Trump acaba de descubrir el Medio Oriente 

El presidente de EE. UU. está aprendiendo que es más fácil iniciar una crisis que controlarla.

Irán

La reacción de Irán ha sido obtener la mayor influencia posible, demostrar que no puede ser intimidado.

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septiembre 20 de 2019 - 07:30 p.m.
2019-09-20

Si nos lastimas, lastimaremos a tus amigos. Esa ha sido la aparente estrategia iraní desde que EE. UU. entró en modo de máxima presión, destrozando el acuerdo nuclear de Irán de 2015 y paralizando la economía de dicha nación con sanciones debilitantes.

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Ya que Irán es incapaz de tomar represalias en contra de Estados Unidos - o probablemente está atemorizado de las consecuencias de hacerlo - ha castigado a los aliados de la nación norteamericana en el Golfo, y Arabia Saudita ha sido su blanco principal.

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El objetivo ha sido demostrar que el dolor de las sanciones estadounidenses se extenderá por todas partes. Si Irán no puede vender petróleo, otros productores y el mercado también sufrirán.

Esa estrategia pareció funcionar por un tiempo: los petroleros en el Golfo fueron atacados, los oleoductos sauditas fueron saboteados y las estaciones de bombeo dañadas, todo a través de ataques cuidadosamente calibrados por representantes iraníes y a bajo costo para Teherán.

En junio, Donald Trump, un presidente estadounidense más interesado en poner fin a las guerras que en comenzar otras nuevas, canceló un ataque militar planeado por parte de EE. UU.

El sábado, sin embargo, Irán decidió ignorar su propia estrategia. En un ataque descarado, un grupo respaldado por ellos atacó la joya de la corona saudita, el centro de procesamiento de Abqaiq que opera la mitad de la producción de crudo saudita, así como un campo petrolero.

El impacto fue devastador, eliminó 5 por ciento de los suministros mundiales de petróleo y aumentó los precios del hidrocarburo en un 10 por ciento. Algunos lo compararon con la conmoción de la invasión de Kuwait por Saddam Hussein en 1990.

Aún no se ha determinado si los presuntos ataques con aviones no tripulados fueron lanzados desde Yemen, como han afirmado los rebeldes hutíes respaldados por Irán, o desde Irak por milicias aliadas iraníes, como afirman algunos en EE. UU., o incluso desde un territorio iraní.

Es posible que nunca se sepa si el ataque fue más devastador de lo previsto o si fue deliberado y orquestado por Teherán para producir un máximo efecto. Pero cualquiera que sea la respuesta, la responsabilidad recaerá en Irán.

Esta provocación ha ido demasiado lejos. Sin embargo, la crisis debería haber sido previsible, si tan sólo Donald Trump no estuviera aprendiendo sobre el Medio Oriente conforme realiza sus labores presidenciales.

Su retirada del acuerdo nuclear, el único logro diplomático de la región en décadas, fue motivado por una convicción errónea de que el convenio alcanzado por su predecesor, Barack Obama, era profundamente defectuoso y que solo él, el principal negociador, podía producir un mejor resultado.

Al realizar esta movida ignoró la capacidad del régimen iraní para absorber la presión. Tampoco comprendió que Irán se pone a la ofensiva cuando siente la necesidad de defenderse. Su apetito por el riesgo es mayor que el de sus vecinos. Y los representantes que puede usar, desde Yemen hasta Irak, Siria y Líbano, brindan un apalancamiento que los estados del Golfo no pueden igualar.

De hecho, el ataque a las instalaciones petroleras sauditas no sólo ha expuesto la vulnerabilidad de la infraestructura de esa industria. Ha destacado el desastroso fracaso de la campaña militar de cuatro años de Riad en Yemen, que tenía el objetivo de aplastar a los rebeldes hutíes que podrían estar detrás del último ataque.

Algunos en la administración estadounidense, incluyendo a John Bolton, el asesor de seguridad nacional recientemente despedido, podrían haber tenido en mente una meta final: la presión podría haber destruido al régimen iraní desde adentro o conducir a una campaña militar que hubiera tenido el mismo resultado. Ese nunca habría sido un resultado realista.

Además, Donald Trump no estaba de acuerdo con el plan, prefirió amenazar la guerra pero no iniciarla. Su suposición ha sido que Irán se retirará y aceptará las negociaciones bajo los propios términos de la administración del estadounidense Trump.

La reacción de Irán ha sido obtener la mayor influencia posible, demostrar que no puede ser intimidado y asegurarse de que si vuelve a la mesa de negociaciones no será bajo los términos de Trump.

Dicha perspectiva parecía más probable en las últimas semanas, cuando Francia estaba liderando los esfuerzos para que las partes volvieran a la mesa.

Ya sea por diseño o por accidente, Irán ahora se ha excedido. El ataque ha sido tan grave que Estados Unidos y Arabia Saudita no se han apresurado a responder. Una represalia militar podría venir en cualquier momento, pero también expondría al mayor productor de petróleo en el mundo a más ataques.

Un conflicto incontrolable del Medio Oriente es lo último que está buscando Donald Trump conforme se acerca su campaña de reelección.

El mandatario estadounidense no es un estudiante de historia o un hombre de detalles, y por eso está descubriendo por las malas que es más fácil iniciar una crisis en el Medio Oriente que controlarla, y mucho menos ponerle fin.

Roula Khalaf

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