Experto en sueño explica el secreto de una buena noche de descanso

El neurocientífico británico Matthew Walker habla sobre cómo se puede combatir el insomnio y enfrentar a las grandes farmacéuticas.

Sueño

"Así que, si te tomas un café al mediodía, a la medianoche, una cuarta parte de esa cafeína aún está en tu cerebro”, manifestó Matthew Walker

iStock

POR:
Portafolio
enero 18 de 2019 - 08:30 p.m.
2019-01-18

Matthew Walker aún tiene cierto acento del noroeste de Inglaterra. Pero todo lo demás es puramente de California. El cabello rubio hacia un lado lo hace parecer un surfista retirado o un estilista de un salón de belleza caro. Su verdadero trabajo, profesor de neurociencia y psicología en la Universidad de California en Berkeley, podría asemejarse al cliché de un empleo californiano, desde el punto de vista de los que viven en el oeste medio de EE. UU. También tiene el aire de un exiliado voluntario de algún otro lugar.

“Pensé que haría un postdoctorado de dos años en EE. UU. y resolvería la pregunta de por qué dormimos”, dice, sobre su salida de Gran Bretaña. “Eso fue hace 18 años”.
Estamos sentados en ambos lados de una mesa en un rincón de Saul's en Berkeley, el tipo de modesta charcutería abarrotada que podría ser el escenario de una serie cómica de la década de 1990.

Los camareros vestidos de negro atienden a una clientela multigeneracional proveniente de calles residenciales locales, que tienen nombres como Cedar (Cedro) y Scenic (Escénico).

(Lea: Cambio climático estaría afectando el sueño de las personas

Incluso antes de que Walker comience la reunión con un café descafeinado, intuyo que este no será un almuerzo que agote la lista de vinos. Pido un refresco de tamarindo, sea lo que sea. “Las personas se sorprenden cuando les digo que la vida cuarta de eliminación de la cafeína es de 12 horas”, dice. “Así que, si te tomas un café al mediodía, a la medianoche, una cuarta parte de esa cafeína aún está en tu cerebro”.

“¿Y cuándo se elimina por completo?”, le pregunto. “¿Cuándo sale de tu sistema?”, le insistí. “Entre 24 y 36 horas”, dijo él.

Hace varios años, en un tranquilo bar más abajo de esta calle, Walker, quien nunca antes había escrito un libro, comenzó a redactar un manuscrito sobre el sueño y sus propiedades saludables. Tras haber escrito miles de palabras, sintió que una mujer en una mesa cercana estaba mirando por encima de su hombro, mientras el texto estaba en la pantalla de su computadora portátil. Cuando ella se iba, se inclinó y dijo: “Cuando eso se publique, quisiera leerlo”.

(Lea: Apple entra en análisis del sueño con adquisición de la plataforma Beddit

“Por primera vez”, dice: “Recibí una confirmación”. El libro resultante, publicado en 2017, se convirtió en una maravilla de la ciencia popular, y consolidó la posición de su autor como el experto más famoso del mundo sobre el acto físico que ocupa un tercio de nuestras vidas.

También tuvo el perverso efecto de mantener despiertos por la noche a algunos lectores. Why We Sleep (Por qué dormimos) establece un vínculo causal entre la falta de sueño y la depresión, las enfermedades del corazón, el cáncer y el Alzheimer.

Leer el libro es como ver una moneda oxidarse en un vaso de Coca Cola: presenta la insalubridad de lo rutinario, en este caso una noche de insomnio. El verdadero terror de esto es su definición del sueño inadecuado: menos de siete horas de forma constante. No estoy seguro de haber dormido siete horas de forma regular desde que estaba en la cuna. “Tengo una ventana de oportunidad de sueño de ocho horas que no es negociable”, dice Walker. Él no existe para el mundo entre las 10:30 p. m. y las 6:30 a. m.

