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¿Ha muerto la privacidad?

La vigilancia y el almacenamiento de datos nos están convirtiendo en entidades conocidas. Ahora ha comenzado el contraataque.

Privacidad

Hay proyectos en desarrollo que quieren convertir a todos los dispositivos móviles en cámaras con las que controlar cada rincón del mundo.

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Portafolio
julio 26 de 2019 - 08:40 p. m.
2019-07-26

Hace unos años, un informático llamado Chris Carson se dio cuenta de algo. Pronto, las calles se llenarían de coches autónomos, que usarían cámaras de alta calidad para navegar. ¿Qué pasaría si esas cámaras también pudieran entrenarse para reconocer las placas y detectar las infracciones? Sería como tener un policía en cada esquina.

La ‘startup’ de Carson, Hayden AI, trata de crear una red de ojos mucho mayor que cualquier red de CCTV, alimentada por el potencial de las redes 5G y la inteligencia artificial. Las imágenes pueden venir desde cualquier lugar: un taxista con un teléfono en su tablero; si la grabación provocó que otro conductor recibiera una multa, el taxista podría recibir una parte.

(Amenazas que afectan la privacidad en Internet). 

“Ésa es la idea; poner tantos ojos en el camino como sea posible”, explica Carson. “Creo que va a crear un gran cambio de paradigma en el comportamiento”. En cuanto exista esta red, no hay razón para que sólo detecte las infracciones de tránsito, podrían ayudar a resolver delitos, contribuir a la planificación de la ciudad y dirigir la publicidad.

Algo está cambiando en el entorno de la experiencia humana. Nos estamos convirtiendo en entidades conocidas. No es simplemente que se recopila información sobre nosotros; esa información ahora puede determinar cada uno de nuestros movimientos.

En EE. UU., la policía ha estado repartiendo timbres inteligentes de Amazon, que filman el entorno. Algunas de las imágenes luego se transmiten por la ‘app’ Neighbors (vecinos). Quizás ya se acabaron los días en que los investigadores se sentaban en sus coches: ahora pueden estacionar el auto con una cámara y verlo desde casa.

Mientras, nuestros empleadores pueden monitorear nuestros hábitos; los minoristas pueden seguirnos por los pasillos; los proveedores de piezas de automóviles pueden identificar las emociones de los conductores. Los datos se utilizan para capacitar algoritmos complejos. “Estamos pasando de una era digital a una era de predicción”, dice Pam Dixon, directora del World Privacy Forum.

Tu teléfono inteligente aspira a saber qué quieres hacer antes de que lo hagas.
¿Cómo lidiamos con este nuevo mundo? En 2010, cuando era CEO de Google, Eric Schmidt dijo que el objetivo era “llegar hasta la línea escalofriante, pero no cruzarla”. Añadió que los implantes cerebrales estaban más allá de la línea “al menos por ahora, hasta que la tecnología mejore”. Es decir, esa media cambia.

Hace veinte años, si un supermercado hubiera pedido poner un micrófono en nuestras casas habríamos dicho que no. Ahora compramos Alexa de Amazon o nos conectamos al WiFi gratuito de cualquier lugar. Y cruzamos los dedos. Amazon y Google admiten que empleados individuales escuchan algunas grabaciones. Facebook alega que sus usuarios no tienen ninguna expectativa de privacidad en sus publicaciones.

(Lo que puede hacer para aumentar su privacidad en Facebook). 


Esto ha creado una confrontación. Por un lado, los que tratan de que la línea escalofriante sea infranqueable. Por el otro, aquéllos que intentan hacerla avanzar y que las personas se acostumbren a las nuevas tecnologías. Esto incluye a Carson. “Si podemos vivir en una sociedad en la que puedes caminar tranquilamente por un callejón, la línea desaparecerá”.

Históricamente se podía esperar privacidad en una cabina telefónica o en el doctor. Pero, ¿qué tipo de privacidad se puede esperar de un proveedor de telefonía o de un seguidor de actividad física?

En 1998, cuando Google radicaba en un garaje y Kodak aún dominaba el mercado de cámaras, el escritor David Brin predijo el final de la privacidad como la conocíamos. Él alegó que las cámaras y sensores se estaban volviendo tan baratos que serían omnipresentes y se grabarían las acciones de la gente. Pero esto, dijo, crearía un nuevo tipo de privacidad. La “vigilancia mutua asegurada”, que garantizaría que las personas no se portarían mal.

“Fue divertido mientras duró, vivir en estas calles en medio de innumerables seres anónimos”, escribió Brin. El anonimato fue sólo una fase en la existencia humana, cuyo fin era inevitable. Después de todo, ¿qué habría significado el anonimato para un cavernícola? ¿Qué privacidad tenían los adolescentes ante sus padres en la época victoriana?

