‘Premium Tasting’: Argentina sorprende con sus vinos blancos

En Colombia se quiere gravar una actividad que con mucho trabajo estaba viendo sus primeros buenos resultados en décadas. 

Invertir en vinos es más rentable que hacerlo en oro
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Portafolio
octubre 17 de 2018 - 12:01 a.m.
2018-10-17

El pasado 9 de octubre se celebró la segunda edición del Premium Tasting en la ciudad de Lima a la que fui amablemente invitado. Este es un evento que nace en la ciudad de Mendoza en el año 2011 y que reúne los mejores 40 vinos de Suramérica de la mano de sus creadores en una exclusiva cata a ciegas de la que participan 500 invitados que incluyen enólogos, propietarios de bodegas, sommeliers, compradores de vino, prensa especializada y público en general. 

Su director Nicolás Alemán dispuso que su cata la dirijan personajes de talla mundial como Tim Atkin, Luis Gutiérrez, Paz Levison, Patricio Tapia, Fabricio Portelli, Héctor Vergara, Aldo Graziani, Flavia Rizzuto, Marina Beltrame, Suzana Barelli y Guilherme Correa, entre otros.

Dentro de las novedades les puedo contar el ascenso impresionante de los vinos blancos en el continente. Hablar de vinos blancos de la Argentina diez años atrás era poco menos que anecdótico, por ahí se sacaba un torrontés amigable que no tenía ninguna trascendencia internacional. En esta edición probamos un vino elaborado por Santiago Achaval y Roberto Cipresso llamado Matervini, hecho con la clásica mezcla de uvas del Ródano francés, es decir: marsanne, rousanne y viognier, un caldo extraordinario con una frescura, acidez y potencia dignas del mejor exponente del antiguo continente.

También recuerdo el Catena Zapata White Bones chardonnay un vino que tiene puntajes superlativos como los 97 puntos (sobre 100) de Patricio Tapia, 96 de Robert Parker o 94 de James Suckling. Un vino creado por Alejandro Vigil que se vende por unos US$111 en los Wine Bar de Lima. Y finalmente el Eggo Blanc de Cal 2015, de Juan Pablo Michelini, un sauvignon blanc plantado en el valle de Uco a 1300 msnm, simplemente maravilloso. Por supuesto los blancos chilenos también destacaron, pero estos ya eran una realidad consolidada hace varios años, recuerdo el Amayna sauvignon blanc 2017 de la casa Garcés Silva, el Talinay de la bodega Tabalí sauvignon blanc 2017 y el Laberinto sauvignon blanc 2016, ese pequeño y bello proyecto liderado por Rafael Tirado, el hermano gemelo de Enrique Tirado creador de Don Melchor.

Otro hecho impresionante fue la aparición de los “Microterroir” es decir esas zonas, muy pequeñas, que por sus condiciones de suelo y clima dan origen a vinos verdaderamente sublimes. Como decía el “ato” Tapia “Antes se premiaba la homogeneidad, hoy se premia la diversidad en los vinos” antes bastaba que dijera Mendoza malbec, hoy se pide el microterroir específico para valorar la calidad.

Con esta premisa apareció un fly inolvidable que involucraba cinco vinos gloriosos casi todos de variedad malbec: El Cadus 2016 (Tupungato) de Santiago Mayorga, el Zuccardi Aluvional 2014 (Gualtallary) de Sebastián Zuccardi, el Gran Enemigo 2013 (Gualtallary) de Alejandro Vigil, el Conjuro 2013 (Tupungato) de Walter Bressia y el Imperfecto 2102 (Gualtallary) de Daniel Pi. Si, por casualidad, se topa con alguno de estos vinos, rece una oración de gratitud antes de tomarlos.

Otros vinos impresionantes fueron el Limited Edition cabernet sauvignon 2016 de la bodega Pérez Cruz, elaborado por el genial Germán Lyon, el Parcela Única 2016 de la bodegas Bouzá y su tannat uruguayo de ensueño y un vino natural hecho en el corazón de Ica (Perú) por Matías Michelini y Pepe Moquillaza llamado Mimo (2017), que recuerda como se hacían los vinos en Perú en las épocas de la conquista española, caldo sorprendente y cargado de historia.

La experiencia del Premium Tasting fue maravillosa, pero al final del evento me entró el amané de los griegos, las saudades portuguesas, de ver cómo en el Cono Sur bulle con fervor esta cultura de vinos y licores, como se reinventan y crean cada vez mejores caldos, como toda una cultura gastronómica y turística se ha forjado en estas naciones y como ese proceloso mar de cultura y belleza baña nuestro continente hasta las costas peruanas. De allí hacia el norte, todo es desconcierto y perplejidad.

Lo digo porque la labor que han venido haciendo restauradores, sommeliers, importadores y aficionados en los últimos 15 años se borró de un plumazo en esta materia por culpa de unas leyes recesivas y atrabiliarias creadas por personas sin ningún conocimiento del tema cuya única aspiración es proteger una industria local de licores en manos del Estado. Se quiere gravar con impuestos insostenibles una actividad que con mucho trabajo estaba viendo sus primeros buenos resultados en décadas.

No soy ningún experto en la materia, pero no hay que ser muy brillante para saber que si el estado quiere obtener un mayor recaudo, no es subiendo los precios como lo logra porque el consumo inmediatamente se cae y aparece el temible fantasma del contrabando, es incentivando el consumo legal, con precios competitivos y justos en el mercado internacional como aumentará el recaudo y como crecerá la cultura del vino en este país.

De lo contrario nos veremos abocados a caer en la caverna de unos licores feraces de una industria decadente donde los grandes restaurantes, los grandes hoteles y todo el fenómeno cultural y turístico que involucra esta industria buscarán mejores rumbos para establecerse en otras latitudes, mientras nosotros miramos desde el aislamiento y el atraso el crecimiento de nuestras naciones hermanas y el hundimiento del Cono Norte en el atraso y el subdesarrollo.

Viendo este oscuro panorama esa noche me entristecí y cerré los ojos elevando una oración al cielo para que ocurriese un milagro en mi país, en ese preciso instante tuve una señal de esperanza y comenzó a llover sobre Lima.

José Rafael Arango
Especial para Portafolio

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