89% votó por Bolsonaro. Eso lo convirtió en el municipio donde el Presidente aseguró la mayor proporción de votantes.

Do Nascimento le atribuye el apoyo de la ciudad al ex capitán a las promesas conservadoras. “Religión, familia, mano dura” lo impulsaron a dirigir la campaña electoral de Bolsonaro en Treze de Maio. “El tema de las armas” también fue crucial, apunta el hombre de 28 años quien posee tres, se capacita para convertirse en oficial de policía y cuyo hermano estudia para ser pastor evangélico.

(Bolsonaro asegura que la Amazonía es brasileña, y no europea). 


Los partidarios ponen de manifiesto la división en el núcleo del Gobierno. Ya que la economía aún no ha salido de un prolongado desplome, Bolsonaro se encuentra bajo presión para impulsar nuevas reformas además de la prevista aprobación de una reestructuración del costoso sistema de pensiones de Brasil. Algunos economistas temen que sin una agenda política sólida el país puede volver a caer en una recesión.

Sin embargo, Bolsonaro prefiere dedicarse a la política de identidad. El Presidente, sus hijos y varios de sus asesores clave quieren que Brasil sea un participante central en lo que consideran una guerra cultural global, inspirándose en Donald Trump, Viktor Orban y Benjamin Netanyahu.

Después de intentar adoptar un tono pragmático ocasional en los primeros meses, en las últimas semanas Bolsonaro ha intensificado su campaña en torno a los temas de las armas y el cristianismo. En repetidas ocasiones ha criticado el “marxismo cultural”, la “ideología de género” y las “psicosis ambientales” ante la creciente deforestación. “Vamos a deshacernos de toda esta basura en Brasil, basura que es corrupta y comunista”, dijo la semana pasada.

Treze de Maio, o 13 de mayo, recibe su nombre de la fecha en 1888 en que se abolió la esclavitud en Brasil. Pero la ciudad mayoritariamente blanca es el tipo de lugar donde se hacen eco estas batallas culturales. Una mujer que va por el camino lleva una camiseta que dice “la mujer sabia estudia la Biblia”. Los coches tienen calcomanías descoloridas en los parabrisas en apoyo a Bolsonaro.

El dueño de un café imita aullidos de monos cuando tres inmigrantes ghaneses pasan por su tienda. Y luego está el tema de las armas.

Al igual que muchos de sus vecinos, Do Nascimento afirma que es “un apasionado de las armas”.

(Guerreros de la selva enfrentan a Bolsonaro). 


Aunque el Presidente respalda a su equipo económico, no le interesan mucho las reformas que han estado preparando, según personas de dentro. Algunos temen que él, con la mira puesta en la reelección, utilice su capital político en su agenda social para estimular a sus partidarios.

“Una vez que se implementen las grandes reformas económicas, vamos a ver cosas potencialmente escalofriantes”, dice un diplomático en Brasilia.

Bolsonaro, quien fue un marginado en la política por sus comentarios hostiles sobre los negros, las mujeres y los homosexuales, así como su admiración por los torturadores de la dictadura militar de Brasil de 1964 a 1985, llegó el año pasado a la presidencia con el apoyo de más de 57 millones de votantes.

Frecuentemente se le describe como un ‘Trump Tropical’ por sus vulgares opiniones derechistas y su uso mordaz de las redes, pero su ascenso se hace eco de una reacción más amplia en otros países ante el liberalismo cultural.

Para los brasileños atemorizados por la violencia, decepcionados por la disminución de los niveles de vida e indignados por la corrupción, él ofrecía soluciones simples: una postura dura contra los delincuentes, más medidas contra la corrupción y un regreso a los “valores” conservadores. Las crecientes filas de fieles evangélicos, las asediadas fuerzas de seguridad y el grupo de presión de la agroindustria le brindaron un entusiasta respaldo.

Oponiéndose a los partidos centristas e izquierdistas, Bolsonaro advierte constantemente sobre una amenaza roja en el país y el riesgo de seguir el camino de Venezuela.

Eduardo Wolf, profesor de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, dice que el Presidente cree que “encarna los valores de la nación, la familia, la religión, la seguridad”.

“Creo que no sólo no tiene capacidad para gobernar, sino que tampoco le interesan los problemas que típicamente caracterizan al gobierno. Lo que le interesa es la guerra cultural”. Y añade: “Puede consumir al Gobierno con sus locuras, pero no es un acto de gobierno. No se gobierna librando una guerra cultural”.

(Las promesas cumplidas e incumplidas de los 100 de Bolsonaro). 


Durante los primeros meses de presidencia, Bolsonaro hizo un esfuerzo por moderar su tono. Pero en las últimas semanas, el presidente ha intensificado su retórica de guerra cultural, incluso en momentos en que la agenda económica está llegando a una fase crítica en el Congreso.

Para deleite de sus admiradores, ha discutido encarcelar a un periodista crítico; se ha burlado de las víctimas de la dictadura militar; se ha burlado de Emmanuel Macron y de Angela Merkel por desafiarlo a causa del aumento de la deforestación en la Amazonia; ha criticado a los líderes de izquierda en Argentina; ha amenazado con censurar la agencia estatal de cine y ha usado insultos para referirse al noreste de Brasil, una zona pobre que ha relacionado con los excrementos.

Bolsonaro, quien fue criado como católico y rebautizado pentecostal en el río Jordán, rebatió la separación de la Iglesia y el Estado y quiere tener un juez de la Corte Suprema que sea “terriblemente evangélico”.

