Stephen Schwarzman: ‘EE. UU. está más politizado que nunca’

El CEO y cofundador del fondo de inversión Blackstone habla sobre su relación con Donald Trump, y por qué los ricos no deberían pagar más impuestos.

Stephen Schwarzman

Stephen Schwarzman, de 72 años, cofundó la institución de inversión Blackstone en 1985 con Pete Peterson, firma de la que actualmente es el presidente y director ejecutivo.

Bloomberg

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Portafolio
septiembre 27 de 2019 - 07:33 p.m.
2019-09-27

Cuando Stephen Schwarzman propuso el almuerzo, sugirió dos lugares: el Claridge’s en Londres o Saint-Tropez. Asumí que yo podía escoger. Una cita en la Costa Azul, donde Schwarzman tiene una de sus muchas residencias palaciegas, me pareció un poco arriesgado para un hombre a quien le encanta controlar la situación.

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Tras recibir la invitación, veo a Schwarzman en el centro del The Foyer & Reading Room de Claridge’s. De baja estatura y bronceado, lleva un traje oscuro con tenues rayas con su combinación favorita: camisa a rayas azules con cuello blanco y corbata púrpura. Ha aumentado algunas libras desde que era uno de los mejores corredores en la secundaria y en la universidad, pero a los 72 años aún está en forma.

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Los encuentros con Schwarzman rara vez son aburridos. Es un personaje combativo a quien, aunque se muestra encantador, no le gustan las críticas. Hemos intercambiado improperios en Davos y en su oficina asignada en Blackstone, la firma de gestión de activos y capital privado de Wall Street que cofundó hace 34 años. Pero sin resentimientos.

La fortuna de Schwarzman (de unos US$18.000 millones) le ha otorgado poder e influencia. Pasó de ser un gran negociador comercial a ser un filántropo, un canal extraoficial en las relaciones entre EE. UU. y China y un “susurrador de Trump”. Quiero explorar estas diversas funciones, pero también definir por qué el hombre que ha construido uno de los negocios financieros más exitosos no ha recibido el crédito que cree que merece.

Un rival de Wall Street da una pista: “Steve es una de las personas más honestas que conozco. La mayoría te dicen mentiras en la cara. Él siempre te dice directamente que te va a joder”.

Mientras leemos nuestros menús, Schwarzman dice, medio en broma, que, a diferencia de sus hermanos gemelos más jóvenes, él heredó “la combinación genética correcta” de su madre, quien era “una sobreviviente muy formidable y fuerte”. Por el contrario, su padre era “una persona encantadora, súper inteligente, pero nada ambicioso” que dirigía una tienda de ropa. “Podríamos haber sido como Bed Bath & Beyond. Pero no le interesaba. Fascinante”.

Mi invitado no es dado a las dudas. Después de que lo aceptaron en Yale, llamó al decano de Harvard para convencerlo de que lo admitieran. (Fue rechazado). Después de graduarse de Yale, y después de Harvard, se unió a Lehman Brothers. Siempre codició el cargo más alto, pero las luchas internas eran feroces y terminó vendiendo el banco en quiebra a American Express.

Se fue por su cuenta, y cofundó Blackstone en 1985 con Pete Peterson, el expresidente de Lehman y secretario de comercio de Nixon.

Blackstone comenzó como una firma de consultoría, con el objetivo de ganar dinero suficiente para comenzar su propio fondo. El capital privado ha generado polémica debido al vaciamiento de activos: comprar compañías, llenarlas de deudas (‘apalancamiento’) y liquidarlas con una buena ganancia, con un tratamiento fiscal favorable.

Schwarzman se muestra como un inversionista a largo plazo, no como un carroñero. Relata con entusiasmo los mega acuerdos y la toma de riesgos relacionada con la elección del momento adecuado para comprar y vender activos, que van desde la red ferroviaria de US Steel hasta el hotel Waldorf.

Su habilidad es saber cuál es el momento oportuno. Blackstone se ha expandido a los bienes raíces y fondos de cobertura y ‘activos alternativos’, con US$545.000 millones bajo gestión. Sus fondos también representan en conjunto el mayor propietario de bienes raíces del mundo.

Esto personifica la revolución ‘comprar-lado’ que favorece a los gestores a expensas de los bancos tradicionales que comercian con valores líquidos.
Schwarzman ha escrito un libro, que es tanto memoria como manual de gestión llamado ‘What It Takes’ (Lo que se necesita).

