Revista Portafolio

El drama de la educación

La deserción escolar y la profundización de las brechas que ya existían, entre las consecuencias más preocupantes.

Estudiante

Un informe de Unicef dice que, por culpa de la pandemia, existe la amenaza de que 3 millones de niños, niñas y adolescentes estén en riesgo de no volver a la escuela jamás.

EFE

POR:
Rubén López Pérez
enero 16 de 2021 - 11:45 a. m.
2021-01-16

El cierre de escuelas y las dificultades para implementar una formación virtual han puesto al mundo a las puertas de una catástrofe generacional, con millones de niños, niñas y jóvenes sin posibilidad de aprender. América Latina, la región más desigual del planeta, presenta una situación especialmente alarmante, con brechas preexistentes que la pandemia potenció.

La pandemia del coronavirus ha supuesto, y sigue suponiendo, un duro golpe para todas las regiones del mundo. Caídas históricas en las economías, retrocesos de incluso décadas en las conquistas sociales y amplias cicatrices en desigualdad y equidad de género son algunos de los reflejos más inmediatos de la crisis. Pero no son los únicos. Otros, como el caso de la educación, aunque pueden tener un efecto más silencioso, se han convertido en un drama, con el poder de establecer serias amenazas para el futuro.

Esto es porque la situación por la que atraviesa ese sector, especialmente en América Latina, no puede ser tildada de otra forma que no sea ‘dramática’. Un informe de Unicef publicado en noviembre pasado dejó claro que el 97% de los estudiantes de la región han sido privados de seguir con su formación habitual, y los cierres prolongados por alrededor de siete meses dejaron por fuera de las escuelas a 137 millones de niños. Para la agencia de la ONU, esto está creando una “catástrofe generacional, que tendrá profundas consecuencias para la sociedad en su conjunto”.

Hoy, aunque hay avances, la recuperación es lenta. De acuerdo con Claudia Uribe, directora de la Oficina Regional de Educación para AméricaLatina y el Caribe (Orealc/Unesco), “según nuestros datos, al 31 de marzo todos los países de América Latina, con excepción de Nicaragua, habían suspendido sus clases presenciales. Después de ocho meses, a la fecha, la región todavía presenta una situación compleja, con 16 naciones que tienen cerradas todas sus escuelas, 17 que han iniciado una apertura parcial y solo nueve que han reiniciado todas las instituciones educativas. Colombia se encuentra en el segundo grupo, con una reapertura parcial desde mediados de septiembre”.

Por supuesto, la virtualidad, como en el conjunto de la economía, se volvió la tabla de salvación, pero en una región como Latinoamérica, su impacto fue menor. El informe de Unicef revela que más de un tercio no dejó de recibir clases a distancia. No obstante, el mismo reporte hace énfasis en que solo la mitad de las escuelas públicas tienen la posibilidad de la teleeducación, contra el 75% de las privadas.

Y el problema también está en el acceso, pues según Unicef, solo el 18% de los niños de quintiles más bajos tienen disponibilidad de un dispositivo, por el 80% de los que pertenecen a estratos altos, lo que muestra la alta desigualdad. Así pues, advierte que el total de estos jóvenes que no ha tenido ningún tipo de educación pasa del 4% en prepandemia, a alrededor del 18%. Esto es prácticamente uno de cada cinco niños.

En Colombia, según la Encuesta Pulso Social del Dane, el 87,4% de hogares continuaron las actividades educativas desde que se cerraron las escuelas. Aunque, el sistema de matrícula que maneja el Ministerio de Educación Nacional (Simat) reporta que, al mes de agosto, 102.880 niñas y niños se han retirado del sistema educativo, lo que representa el 1,1% del total de estas.

“Haber suspendido las clases presenciales no implica que se haya interrumpido la educación, pues todos los países se volcaron rápidamente a instalar modalidades remotas. Sin embargo, el éxito de estas depende de variables estructurales. Por ejemplo, Cepal estima que 46% de niñas y niños de entre 5 y 12 años de la región viven en hogares sin conexión a internet, es decir, 31 millones de ellos. La disponibilidad de computadores tampoco es universal y es bastante desigual. Según el estudio PISA 2018, entre 70% y 80% de los estudiantes de 15 años, pertenecientes a hogares con los mayores ingresos, tiene uno en sus hogares, mientras que solo entre el 10% y el 20% de los adolescentes de los más estratos bajos cuentan con este recurso”, resalta Claudia Uribe.