Esto ha dejado atónitos incluso a miembros de su propio partido. “Sólo tuvimos paz dos veces este semestre: cuando Twitter tuvo una falla y cuando le sacaron un diente”, apuntó Alexandre Frota, un actor de cine para adultos convertido en congresista, quien fue expulsado del partido.

“Lo que estamos presenciando es un Bolsonaro cada vez más presuntuoso, inflado y atrevido”, agrega Daniel Lansberg-Rodríguez, experto en América Latina de la Universidad Northwestern.

A pesar de su cómoda victoria en las elecciones, Bolsonaro no ha podido salirse con la suya; enfrentó rechazo en el Congreso y la corte suprema a algunas de sus propuestas más polémicas. “Por ahora, el juego político parece haber demostrado que nuestros filtros institucionales han funcionado”, señala Wolf.

Uno de los enfrentamientos se relacionaba con el uso de decretos presidenciales para relajar los controles de armas. El Presidente cree que esto ayudará a combatir la delincuencia. Sin embargo, el Congreso rechazó las directivas por ser inconstitucionales y Bolsonaro decidió retirarlas. Mientras tanto, la corte votó a favor de criminalizar la homofobia, una decisión que fue denunciada por él.

Algunas de las cuestiones que persigue no gozan de apoyo universal. Una encuesta publicada el viernes pasado mostró que más del 65% de los encuestados dijo que la retórica del Bolsonaro es un impedimento para el país y su gobierno.

Sin embargo, los partidarios de Bolsonaro no se han rendido. “Los ciudadanos brasileños siempre tuvieron la aspiración de tener una cultura de armas, pero nunca tuvieron la oportunidad. Es sólo ahora, con un gobierno de derecha, que podríamos tenerla”, dice Waldir Soares de Oliveira, un congresista del PSL, y añadió que el proyecto de ley “seguramente” se aprobará este año.

Los hijos del Presidente, quienes desempeñan un papel central en su administración, creen que el Gobierno necesita impulsar este tipo de cuestiones para mantener el apoyo.

Carlos, su segundo hijo, es consejero municipal de Río de Janeiro y ha sido implacable en la persecución a los rivales políticos de su padre en las redes sociales. “La guerra cultural es el medio principal para sacar a Brasil de la situación que nos dejaron los gobiernos anteriores”, publicó recientemente.

Eduardo, su tercer hijo, es un poderoso legislador, a quien su padre nominó como embajador brasileño en Washington, en cierta medida para intentar consolidar los lazos de la familia Bolsonaro con los Trump.

Ernesto Araújo, ministro de relaciones exteriores de Brasil, dice que el Presidente “tiene un compromiso muy fuerte con esta democracia auténtica y real, un compromiso de conexión con el pueblo”. Para él, Brasil es parte de una oleada mundial de populistas. Pero dijo: “El término populismo se convirtió en algo negativo, pero básicamente significa que las personas tratan de ser parte de su propio destino”.

Sin embargo, los opositores temen que aún pueda amenazar a las instituciones de la democracia brasileña. “El gobierno de Bolsonaro está librando una guerra ideológica infundada que nos conducirá a retrocesos históricos y culturales”, resalta Tabata Amaral, una legisladora centrista graduada de Harvard quien creció en un barrio pobre de São Paulo y se encuentra en su primer mandato en el congreso.

Algunas organizaciones no gubernamentales que han criticado al Gobierno están preocupadas por la forma en la que han sido tratadas. “Va a empeorar mucho”, dice el director de una estas organizaciones quien ha decidido abandonar el país.

Ricardo Galvão, el físico que fue despedido recientemente como jefe de la agencia espacial brasileña después de que el presidente cuestionó los datos de la agencia sobre la deforestación, dice que algunos en el círculo íntimo de Bolsonaro son “oscurantistas”.

Guilherme Casarões, de la Fundación Getulio Vargas, bromea diciendo que Bolsonaro “es verdaderamente global, pues ha convertido a Brasil en una mezcla de Hungría y Filipinas; ha asegurado que es el mejor amigo de EE. UU.; nos ha salvado de convertirnos en una Venezuela socialista; y ha tratado a sus hijos como si esto fuera Arabia Saudita”.

Mucho depende del desempeño de la economía. Brasil corre el riesgo de caer en una recesión en el segundo trimestre. El ministro de finanzas, Paulo Guedes, está buscando una serie de reformas económicas, incluyendo una campaña de privatización, una reforma del sistema tributario bizantino de Brasil y el proyecto de ley de pensiones, que se considera clave para fortalecer las finanzas públicas.

La capacidad de Bolsonaro para impulsar sus objetivos políticos depende en gran medida de si la economía de Brasil se acelera y disminuyen las altas tasas de desempleo, dice Julian Borba, politólogo de la Universidad Federal de Santa Catarina en Florianópolis.

“El éxito económico ayudaría a poner en práctica su agenda de valores con legitimidad, lo cual movilizaría aún más a sus partidarios”, asegura Borba. “El mayor riesgo para el ‘bolsonarismo’ como proyecto nacional es una economía en crisis”.

Elisabete Porto, cuya panadería en Treze de Maio podría cerrar pronto debido a las bajas ventas, los altos impuestos y el alto costo de los alquileres, coincide con esto. “Voté por Bolsonaro. A todos aquí nos gusta mucho. Pero necesita hacer algo para arreglar la economía, y pronto”, dice ella refunfuñando.

Pero Do Nascimento cree que las ideas sociales del presidente están en el camino correcto. “Es bueno enfocarse en las buenas costumbres y la moralidad, porque eso conduce a una nación fuerte”, dice.

Andres Schipani

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