Lecciones empresariales del papa

Francisco y su novedoso estilo de ‘gerencia’. Cinco claves que deben servir para la reflexión.

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marzo 27 de 2013 - 04:52 a.m.
2013-03-27

Cuando supe que el recién elegido pontífice Francisco había hecho ingresar a un grupo de prelados al exclusivo ascensor de los papas, reviví la experiencia triste de una empresa.

Hacía parte de un nuevo grupo directivo y el presidente recién nombrado me contó la experiencia del ascensor. La vivimos unos días después, cuando un grupo de colaboradores se negaba a subir al elevador en el que ya estábamos con el presidente. La razón era única: “Aquí está prohibido que alguien suba cuando va el presidente”.

Ese fue solo uno de los increíbles exabruptos que debimos suprimir, casi todos relacionados con los conceptos de comunicación, respeto e igualdad. Las tres nociones las ha venido aplicando el papa Francisco, sorprendiendo a la humanidad y continuando en la Iglesia católica con un cambio que ya había iniciado su predecesor.

Algunas de sus primeras lecciones empresariales se pueden resumir así:

REUNIONES TIPO ‘CÓNCLAVE’

Antes del humo blanco y de la sencilla aparición en el balcón, hubo una lección general que necesitan aplicar urgentemente las empresas. Las reuniones y comités se han vuelto una barahúnda.

Nadie presta atención, todo el mundo está sumergido en el universo virtual de sus celulares y computadores, no se respetan la intervención de los demás ni los temas. Los encuentros se vuelven ineficientes y las relaciones humanas irritantes.

El Colegio cardenalicio dio la lección suprema: debe haber ‘reuniones tipo cónclave’. Nadie se dedica a atender mensajes remotos ni se embauca en sus celulares. Con un tiempo y una agenda definidos se evacuan los temas con eficiencia y atención. Y a la salida, se devuelven los aparatos.

SORPRENDA

Un líder está obligado a sorprender. A sorprender asertivamente, claro. Es creativo, innovador, recurrente. Sobre todo en lo que se refiere a las relaciones humanas. Primero, la gente sin la gente es pura carreta.

 A usted, el operario de la planta, ¿el presidente de su empresa lo ha visitado alguna vez en su casa? ¿Conoce los talleres, la fábrica, el almacén? ¿Ha estrechado su mano? También en eso Francisco, el papa, nos está sorprendiendo e invitándonos a reflexionar en la Semana Santa.

HABLE EL IDIOMA DE SUS CLIENTES

Cuando el papa Francisco sale al balcón y dirige sus primeras palabras a una multitud conmovida, invierte por completo la lógica de la comunicación autoritaria. “No soy yo quien los bendice, quiero que ustedes me bendigan”. Simple: el importante no soy yo, importan ustedes. “Quiero saber qué piensan, qué sienten”.

Las presidencias suelen encerrarse en la maraña de los asesores, extraviarse en el laberinto de los protocolos de ausencia. No van hasta sus colaboradores y sus clientes, no hablan sus palabras, no comparten sus actos. Francisco no va por ese camino.

NO ROMPA CON SU ANTECESOR

Francisco no solo pide que lo bendigan: invoca la oración por Benedicto XVI. Él puso la columna teológica, yo construiré sobre ella. Pero somos una sola Iglesia. Como otra de las tantas “primeras veces” a las que nos está acostumbrando el nuevo papa, visita al anterior en Castelgandolfo. Oran juntos. Hay mucho que aprender ahí para las empresas.

Muchos gerentes entran en pelotera con quien suceden. Invalidan lo de antes: el mundo comienza a partir de ellos mismos. Se aprende de los papas cómo funciona la alquimia de la sucesión, de los empalmes.

GERENTES, NO MONARCAS

El sumo pontífice Francisco ha venido tratando de posicionar una noción atrevida: soy un servidor de Cristo, no un monarca.

No tengo espacios exclusivos y privilegiados, no me separa de los fieles una barrera de inmunidades. Con los de adentro y con los de afuera establezco la comunión en un solo recinto. No tengo ascensor para mí solo, parece decir el primer papa latinoamericano.

Qué buena lección para quienes están atrincherados en la cima y no se comunican ni con sus colaboradores ni con sus clientes. Reciben filtrada a través de terceras personas la impresión que causan en sus públicos de interés. Como en la caverna de Platón.

Carlos Gustavo Álvarez

Especial para Portafolio

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