Brin cree que su visión se vuelve realidad, pero para todo el mundo. Ahora las cámaras captan la negligencia policial. En EE. UU., los sitios web de historia familiar, a los que millones de personas enviaron muestras de ADN por curiosidad, se utilizan para identificar a los delincuentes.

También existe otro argumento de que la vigilancia es inevitable. En China, se está volviendo generalizada y los algoritmos califican a la gente según su comportamiento. Si el mundo occidental promulga leyes para proteger la privacidad, tendrá menos datos y, por lo tanto, se pondrá a sí mismo en una desventaja competitiva. Las democracias tendrán que recopilarlos para protegerse de los ataques cibernéticos, o al menos eso dice el argumento.

El jefe de la asociación de personal de la Policía Metropolitana calificó el uso de reconocimiento facial por parte de China como algo “absolutamente correcto”. Sin embargo, a la mayoría de nosotros nos preocupan las filtraciones, el robo de identidad y la vergüenza de ver fotos antiguas en línea. “La privacidad es un problema de retrospectiva; sólo actuamos después de que nos ocurre algo”, asegura Jason Schultz, profesor de derecho de la Universidad de Nueva York.

FALTA DE DEFINICIÓN 

Tampoco ayuda que la privacidad sea un concepto abstracto. Y a menudo también tiene que ver con el poder: cuanto menos conocimiento tienen los demás sobre ti, más difícil les será meterse en tu vida. La transparencia total no satisfaría ninguno de estos criterios.

Las grandes tecnológicas tienen diferentes enfoques para abordar nuestras preocupaciones. En primer lugar, pueden integrar cierta privacidad: Apple, pionera en este campo, bloquea el seguimiento en línea (su CEO, Tim Cook, dijo que “la acumulación de datos personales sólo sirve para enriquecer a las compañías que los recopilan”).

Facebook, rezagada en el tema, ahora predice que las formas en que las personas se comunicarán en su plataforma serán a través de los servicios de mensajería cifrada, Messenger y WhatsApp.

En segundo lugar, las firmas ofrecen darnos el control. Por ejemplo, Google y Apple ahora ofrecen más opciones para ocultar nuestra ubicación.

Un día en Silicon Valley escuché a un ejecutivo de Google señalar cuánta información personal ahora está almacenada en nuestros teléfonos. “Siempre debes tener el control de lo que compartes y con quién lo compartes”, afirmó. Facebook promete que la información “sólo la verán quienes se quiere que la vea”Ahora podríamos escoger dónde trazar la línea escalofriante.

La tercera forma en que las tecnológicas nos ofrecen privacidad es mediante la protección y el anonimato de nuestros datos.

Google sabrá que buscaste remedios para la gonorrea y fuiste al cine un día que dijiste estar enfermo, pero nadie más lo sabrá. Del mismo modo, ¿qué sucede si un empleado de Amazon al que nunca llegas a conocer escucha una grabación de tu vida doméstica? El riesgo de que los datos anónimos se puedan relacionar con los individuos a quienes pertenecen nunca puede eliminarse, pero se puede minimizar.

Sin embargo, hay considerables fallas en este enfoque. Facebook y Google tienen que seguir rastreándonos, porque en eso se basa su negocio publicitario. Pueden ofrecer consentimiento sin ofrecer una opción real. Actualmente, menos del 10% - cerca del 1% - de los usuarios cambian su configuración de privacidad. Para utilizar los servicios de muchas compañías nos vemos obligados a acceder a declaraciones genéricas o no podemos utilizar el servicio en lo absoluto. Casi nunca sabemos qué significa hacer clic en “aceptar”.

En el futuro, se les podría dar a los individuos más detalles sobre el uso de sus datos; una opción para impedir el acceso de las aplicaciones a información clave aún mientras utilizas el servicio; y métodos más sencillos para borrar nuestros datos a posteriori.

Pero quizás deberíamos ir más allá y decir que incluso el consentimiento informado no garantiza la privacidad. Los gobiernos no nos permiten ahorrar dinero comprando un automóvil sin cinturones de seguridad, ni ganar dinero vendiendo nuestros órganos. ¿Está la privacidad en la misma categoría? Si tenemos derecho a cierto grado de privacidad, entonces tampoco deberíamos poder comerciarla. “Es un problema clásico de protección al consumidor”, apunta Viktor Mayer-Schönberger, profesor de Internet Institute de la Universidad de Oxford.

El principio de la voluntad individual tiene otras limitaciones. ¿Cómo se aplica a la vigilancia en lugares públicos, como el reconocimiento facial por parte de la policía o incluso de los coches inteligentes de otras personas? No podemos firmar un formulario cada vez que salimos de casa. E incluso si elegimos no participar, nuestro comportamiento puede inferirse mediante enormes conjuntos de datos sobre el comportamiento de otras personas.