Por su parte, Dinorah Singer, experta en educación en CAF (banco de desarrollo de América Latina), indica que la crisis supuso “la ausencia de 154 millones de niños y jóvenes del sistema escolar. Los impactos son múltiples, y entre los más graves debemos mencionar la profundización de las brechas que ya existían. El modelo virtual está lejos de ser perfecto, pues no todos los estudiantes tienen el mismo acceso a conectividad, equipos y habilidades digitales. En América Latina hay más de 30% de hogares que no tienen acceso a internet y menos del 25% de los más pobres cuentan con computador. En el caso de Colombia, solo 38% de los estudiantes tenían conexión a internet y acceso a ese dispositivo en el 2018. Eso, definitivamente, impone barreras al aprendizaje, pues la mitad de los estudiantes latinoamericanos no alcanza el mínimo de las habilidades requeridas para desempeñarse en la sociedad contemporánea”.

Además, para la experta de CAF, otro de los impactos más graves tiene que ver con el incremento de la deserción escolar. “Esta desvinculación puede darse como consecuencia de un mayor desapego a la institución, pues se pierde o minimiza el contacto con los docentes, quienes juegan un rol principal en mantener a los estudiantes vinculados y motivados a ir a clases diariamente”. Previo a la pandemia, solo el 60% de los estudiantes de secundaria culminaba el ciclo escolar, una cifra que será menor a partir de este 2020.

EL RIESGO DE NO VOLVER

Antes de la crisis, en Latinoamérica ya había un número alto de niños, niñas y adolescentes fuera de la escuela. Las estadísticas de la Unesco apuntan a que ese dato era de 10,5 millones en el mundo en el 2018, de los cuales el 84% lo formaban jóvenes en edad de educación secundaria (de 12 a 17 años), con una mayor incidencia en los estratos bajos.

En Colombia, se estima que 85.793 niños no hacían parte de la educación primaria, lo mismo que 549.723 adolescentes y jóvenes de la secundaria en ese mismo periodo.

Ahora, por la emergencia generada por la covid-19, las previsiones de Unesco prevén que esa cifra se podría incrementar hasta 23,8 millones en todo el mundo, y 3,1 millones en América Latina. Cabe mencionar que el reporte de Unicef también hace referencia a que por culpa de la pandemia, existe la amenaza de que 3 millones de niños, niñas y adolescentes estén en riesgo de no volver a la escuela jamás.

Todo esto se traduce en desafíos para las competencias educativas a futuro. El Banco Mundial, en un informe publicado al inicio de diciembre, aseguró que alrededor de 72 millones de niños en todo el mundo, por los cierres de escuelas, están en riesgo de presentar pobreza de aprendizaje, es decir, menores de 10 años que no sabrían leer o comprender un texto sencillo.

GOLPE A LA ECONOMÍA

Aunque el principal efecto del drama de la educación es, obviamente, en términos de formación, son muchos los aspectos que se ven afectados por esta coyuntura, entre los que se encuentra la misma nutrición y también las posibilidades económicas de los países. Por ejemplo, el Banco Mundial afirmó en un estudio publicado en noviembre que unos 80 millones de estos jóvenes en la región perdieron las comidas escolares por el cierre de estos centros e instituciones, lo que para muchos era el principal alimento diario y, por tanto, presentan riesgos de registrar deficiencias nutricionales.

Y en el campo económico, los efectos no son menos relevantes. El Banco Mundial apunta en su última investigación que la pobreza de aprendizajes llega al 63% de los países de ingresos bajos, y que esta generación de estudiantes “podría perder alrededor de US$10 billones en ingresos generados a lo largo de toda la vida, monto equivalente a casi el 10% del PIB mundial”.

El organismo multilateral explica que “cada niño en educación primaria y secundaria en América Latina podría perder de su sueldo entre US$242 y US$835 cada año y hasta US$15.000 a lo largo de su vida laboral. Eso se traduce en un costo de hasta US$1,2 billones en ingresos para los gobiernos de la región durante el ciclo laboral de esta generación de estudiantes”.

Ante eso, Claudia Uribe, de Unesco, agrega que “cuando hablamos de suspensión de clases presenciales no solo nos referimos a la educación básica, sino que es algo que se extiende a todos los niveles, entre ellos la superior o la modalidad de Educación y Formación Técnica y Profesional (EFTP). Este último universo tiene un impacto directo en el mundo del trabajo y en la economía de los países. No obstante, este segmento puede contribuir de manera significativa a la reactivación económica tras la pandemia, apoyando la recuperación de los puestos, la reconversión y la generación de una fuerza laboralmejor calificada para dar respuesta a las nuevas demandas. Debe ser un eje estratégico”.

Dinorah Singer, de CAF, concluye que el impacto en la educación técnica y formación profesional “puede afectar en el corto plazo la disponibilidad de técnicos con los conocimientos requeridos en especial en momentos de reactivación económica”.

Todo lo anterior hace referencia a una verdad inequívoca. Como afirmó el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, “estamos frente a una catástrofe generacional”.

Rubén López Pérez
Editor de la revista Portafolio

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