(Lea: Dormir 20 minutos en el trabajo ayuda a mejorar la productividad

Le pregunto si vivir de este lado del país lo ayuda. “Los clichés son clichés porque son ciertos”, confirma. “A pesar de tener la misma ética de trabajo que existe en Nueva York, lo que es diferente aquí es esta noción de tratar de maximizar nuestro ser o yo. A la gente no le da vergüenza decir: ‘No puedo salir a beber esta noche porque tengo que cubrir mi cuota de sueño esta noche’. Así que se convierte en una especie de competencia de salud”.

Hasta el advenimiento de la tecnología de mapeo cerebral, incluso los científicos académicos entendían poco acerca de un ritual nocturno cuya ausencia prolongada nos mataría.

Walker, curioso desde la infancia, comenzó su obsesión con el misterio con respecto de todo lo nocturno cuando se dio cuenta, siendo estudiante de doctorado, de la magnitud de la ignorancia sobre el tema.

Nacido a principios de la década de 1970 en Liverpool, Walker fue un científico prematuro. “Mi primer experimento fue cuando tenía siete años. Intenté falsificar la existencia de Papá Noel”. (Por suerte, “fracasó”). En la Universidad de Nottingham estudió medicina, pero descubrió que era un campo demasiado establecido como para satisfacer su curiosidad. Se abocó a un tema que en aquel momento estaba surgiendo, la neurociencia. Esto fue a principios de la década de 1990, antes de que la neurociencia y sus descubrimientos transformaron disciplinas tan remotas como la economía y la filosofía, incluso cuestionando la idea del libre albedrío.

Después, durante ese doctorado epifánico en el Consejo de Investigación Médica de Londres, Walker notó la escasez de conocimientos sobre el sueño. También notó un vínculo entre el sueño y los subtipos de demencia. Estableció un laboratorio con una subvención para aprender más. “Me enamoré del sueño”, recuerda. “Leía todo lo que caía en mis manos”. Su monomanía, la cual confiesa que a veces era “antisocial”, lo llevó a Harvard y luego a California. Ahora, además de su puesto permanente en Berkeley y las apariciones en los medios, es un consultor de sueño para compañías de la talla de Google.

Su pasión va más allá de la aparición del sueño hasta las extrañas películas que recordamos haber visto a medias mientras nos quedamos dormidos. Walker le atribuye a Freud haber sido el primero en achacarle los sueños al funcionamiento del cerebro, en lugar de al alma, la luna, los espíritus y otras palabrerías premodernas. Pero no propuso hipótesis falsificables. “Por eso la ciencia abandonó a Freud”, dice. “También estaba consumiendo suficiente cocaína como para matar a un pequeño caballo cuando creó algunas de esas teorías”.

Cuando llega nuestro almuerzo, le digo a Walker que entiendo bien lo del tema del insomnio. Para cumplir con su mínimo de siete horas, tengo que pasar hasta nueve horas en la cama, tanto se demora mi sueño en aparecer. Pero la espera es un placentero marinado de una libre asociación de ideas del que no me gustaría desprenderme. Mi teoría es que, durante este supuesto tiempo muerto, proceso cosas que de otra manera me fastidiarían durante el día o me darían pesadillas.

“Me encantaría ponerte unos electrodos en la cabeza”, me responde. “Mucha gente tiene una percepción errónea del estado de sueño. Piensan que están despiertos por más tiempo de lo que sucede en realidad. Mi conjetura es que gran parte de las reflexiones que haces están sucediendo realmente durante las etapas ligeras del sueño”.

En la conversación, él es la viva imagen del control. No gesticula. En su tono uniforme, me dice que mi benigna experiencia del insomnio es atípica pero no inaudita. “Eres una de las 10 o más personas que he conocido en esta larga carrera a quienes no les ofende la vigilia, que prácticamente la aceptan con agrado”, dice. Creo que es importante señalar que la mayoría de sus casos de estudio no tienen el horario fluido de un columnista de un periódico. La necesidad de estar en una oficina a una hora determinada puede convertir el insomnio en una mala experiencia nocturna para millones de personas, de ahí la enorme audiencia de su trabajo. La maravilla es que él nunca lo anticipó. “Pensé que el libro sería un fracaso”.

