Análisis: Los tres desafíos urgentes después del paro

"Hacer acuerdos políticos no tiene que ser visto como algo intrínsecamente corrupto o malo", afirma el analista Yann Basset.

Paro 21 de noviembre

El primer desafío es inventar un mecanismo de dialogo social con todos los sectores que se expresaron en el paro.

Alexis Múnera

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noviembre 22 de 2019 - 11:14 a.m.
2019-11-22

Como estaba previsto, el paro nacional del 21 de noviembre fue masivo y envía un claro mensaje de inconformidad que el gobierno tiene que atender rápidamente.

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El primer desafío es inventar un mecanismo de dialogo social con todos los sectores que se expresaron en el paro. Es un asunto complicado porque se sumaron muchas reivindicaciones muy variadas, pero eso es potencialmente un punto positivo para el gobierno que puede tratar de ampliar sus márgenes de maniobras al responder frente por frente tratando de diluir la espiral del descontento y escuchar voces diversas. Dicho esto, el mecanismo tampoco tendrá éxito si se trata simplemente de dilatar. El gobierno tiene que proponer una metodología clara, con plazos y resultados esperables. En eso, podría inspirarse del “gran debate nacional” que implementó Emmanuel Macron (un modelo reivindicado por el presidente) en respuesta al movimiento de los chalecos amarillos al principio de este año. Este mecanismo tiene que ser anunciado con celeridad si el presidente quiere calmar los ánimos. Su reacción y la de la Vice-presidenta ayer van en el sentido de la apertura de este dialogo, pero se tiene que pasar ya a unos anuncios concretos de cómo va a ser.

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El segundo desafío es político. El presidente ha insistido desde el principio de su mandato en una formula que consiste a gobernar únicamente con su partido (que, aunque fue el partido más votado, obtuvo menos de 20% de los votos válidos en el Senado en las legislativas del año pasado), y unos pocos dirigentes gremiales y economistas cercanos a él. Ha vendido este método como una nueva forma de gobierno positiva porque evita volver a la 'mermelada' de los acuerdos de intercambios de puestos y recursos a los partidos a cambio de gobernabilidad. Aunque el presidente parece muy convencido que ésta es una ruta correcta, tiene que entender que el paro de ayer es también el resultado de la percepción de inmovilismo y de la falta de representatividad que se deriva de ella. Hacer acuerdos políticos no tiene que ser visto como algo intrínsecamente corrupto o malo. Se hacen en todas las democracias del mundo y existe muchas maneras de hacerlos. En todo caso, parece claro que el gobierno sufre una escasez de políticos experimentados en sus rangos que sean capaces de llegarle a la opinión pública, al Congreso, y a las regiones. Por tanto, este segundo desafío pasa probablemente por un cambio de nombres en el gobierno, pero más allá de los nombres, de una ampliación de la base política del mismo. De paso, esto puede articularse con el primer desafío si el presidente logra convencer a una personalidad política con buena llegada a amplios sectores más allá de su partido de gobierno y popular en la opinión pública para coordinar el proceso.

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El tercer desafío concierne el manejo de la protesta social. Durante las semanas previas al paro, el gobierno ha manejado el tema casi exclusivamente como un asunto de orden público. Esto ha generado miedo, y lejos de atenuar la convocatoria de la protesta, le ha dado combustible. Como hemos visto ayer, hubo efectivamente, como lo anunció el gobierno, unos lamentables hechos de violencia en el cierre de una jornada que había sido globalmente pacífica a pesar de su carácter masivo.
También se evidenciaron casos de abusos en la represión por parte de las fuerzas de policía que quedaron registrados en redes y alimentaron a su vez las respuestas violentas. Sin embargo, no solo estos hechos fueron limitados dada la amplitud de las marchas sino que fueron objeto de un rechazo notorio del grueso de los manifestantes.

El cacerolazo que remató la jornada no solo prorrogaba el mensaje de insatisfacción con el gobierno, sino que trataba precisamente de reivindicar el sentido pacífico que había tenido la protesta para la gran mayoría de los que participaron en ella
. Aquí, hay lecciones muy importantes para el gobierno. En realidad, para cualquier gobierno, incluyendo los locales. La protesta social está cambiando. Es más diversa, menos organizada, sin liderazgos tan claros, y convocada y animada en vivo por redes sociales. Esto significa que hay más riesgos de desbordamientos violentos por parte de pequeños grupos, pero también que un tratamiento puramente represivo clásico puede revelarse desastroso. El cacerolazo reveló una aspiración a otra forma de protestar que las autoridades tienen que aprender a manejar.


Por: Yann Basset. Profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario.

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