Ésta es la nueva frontera: proteger nuestra propia privacidad de los algoritmos invasivos, quizás tengamos que bloquear la recopilación de datos de otras personas y, por lo tanto, retrasar servicios que puedan resultar útiles. ¿Cómo encontramos el equilibrio?

CIUDAD DEL FUTURO 

Quayside es una extensión de terreno antiguamente industrial de cuatro hectáreas en la costa este de Toronto. Una de las compañías afiliadas de Google quiere convertirla en “el distrito más innovador del mundo”. En una propuesta, Sidewalk Labs describió su visión. Como todos los sueños de Silicon Valley, tiene algo encantador. Los edificios serían casi todos de madera; podrían convertir los residuos en energía; las emisiones de gases invernadero serían apenas una décima parte del promedio actual de la ciudad.

En el núcleo de la visión de Sidewalk Labs se encuentran los datos. Los sensores recopilarían información en los edificios y ajustarían las opciones. Los termostatos se podrían ajustar automáticamente. Las señales en las calles podrían fluctuar, dándoles más espacio a los peatones en algunos momentos del día y más a los coches en otros. Los datos se pondrían a disposición del público para otros bienes públicos, no para publicidad. Se monitorearían, medirían y “optimizarían” las vidas de las personas.

Muchos servicios intercambian una intrusión marginal por un beneficio marginal. Sidewalk Labs promete una intrusión considerable a cambio de un beneficio considerable. Como tal, es comparable a los servicios de salud que desean acceder a datos confidenciales, a cambio de ayudar a identificar enfermedades.

El destino de Sidewalk Toronto es interesante, porque es un raro ejemplo en el que las compañías tecnológicas han tenido que remitir sus innovaciones para que sean inspeccionadas previamente. Los detractores se han enfocado en cómo se manejarán los datos de Quayside.

Un fideicomiso, propuesto por Sidewalk Labs, recomienda que se “despersonalicen” todos los datos.

“En cuanto dijeron eso, supe que tenía que renunciar”, dice Ann Cavoukian, excomisionada de privacidad de Ontario, quien fue asesora de la compañía. “Desde que lo haces voluntariamente, no vas a tener privacidad. Todos quieren datos de identificación personal, ése es el tesoro”.

Cavoukian lo compara con la vigilancia en China y Dubái. “Ése no es el rumbo en el que vamos aquí en Toronto”. Agrega que las preocupaciones sobre la privacidad aún podrían llevar a Waterfront Toronto, la agencia de desarrollo, a cancelarlo todo. “No es un acuerdo consumado”.

Pero Waterfront Toronto y los ciudadanos de la ciudad enfrentan una decisión casi imposible: evaluar los beneficios imprevisibles frente a los costos imprevisibles. ¿Quién sabe cómo la recopilación masiva afectará a Toronto? ¿Quién sabía cómo YouTube, Facebook y Twitter afectarían?

En cualquier caso, nadie piensa que las tecnológicas tendrán menos datos sobre nosotros dentro de 10 años que ahora. Podemos prohibir el uso del reconocimiento facial por parte de la policía, pero la tecnología se extenderá a otros lugares, al igual que el análisis de la marcha, el escaneo del iris y la biometría.

Woodrow Hartzog, un experto en privacidad, alega que el simple hecho de dificultar la recopilación de datos, de crear costos de transacción, tiene cierto valor. Pero los padres utilizan cámaras para vigilar a sus hijos y los propietarios de casas los utilizan para vigilar sus casas; el cambio de la conveniencia a la vigilancia es fácil.

Cuando la regulación se ha enfocado en áreas particulares, como una ley de biometría de Illinois, ha demostrado ser efectiva. Quizás la información sea el nuevo petróleo, pero para algunas empresas ‘startup’, también se conoce como ‘la nueva kryptonita’, debido a las multas por violaciones de datos.

A los políticos les gusta hablar sobre una legislación de privacidad “integral”. Sin embargo, la privacidad es tan contextual que cada sector necesita diferentes estándares, dice Dixon del World Privacy Forum.

El AI Now Institute, un grupo de estudio cuyo propósito es determinar la responsabilidad de los algoritmos, alega que se deben crear diferentes organismos con experiencia en diferentes sectores: salud, educación, bienestar, etc.

En otras palabras, no hay sólo una línea escalofriante, hay centenares de ellas. “Siempre debes tener el control de lo que compartes y con quién lo compartes”, dice Google. Pero después de casi dos décadas viviendo en la economía de los datos, hemos aprendido que quizás la mejor manera de trazar esas líneas escalofriantes no sea como individuos, apresurándose a rellenar formularios de consentimiento en línea, sino como comunidades, con la fuerza que nos conceden los números.

Durante 20 años, las compañías tecnológicas han asumido que tienen el derecho de infringir nuestra privacidad; ahora deberíamos pedirles que se justifiquen antes de hacerlo.

Henry Mance

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