Muchos lectores podrán adivinar los consejos que él está a punto de darles. Su valor está en el por qué, no en el qué. Consideremos, por ejemplo, la locura de acostarse en la cama esperando el sueño. “No te sientas a la mesa esperando a que te dé hambre”, dice, mientras nos recogen los platos y tomo el último sorbo del refresco. “El cerebro es un dispositivo tan asociativo que rápidamente creará una conexión entre la cama y la vigilia. La gente me dice todo el tiempo: 'Mira, estoy viendo la tele, me estoy quedando dormido, y luego me meto en la cama y me quedo completamente despierto'. El dormitorio se ha convertido en un desencadenante del estado de alerta. Por eso, los insomnes le tienen tanto miedo a entrar allí”.

También advierte contra el sueño basura inducido por las pastillas para dormir. “Sólo estás durmiendo tu corteza cerebral”, dice. “Electrofisiológicamente, la sedación no equivale al sueño”. Las pastillas tampoco — a pesar de cuán fácilmente se pueden adquirir — son inofensivas. “Fue uno de los pocos capítulos donde el equipo legal de editores tomó muchas notas. Si te enfrentas a las grandes compañías farmacéuticas, te pones una blanco en la espalda. Pero yo me apegué a los datos. No hice afirmaciones que fueran más allá de la ciencia. No tuve que hacerlo”.

Y continúa: “Si hay un consejo que les daría a todos, es la regularidad. Aunque sea fin de semana o día laborable, incluso aunque hayas dormido mal en la noche, despiértate a la misma hora”.

“Y no es sólo despertarse, ¿no?”, digo para comprobar. “¿También es levantarse de la cama?”. “Así es”, respondió.

Maldita sea. Para citar al gran John Cusack, no soy perezoso, sólo disfruto de despertarme gradualmente.

Lo más cercano al fatalismo en el mundo generalmente optimista de Walker se relaciona con los “cronotipos” humanos. Éstos, dice, ya están programados. Si eres una criatura nocturna, alerta como un suricato cuando la mayoría de las personas están durmiendo, es una cuestión de programación genética, no de hábito. Puedes mantener un horario "normal", pero siempre lucharás contra tu naturaleza. No hay razón para sentirse como un enfermo fingido o un libertino por estar en tu mejor momento mucho después de la jornada laboral.

De hecho, lo que le molesta es el estigma opuesto, el que persigue al durmiente prodigioso. Vladimir Nabokov llamó al sueño la “traición nocturna a la razón, a la humanidad, al talento”. Arnold Schwarzenegger les aconseja a quienes quieren ocho horas de sueño que “se duerman más rápidamente”. Se dice que Margaret Thatcher sólo necesitaba cuatro horas de sueño. Es este “machismo del sueño” contra el que se enfrenta Walker, así como el fulgor ambiental de nuestra “sociedad privada de oscuridad”. Como contribuyente a la buena salud, “el sueño es mejor que todo” y no merece su “problema de imagen”.

La combinación de erudición privada y comunicación masiva califica a Walker como un personaje muy moderno. Es la última versión de una tendencia del siglo XXI. “Intelectual público” es el nombre habitual, pero eso sugiere una amplia gama de reflexiones al estilo de William Buckley en lugar de una especialización académica. Algo sobre la palabra ‘pública’ también implica cierto ascetismo. “Científico empresarial” parece más adecuado.

“Soy por naturaleza una persona muy introvertida”, dice, como anticipando esta opinión, que no pretende ser una objeción. “Generalmente me siento muy incómodo estando en la opinión pública. Pero el sueño es como la hermanastra ignorada en la conversación actual sobre la salud y alguien tiene que enfrentar eso”. Tiene, es cierto, la particular suavidad social de las personas tímidas: siempre muy hábil por haberse forjado mediante prueba y error. También se sentía inseguro acerca de escribir para el público (innecesariamente: el libro es ameno y divertido). A los puristas académicos les molestan tales incursiones en el mercado masivo, donde la duda y los matices pueden estar ausentes.

Janan Ganesh

Siga bajando para encontrar más contenido

Noticias Recomendadas

Recomendados