Le sugiero que un título más apropiado sería ‘Lo que sea necesario’. Hay muchas ideas valiosas; quizás la mayor es la lista de respaldos con figuras como Henry Kissinger, Eric Schmidt, el expresidente de Google, Janet Yellen, la expresidenta de la Reserva Federal, y Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra.

Peterson y Schwarzman trabajaron juntos durante 33 años pero, al final, esta relación padre-hijo se deshizo. Peterson sintió que le habían quitado su parte justa de un negocio en expansión. Schwarzman alegó que él era quien generaba los negocios, la empresa estaba contratando más personal y alguien tenía que ceder. “Había llegado a una etapa diferente en su carrera y se ofreció para reducir su interés en la empresa y así lo hizo”.
Este es el lado poco sentimental de Schwarzman. A él parece no importarle.

Se enorgullece de su intuición (Blackstone comenzó a cotizar en bolsa antes de la crisis de 2008 y se posicionó perfectamente para el repunte). También destaca su capacidad para reclutar y retener ejecutivos de gran calidad como Tony James, su número dos desde hace mucho tiempo, y Jon Gray, el gurú de los bienes raíces.

Blackstone es una meritocracia, dice, donde se aplican dos reglas inquebrantables: no se tolera la política interna y no se puede perder dinero. “Partí de la premisa de que cualquier persona talentosa no necesariamente quiere ser un soldado en un ejército. Lo menos que quiere es ser teniente coronel y, de preferencia, todos quisieran ser generales”.

No hay duda de quién es el generalísimo en Blackstone. Schwarzman aún firma todos los cheques con valor superior a los US$250.000 y retiene un veto en las grandes decisiones. “Creo que nunca me retiraré. Mi abuelo nunca se retiró”.

Entonces, ¿cómo evalúa Schwarzman el estado del capitalismo moderno? “Bueno, respondería eso con otra pregunta: ¿cuál es el estado de la política moderna?”

La ‘reorganización’ de los gobiernos occidentales, alega, es un legado de la crisis financiera, la globalización y una transferencia masiva de empleos y riqueza a mercados emergentes. Y eso es antes del impacto de la tecnología. Estas tendencias han exprimido a la clase media y a los grupos de bajos ingresos.

Sus remedios comienzan con un aumento en el salario mínimo a unos US$15, en comparación con las cifras de un sólo dígito. Eso destruirá empleos, pero beneficiará directamente del 15 a 20% de la población, con un efecto en cadena sobre la compensación por otro 20%.

Schwarzman quiere mejorar drásticamente los niveles de educación en EE. UU. Incluiría a los maestros en un régimen de exención de impuestos para aumentar los salarios y crear “una nueva clase privilegiada”. Dos tercios de la fuerza laboral sólo tienen educación secundaria o menos, “esa no es la fuerza laboral del futuro”.

Finalmente, alentaría a los miembros de la generación de la posguerra, que se están jubilando, a ocupar puestos de mentores y maestros asistentes.

¿Qué tal si los mega ricos pagaran más impuestos? Schwarzman luce incrédulo. “¿Impuestos a los ricos? El sistema tributario estadounidense es extremadamente progresista. Es una pirámide inversa. El 10% superior de la población paga el 70% de la recaudación. El 1% superior paga del 38 al 40%”.

Schwarzman puede ser insensible. Una vez comparó una propuesta para gravar a los ejecutivos que venden sus acciones cotizadas como ingresos ordinarios con la invasión de Hitler a Polonia. Dice que fue una conversación privada, pero no niega sus críticas contra la administración “semi-socialista” de Obama. Hoy, el socialismo ya no es una mala palabra en el partido demócrata. ¿Le preocupan las elecciones presidenciales de 2020?

“La política de la ira y las cosas gratis es un poderoso factor cuando se trata de elecciones”, y agrega que EE. UU. está más polarizado que nunca en su vida. “Durante la guerra de Vietnam, este era el único problema. Ahora esto es mucho más intenso, mucho más amplio”.

