Jens Weidmann crea un clima sombrío en el BCE

Si solo valida su opinión ortodoxa como presidente, sería un desastre.

presidente del Banco Central Europeo, Ario Draghi,

El presidente del Banco Central Europeo, Ario Draghi, enfrentó las turbulencias financieras que presentó la UE tras la crisis del 2008, dirigiendo la política monetaria.

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junio 14 de 2019 - 08:40 p.m.
2019-06-14

¿Quién debiera suceder a Mario Draghi como presidente del Banco Central Europeo (BCE)? Ésa es realmente la decisión más importante que los gobiernos europeos tomarán este año. Es más importante incluso que cómo lidiar con un Reino Unido idiota. o mucho más relevante que la mejor forma de tratar con Donald Trump. Es más importante que quiénes serán los presidentes de la comisión o del consejo.

El próximo presidente del BCE pudiera determinar si hay una eurozona, y quizás también una Unión Europea (UE), al final del período en 2027. El período de Draghi ha sido así de importante. El de su sucesor podría igualmente serlo.

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En octubre de 2011, yo le escribí una carta abierta a Draghi. En ella argumenté que el BCE debería ser un prestamista de última instancia en los mercados de deuda pública, estabilizando así a los bancos. Yo llegué a la conclusión de que “la eurozona corre el riesgo de experimentar una ola de crisis fiscales y bancarias. El Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) no puede detener esto. Sólo el BCE puede hacerlo. Como única institución que cubre toda la eurozona, tiene esa responsabilidad. También tiene el poder. Lo siento Mario, pero tienes que elegir entre complacer a los halcones monetarios y salvar a la eurozona. Elige la segunda opción. Explica por qué estás haciendo esa elección. Y recuerda: la fortuna favorece a los audaces”.

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Draghi hizo lo correcto, sobre todo con su célebre comentario en julio de 2012 de que “dentro de nuestro mandato, el BCE está listo para hacer lo que sea necesario para preservar el euro”.

En agosto de 2012, el BCE anunció su programa de Transacciones Monetarias Directas (OMT, por sus siglas en inglés) para comprar los bonos de los gobiernos en dificultades que acordaron los programas adecuados. Luego, en enero de 2015, el BCE siguió a otros bancos centrales iniciando la flexibilización cuantitativa.

Según estándares razonables, la inflación no ha alcanzado el objetivo del BCE de “por debajo, pero cerca, del 2%”. Pero, en otros aspectos, las acciones del BCE fueron un éxito. El vertiginoso espiral de crecientes rendimientos de bonos y de bancos debilitados se detuvo. La economía de la eurozona se redujo en 2013 y posteriormente le siguió, en gran medida, a la de Estados Unidos, conforme los rendimientos se normalizaron y la confianza lentamente retornó.

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La recuperación de la crisis por parte de la eurozona, y quizás incluso su supervivencia, se debe más al BCE que a cualquier otra institución.
No se trata de negar el papel de los gobiernos en la creación de nuevas instituciones y, cuando llegó el momento, el apoyo brindado al BCE. Pero ésta fue la única institución que cubría toda la eurozona y que contaba con el poder necesario.

Esto seguirá siendo verdad en el futuro, dada la perdurable fragilidad de una eurozona caracterizada por políticas nacionales (en lugar de políticas del área), por débiles bancos, por inadecuados respaldos fiscales y por economías persistentemente divergentes.

Draghi ha transformado al BCE de un descendiente del antiguo Bundesbank en un moderno banco central, y de un banco central sirviendo a una pequeña economía abierta en uno apropiado para servir a una economía diversa y de escala continental. La pregunta crucial entonces es si su sucesor tendrá el intelecto, la flexibilidad y el valor necesarios para responder a cualquier situación que se presente.

Parte de lo que pudiera suceder podría ser peligroso: el mundo es increíblemente inestable; la inflación en la eurozona es muy baja; y la política monetaria está cerca de sus límites normales. Incluso la desaceleración actual exige acción. Es posible que una desaceleración peor requiriera una acción heroica. El próximo presidente probablemente tendrá que inventar nuevas estrategias.

Es dudoso que alguno de los candidatos cumpla con estos altos estándares. El más riesgoso, por mucho, sería Jens Weidmann, el presidente del Bundesbank. Weidmann se ha opuesto a muchas de las innovaciones de Draghi, incluyendo la utilización de la flexibilización cuantitativa.

Él incluso testificó contra las OMT ante el tribunal constitucional alemán. Es probable que el consejo del BCE pudiera obligarlo a hacer lo correcto, durante una crisis. Pero sería una manera absurda de dirigir el banco central.

Existe, sin embargo, una posibilidad alternativa. Lo único que podría reconciliar a los alemanes con el comportamiento que debe tener el BCE es el reconocimiento de esa realidad por parte de un presidente alemán. Él tendría que decirles a sus compatriotas algunas verdades desagradables. La más obvia es que la inflación ha sido menor bajo el BCE que bajo el Bundesbank. Luego él tendría que señalar que un mundo de baja inflación y, en general, de tasas de interés muy bajas no es uno en el que sus ahorros tengan mucho valor económico.

Por último, un presidente alemán como este debiera agregar que el sector privado alemán tiene un excedente de ahorros sobre la inversión comparable en escala al de Japón. Para Alemania es posible contar con un pleno empleo y un superávit presupuestario porque el país ha estado teniendo un enorme superávit en la cuenta corriente. Eso hubiera sido mucho más difícil si Alemania no hubiera estado dentro de la eurozona: un marco alemán flotante seguramente se habría apreciado enormemente; Alemania actualmente estaría experimentando deflación; una proporción mucho mayor de su producción orientada a la exportación habría dejado el país; y su política monetaria pudiera ser como la de Japón.

En resumen, Alemania ha sido un gran beneficiario económico del euro. Un Weidmann que hubiera indicado eso, una y otra vez, y que también hubiera firmemente apoyado las acciones tomadas por el BCE, pudiera haber representado una significativa diferencia en la política de la eurozona. Desafortunadamente, no existe evidencia alguna de un Weidmann como ése.

Él, en cambio, ha representado, y así validado, la escéptica visión alemana. Si es eso lo que él haría como presidente, sería un desastre. Si él pudiera adoptar la perspectiva más amplia, sería una bendición. Este punto, y no su nacionalidad, es el problema.

No puede haber ninguna objeción a un presidente alemán al frente del emisor comunitario. Por el contrario, un presidente alemán realista y razonable sería de gran ayuda.

Entonces, ¿cuál de ellos sería Weidmann? Solo él lo sabe. Pero, sobre todo, esta decisión no debe ser producto del ‘regateo’ entre los gobiernos. La pregunta es si el próximo presidente puede hacer y, de hecho, hará el trabajo como lo ha definido Draghi. Todo lo demás importa poco.

Martin Wolf

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