Los nuevos jefes digitales de personal

El mundo laboral está cada día más cerca de permitir que la tecnología seleccione a los trabajadores para un cargo.

Tecnología

Las máquinas no son inocentes ni neutrales.

123RF

POR:
Portafolio
diciembre 21 de 2018 - 10:21 p.m.
2018-12-21

Los algoritmos están de moda. Podemos definir un algoritmo como un programa informático que permite hacer predicciones aplicando un con- junto de leyes de probabilidad en una gran base de datos.

Están presentes en nuestra vida cotidiana, como cuando seguimos la ruta de tráfico sugerida por Google Maps, escuchamos una lista de música de Spotify o salimos de compras virtuales por Amazon, y muchas veces nos pare- ce que nos conocen mejor que nosotros mismos. En efecto, la tecnología, con su poder de fascinación, nos genera la ilusión de que un sistema informático puede tomar decisiones de manera eficiente que un humano.

Tengo mis dudas de que esto llegue a ser así algún día, pero desde luego no ocurrirá en un futuro inmediato. Por tanto, debemos evitar la tentación de lanzarnos a incorporar algoritmos a nuestros procesos de gestión, dado que ya hay todo un mercado desarrollado para diferentes áreas empresariales y de ahí que sea tan fácil caer en ella. Esto puede ser peligroso, en particular en el mundo de la gestión de personas, pues- to que las consecuencias de una decisión sesgada o simplemente de mala calidad pueden ser de gran relevancia para terceros implicados.

Los algoritmos ya se utilizan en áreas como la selección o el seguimiento del rendimiento de algunos trabajos, como es el caso de los call centers. También estiman qué trabajadores son los más propensos a dejar la compañía, o cuáles son los mejores candidatos a puestos de promoción. Los partidarios de esta tecnología señalan los sesgos que suelen tener los mánagers a la hora de evaluar a otras personas, ya sean candidatos en un proceso de selección o miembros de sus equipos que optan por un variable de desempeño.

De hecho, los humanos estamos muy sesgados por nuestra personalidad, experiencias vividas o presiones sociales. Ahora bien, no debemos pensar que la tecnología es objetiva ciento por ciento. Al fin y al cabo, el algoritmo está programado por un humano: traba- ja sobre las reglas y la información con la que dispone, que nunca es lo suficientemente completa como para tener en cuenta todas las alternativas posibles. Como podemos comprobar cuando nos conectamos a una red social o a una web comercial, pues pueden estar pro- gramados con intenciones claras.

En resumen, no son inocentes ni neutrales. Ya se han reportado casos de decisiones tomadas por algoritmos que favorecían a determinados grupos sociales sobre otros; en concreto, hace poco se publicaba el caso de uno que evaluaba peor el rendimiento en un call center de empleados con acento (aunque nativos en el idioma) porque el sistema cometía más errores de comprensión de sus conversaciones.

Aun en el caso de que contásemos con algoritmos que superas en en objetividad a los mánagers, hay un punto fundamental que inclina la balanza hacia el humano: la empatía.

Un algoritmo no considera que alguien tenga un familiar cercano en un hospital y eso haga que su rendimiento baje durante unos días, o que el comportamiento de dos miembros del equipo se explique por un conflicto latente entre ellos. De todas formas, dado que la implantación de esta tecnología –como tantas otras– parece imparable, y que, por otra parte, los algoritmos incorporan elementos de análisis que pueden ser muy útiles, por el momento conviene ir a un maridaje humano-máquina en el que la persona se nutra de un análisis previo para tomar sus decisiones.

Cristina Simón
Profesora de IE Business School. 


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