Schwarzman no hablará sobre Donald Trump, una respuesta muy familiar de los multimillonarios. Sin embargo, como presidente y CEO de Blackstone, dirige la empresa y también asesora a Trump. El dice que los posibles conflictos de intereses son manejables, pero ha habido momentos incómodos, especialmente después de que tuvo que disolver el panel de directores ejecutivos que asesoraba a Trump a raíz de la violencia en Charlottesville en 2017.

¿Trump se equivocó sobre la extrema derecha? “La mayoría de nosotros no tenía idea de que había nazis en EE. UU. Quizás eso quiere decir que somos ingenuos, pero tampoco sabíamos que había antifascistas que también usaron la violencia. Todo fue caótico”.

Trump, concluye, no se expresó bien la primera vez. La segunda, “pareció bien”. La tercera, “EE. UU. había experimentado una galvanización de la sociedad”.

Schwarzman ha sido acusado de asumir demasiadas funciones. En China, donde Blackstone tiene grandes negocios, ha intentado crear vínculos; pero admite que las relaciones con Pekín están en un punto bajo.

“China ha disfrutado de la transformación más sorprendente que haya experimentado cualquier país, probablemente en la historia. Lo hizo mediante varios mecanismos que no cumplen con las reglas y regulaciones del mundo desarrollado”.

Ahora, en efecto, EE. UU. le está pidiendo a Pekín que adopte prácticas occidentales. Esto, según admite, es muy difícil. Pero, sugiere que a los líderes chinos se les ha dicho que por muy difícil que les parezca Trump, los demócratas podrían ser mucho peores en términos de proteccionismo comercial.

Pasamos a la generosa filantropía de Schwarzman. En los últimos años, ha donado US$100 millones a la Biblioteca Pública de Nueva York, US$150 millones a Yale, £150 millones a la Universidad de Oxford y US$350 millones al MIT. Y creó el Schwarzman Scholars, un programa de maestría en asuntos internacionales para que los mejores estudiantes vayan a la Universidad Tsinghua en Pekín.

Schwarzman dice que sólo quiere donar a causas que “cambien paradigmas”, como el laboratorio de inteligencia artificial del MIT. Pero es un negociador duro cuando se trata de desembolsar dinero y derechos de denominación.

La Biblioteca Pública de Nueva York se sintió tan frustrada que propusieron poner su nombre en el techo (así su nombre lo vería cada avión que volara sobre Manhattan). Finalmente, los fondos llegaron. (Su nombre está en cada entrada de su edificio principal).

Su ego se ha manifestado en muchos otros sitios prestigiosos. Se informó que debido a la fiesta por su 60º cumpleaños en 2007, con Rod Stewart en la Armería de Park Avenue en Manhattan, se cerró Park Avenue. Su 70º cumpleaños fue igualmente extravagante, y se celebró en un hotel de cinco estrellas cerca de la propiedad Mar-a-Lago de Trump.

¿Por qué son tan esenciales la espectacularidad y la ostentación? “Esa es una buena pregunta”, dice, atribuyéndole su gusto estético en parte a su segunda esposa, Christine. “En general, me gusta hacer cosas que nadie ha hecho, que sean cosas hermosas”.

Schwarzman reflexiona con respecto a lo afortunado que ha sido, un inusual momento de relajación. Noto que nos estamos reuniendo en el centenario de la muerte de Andrew Carnegie, el magnate del acero nacido en Escocia, uno de los grandes filántropos del mundo que regaló toda su fortuna (alrededor de US$300.000 millones a los precios actuales).

“¿Estás de acuerdo con Carnegie cuando dijo: el que muere rico, muere desgraciado?” Schwarzman responde con un comentario vago sobre la “infraestructura fiscal” de EE. UU. Entonces, ¿seguirá el llamado de Warren Buffett a los ricos para que donen más del 50% de sus fortunas a la beneficencia? (El propio Buffett ha ido más allá, al 99%). “Quizás lo haga, quizás no, pero para mí eso no es relevante. Obviamente lo he pensado y una gran cantidad se destinará a la beneficencia”.

Han pasado dos horas y media. Apago la grabadora. Schwarzman parece aliviado. Justo cuando me preparo para pagar la cuenta, el negociante de Wall Street saca una copia del Financial Times y señala un anuncio que destaca la lista de nominados al premio Libro de Negocios del Año.

“‘What It Takes’ (Lo que se necesita) no aparece en la lista. ¿Es realmente demasiado tarde?”, pregunta.
Lo que sea necesario.

Lionel Barber

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