La revolución silenciosa del efecto Zuccardi

Visita a las bodegas de los mejores enólogos de Argentina y Suramérica.

Bodega

De reciente construcción en el valle de Uco, la bodega conocida como Piedra Infinita, alberga más de 500.000 litros de los vinos más famosos y codiciados de Argentina.

Foto: internet. El Triunfo de Baco

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Portafolio
abril 27 de 2019 - 12:27 p.m.
2019-04-27

En marzo pasado tuve la oportunidad de ir a la vendimia 2019 en el cono sur y olfatear de primera mano, o mejor, de primera barrica, lo que iba a pasar en este año seco y frío, ideal para una buena cosecha.

Visité varias bodegas de renombre como Montgras y Luis Felipe Edwards, en Chile, y Diamandes y Zuccardi, en Argentina, y me impresionó particularmente esta última. De reciente construcción en el valle de Uco, conocida como “Piedra Infinita” y diseñada por el arquitecto Fernando Raganato, es una apuesta en el corazón de Altamira hecha de piedra, hormigón y arena que se acopla perfectamente con el paisaje maravilloso de la cordillera de los Andes.

En ese paraje imponente, donde las montañas fueron hechas para gigantes, destacan las suaves líneas de la bodega, con sus depósitos de cemento en forma de huevo, ánfora o los troncocónicos de gran tamaño, que albergan más de 500.000 litros de algunos de los vinos más famosos y codiciados de Argentina como Fósil, Aluvional o Concreto, entre otros.

Sin embargo, lo que más me impresionó, además de la belleza de sus instalaciones o la elegancia de sus vinos, fue la revolución silenciosa que allí se estaba gestando de la mano de Sebastián Zuccardi, tercera generación de inmigrantes italianos que antes de cumplir los 40 años, es una de las figuras más rutilantes del panorama enológico, no solo de Argentina, sino de toda Latinoamérica; no en vano la revista inglesa Decanter lo escogió este año como uno de los diez mejores enólogos de Suramérica, nominado por el Master of Wine Tim Atkin, uno de los críticos de vinos mas influyentes del mundo.

Tampoco es de extrañar que la prestigiosa revista The Drinks Business ubicara a Sebastián Zuccardi como uno de los 30 winemakes más importantes del orbe, menores de 40 años. Pero lo anterior no es un hecho mediático, ni la efímera flor de un día. Es el producto de años de trabajo y esfuerzo iniciados en 1963 por el ingeniero Alberto Zuccardi, quien se establece en Maipú, Provincia de Mendoza, y lanzó sus primeros vinos de antiguas y añejas parras de Malbec y Tempranillo.

El legado...
Su hijo, José Alberto, continuó la labor e internacionalizó la compañía exportando el famoso vino Santa Julia y sentando las bases para la aparición de la Bodega Zuccardi que se consagró con la aparición de Sebastián, que inició su carrera licenciándose como enólogo en 2004 y trabajó en vendimias en Italia, Francia, España y Chile para luego tomar las riendas de su propia bodega.

Lo más lindo de esta vendimia y de esta experiencia, es que jamás se termina de aprender, hablando largas horas con Sebastián y su padre José Alberto, siempre acompañados de un buen asado y un gran vino, fui desmontando una a una todas las piezas de mi conocimiento sobre vinos y de todo lo que he aprendido, en estos casi 20 años de estudios.

Desaprender lo aprendido y volver a aprender, fue la gran lección. Mi primer gran impacto surgió cuando, curioso, le pregunté a Sebastián por qué su viñedo estaba cruzado por una innumerable maraña de cintas de colores, a lo que divertido me respondió: “Aquí la viticultura no es de parcelas o fincas, aquí hacemos vinos de polígonos, es decir, dentro de una misma parcela puede haber varios tipos de suelo que se delimitan con cintas, haciendo complicadas formas en forma de trapezoide, las cuales se vivifican por separado”.

Esto me impresionó porque el trabajo muchas veces se quintuplica si se compara con un viñedo tradicional que simplemente saca un solo vino de una parcela, aquí de esa misma parcela se sacan 5 o 6 vinos diferentes.

Recorriendo el viñedo
De manera paciente Sebastián me llevó al viñedo y me dijo: “Pruebe uvas de este polígono delimitado con cinta azul”. La probé y aparecía un malbec jugoso, rico, casi goloso de suelos arcillosos; cuatro pasos mas adelante probé otras uvas del mismo malbec, pero de un suelo pedregoso rico en carbonato de calcio, la uva era más austera y más ácida, pero igualmente rica. Divertido me dijo: “Si solo con probar las uvas usted nota esta diferencia, imagínese lo que pasa en los vinos”.

Luego me llevó a la bodega, los tradicionales tanques de acero inoxidable habían desaparecido y encontré tanques de cemento en una sala fría y gris, pero la peor confusión me la llevé en la sala de barricas de madera, donde vi grandes pipas de 500 litros y grandes toneles de 2.000 litros, las barricas “nuevas” de 225 litros habían desaparecido o se destinaban para vinos de inferior calidad.

Ante mi confusión Sebastián me explicó: “Los pilares de mi enología se basan en principios básicos: evitar la sobremaduración y la sobreextracción de la uva, lo mismo que el exceso de madera en mis vinos; esto, aunado al estudio del terroir en un marco de respeto por la naturaleza”.

Impresionado, me subí al carro que me devolvió del valle de Uco a la ciudad de Mendoza, mientras pasaba por varios parajes siempre vigilados por el imponente marco de estas montañas con segundo piso, al que llamamos los Andes.

Traté de digerir todo este conocimiento, toda esta nueva enología que logra vinos impresionantes, ligeros, amables y elegantes, vinos de sed, que no cansan como esos explosivos malbec, fruta bomba del pasado, ricos al primer trago pero cansinos en la segunda copa. Estos vinos de Sebastián eran distintos, de buena acidez, vibrantes, complejos, maravillosos, que hacían añorar la siguiente copa y la siguiente botella. Salud por los nuevos genios de la viticultura austral.

José Rafael Arango Ordóñez
Jurado Internacional
Concurso Mundial de Bruselas

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